Seres de leyendas de Madrid Leyenda 11
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Leyenda 11

La condesa fantasmal de Las Carboneras (Beatriz Ramírez de Mendoza)

"Cuando las monjas rezan el rosario en el refectorio, una sombra más se arrodilla entre ellas. Es la condesa que volvió para velar por sus hijas."— Tradición oral del Convento de Las Carboneras

H emos ido de palacio en palacio, de callejuela en callejuela, pero todavía no hemos traspasado el muro de clausura de uno de los conventos más antiguos y singulares del Madrid de los Austrias: el Convento del Corpus Christi, popularmente conocido como Las Carboneras.

Alzándose en la placita del Conde de Miranda, pegado a la calle del Cordón, este convento de monjas Jerónimas esconde entre sus piedras del siglo XVII el alma errante de su fundadora, doña Beatriz Ramírez de Mendoza, IV condesa de Castellar, un personaje histórico de carne y hueso que, según la tradición, se negó a abandonar para siempre los muros que ella misma levantó para gloria de Dios.

Sin embargo, los muros de Las Carboneras no solo guardan la historia de su fundación, sino también una persistente leyenda que ha pasado de generación en generación y que los folcloristas han consignado como una de las más sólidas de la capital.

Cuenta la tradición que, tras su fallecimiento, doña Beatriz no encontró el descanso eterno, sino que su espíritu continuó vagando por los pasillos del convento que ella había levantado.

Su aparición no era terrorífica ni violenta; al contrario, la condesa regresaba cada noche al refectorio para rezar el rosario junto a las monjas, como si aún estuviera viva y formara parte de aquella comunidad religiosa a la que tanto había amado.

Las religiosas más ancianas, según las crónicas orales, no solo no temían a la aparición, sino que la consideraban una presencia benéfica y protectora, una suerte de madre espiritual que aún velaba por sus hijas desde el más allá.

Pero la tradición de Las Carboneras no terminaba ahí.

En aquel convento existía una costumbre tan lúgubre como arraigada, que alimentaba aún más el misterio que envolvía al lugar.

Según relatan los documentos y la tradición oral, cada vez que una monja fallecía en el interior del monasterio, sus compañeras colocaban una calavera y un plato sobre un paño negro en el lugar que ocupaba en el refectorio, justo en vez de la servilleta.

Acto seguido, y como parte del ritual, se servía la comida en aquel lugar vacío, para a continuación entregar la ración al primer pobre que pasara por la puerta.

De este modo, las monjas honraban a su hermana difunta y, al mismo tiempo, cumplían con la obra de caridad que la propia fundadora había establecido.

El aura de misterio que rodea al convento de Las Carboneras no se limita a la leyenda de su fundadora.

El nombre mismo del templo tiene un origen cuasi milagroso que las monjas han custodiado durante siglos.

Según esta historia, una Inmaculada fue hallada de manera providencial en una carbonera que había pertenecido a la condesa, razón por la cual las religiosas pasaron a ser conocidas popularmente como "Las Carboneras".

Sea como fuere, el convento se alza hoy en el corazón del viejo Madrid, enclavado en la Plaza del Conde de Miranda, y sigue siendo un lugar habitado por monjas de clausura, lo que añade un punto de verosimilitud a todo el relato, al ser las propias religiosas las depositarias originarias de esta tradición.

Hoy son muchas las voces que afirman que la sombra de Beatriz Ramírez de Mendoza continúa recorriendo las galerías y patios del convento, y que su espectro se manifiesta de forma especial en las noches de difuntos o cuando alguna desgracia amenaza a la comunidad.

Los madrileños más devotos, que aún acuden a comprar los exquisitos dulces que las monjas elaboran y venden a través del torno, no olvidan que al otro lado de esa pared de clausura, quizás en alguna de las celdas o en el viejo refectorio, el espíritu de la condesa aún reza el rosario con sus hijas espirituales, manteniendo viva una tradición de más de cuatro siglos.

El fantasma de doña Beatriz, la condesa de Castellar, es un caso paradigmático de cómo la historia y la leyenda pueden fusionarse en el corazón de Madrid.

Porque ella no es un personaje de ficción, sino una mujer que existió realmente, de la que tenemos documentos en los archivos, una fundadora benefactora a la que el pueblo y las monjas convirtieron, tras su muerte, en un alma en pena bondadosa, en un espectro que no atemoriza, sino que protege.

Mientras haya quien recuerde su nombre y su obra, su espíritu seguirá velando por aquel rincón de la villa donde tantas horas pasó en oración, alimentando así una de las leyendas más hermosas y mejor documentadas del Madrid conventual.