Leyenda 10
El crimen de la calle de la Cabeza y el espectro del sacerdote asesinado
"Compró cabeza de carnero en el Rastro, desenvolvió el paño y vio la cabeza del cura. El portugués confesó, el verdugo lo ahorcó, y la calle para siempre aquel nombre guardó."— Coplilla popular del barrio de Lavapiés
H asta ahora hemos recorrido palacios, iglesias y museos; ahora descendamos a una de las calles más humildes pero a la vez más inquietantes del viejo Madrid, enclavada en el corazón de Lavapiés, para contar una historia que mezcla el crimen, el arrepentimiento, la justicia divina y el más allá de una forma tan macabra como fascinante.
Hablamos de la calle de la Cabeza, cuyo nombre ya de por sí invita al escalofrío, y que no es fruto de la casualidad ni de una moda pasajera, sino que se remonta a un suceso del siglo XVI recogido en la tradición oral, en crónicas antiguas y, cómo no, en el propio callejero de la villa, que ha conservado este nombre hasta nuestros días como recordatorio imborrable de una historia tan truculenta como real en sus consecuencias.
La leyenda, que ha llegado a nosotros a través de generaciones, nos sitúa en el Madrid de finales del siglo XVI, en el reinado de Felipe III.
En una casa de esta calle residía un sacerdote acaudalado, un hombre profundamente bondadoso y caritativo que se ganaba el respeto y el cariño de todos los vecinos de Lavapiés.
Este buen cura, confiado en la bondad humana y movido por su deseo de ayudar a los más necesitados, había contratado como criado a un joven portugués.
Con él fue no solo generoso sino magnánimo, dándole cobijo y sustento a cambio de unos pocos servicios.
Sin embargo, y como ocurre en las peores tragedias, aquel a quien se tendió la mano fue quien hundió el puñal en la espalda de su benefactor.
Abrumado por sus deudas y, sobre todo, cegado por la codicia que despertaban en él las riquezas de su amo, el criado portugués decidió acabar con la vida del sacerdote en un acto despiadado y cruel.
Según los relatos, el crimen se cometió en la propia casa, y el desgraciado cura fue asesinado sin que mediara palabra, para acto seguido descuartizar su cuerpo y ocultar los restos lejos de las miradas indiscretas.
El criado, huyendo del lugar con el botín, abandonó Madrid y se refugió en su Portugal natal, donde malvivió durante años con el dinero mal habido, creyendo que jamás pagaría por su crimen.
La versión oficial de la época, aquella que constaba en los archivos y que con el tiempo se transformó en una leyenda que aún hoy perdura, asegura que la conciencia del asesino no tardó en atormentarle.
El fantasma del sacerdote, cla mando justicia desde el otro mundo, comenzó a visitarle en sueños, inquietándole hasta el extremo de que el remordimiento lo empujó a regresar a Madrid.
Otras variantes de la tradición oral, quizás menos poéticas pero igual de espeluznantes, cuentan que el criado, ya gastado el dinero y con la conciencia podrida, se vio forzado a volver a la capital para intentar una nueva vida, aunque el destino, o quizás algo más allá de lo humano, le tenía reservada una sorisa macabra.
Lo que todas las versiones coinciden en afirmar es que, tiempo después del crimen, un día el criado portugués paseaba por el Rastro, animado y despreocupado, y se detuvo en un puesto a comprar una cabeza de carnero para su cena.
La envolvió en un paño y la ocultó bajo su capa, y así, confiado, emprendió el camino de regreso a su casa.
Pero sucedió entonces lo inesperado: mientras caminaba por una de las calles más céntricas de la villa, un hilillo de sangre comenzó a filtrarse del paño que portaba consigo y a gotear sobre las losas, llamando la atención de un alguacil que patrullaba la zona.
El agente, alertado por aquel extraño fenómeno, detuvo al criado y le exigió que le mostrara lo que llevaba oculto.
El portugués, todavía sin perder la compostura, desenvolvió el paño ante el guardia, confiado en mostrarle una vulgar cabeza de carnero.
Pero lo que sus ojos vieron entonces los sumió a ambos en el más profundo de los espantos y la incredulidad.
Allí, sobre el paño, no reposaba la cabeza de un animal degollado, sino la perfectamente reconocible, incorrupta y ensangrentada cabeza del viejo sacerdote al que tantos años atrás había asesinado.
El criado, aterrorizado y sin poder articular palabra, no supo dar explicación alguna a tan extraordinario portento, y en ese mismo instante comprendió que la venganza divina se había desatado sobre él.
Fue detenido inmediatamente y, tras un rápido juicio en el que no pudo hacer otra cosa que confesar su crimen, fue condenado a morir en la horca en la Plaza Mayor.
Desde aquel lejano siglo XVI, la calle ha conservado su nombre en memoria de este truculento suceso.
La tradición asegura, además, que el alma atormentada del sacerdote asesinado no pudo encontrar en la ejecución de su verdugo el descanso eterno, y que su espectro sigue deambulando por aquellos adoquines en las noches más oscuras.
No pocos vecinos de Lavapiés han asegurado, a lo largo de los siglos, haber sentido una presencia extraña en las inmediaciones de la calle, o haber escuchado susurros ininteligibles que parecen provenir de algún lugar entre la vida y la muerte.
Por si fuera poco, en la actualidad puede encontrarse en esta vía una placa de cerámica que ilustra, de manera simbólica, el origen de su nombre, invitando al transeúnte a recordar la historia que allí ocurrió.
La leyenda de la calle de la Cabeza es así uno de esos relatos que mejor reflejan el Madrid más castizo y popular, un Madrid donde la religión y la superstición, el crimen y la venganza divina se daban la mano para crear historias sobrecogedoras que aún hoy, después de más de cuatro siglos, siguen estremeciendo a quien las escucha.
La calle sigue ahí, y el misterio de lo que realmente ocurrió aquel día en el Rastro y cómo la cabeza del sacerdote pudo sustituir a la del carnero es algo que nadie ha podido explicar jamás de manera satisfactoria.
Bienvenidos a la calle de la Cabeza, un lugar donde los muertos parecen negarse a descansar y donde el eco de un crimen atroz aún resuena en el recuerdo imborrable de una ciudad que nunca olvida.