Seres de leyendas de Madrid Leyenda 9
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Ataúlfo, el fantasma del Museo Reina Sofía

Pero para entender la leyenda de Ataúlfo, debemos remontarnos al origen del propio inmueble.

Mucho antes de que las vanguardias artísticas ocuparan sus paredes, el lugar que hoy ocupa el Reina Sofía fue testigo de siglos de dolor y muerte.

Fue el mismísimo rey Felipe II quien, en la segunda mitad del siglo XVI, ordenó construir en este solar un gran centro sanitario que centralizara los hospitales dispersos por la Corte.

Lo que el monarca no imaginaba es que aquel albergue-sanatorio se convertiría con el paso del tiempo en un lugar de reclusión para los más desfavorecidos: indigentes, niños abandonados, presos, dementes y enfermos terminales eran hacinados en sus estancias sin el menor asomo de dignidad.

Lo peor de todo es que, ante la imposibilidad de dar sepultura a tantos cuerpos fuera del recinto, se optó por enterrarlos en los propios sótanos del edificio y en los terrenos colindantes, convirtiendo el lugar en un enorme osario que se fue saturando con el paso de las epidemias.

El edificio continuó su ajetreada existencia como Hospital General de Madrid (1788), Hospital General de la Pasión y, finalmente, Hospital Provincial hasta su clausura definitiva en 1965.

Durante todos esos siglos, los enfermos ingresados aseguraban haber visto extrañas apariciones y oído lamentos que surgían de las paredes, pero la leyenda cobró una nueva dimensión cuando, dos décadas después, el viejo caserón hospitalario fue sometido a una profunda rehabilitación para convertirse en el Centro de Arte Reina Sofía.

Cuando las piquetas comenzaron a golpear la piedra, los obreros no tardaron en sacar a la superficie una cantidad ingente de huesos humanos y esqueletos completos que habían permanecido olvidados bajo el suelo durante siglos.

El hallazgo, más que aplacar los viejos rumores, no hizo sino avivar la paranoia, y la ciudad empezó a cuchichear que el nuevo museo de arte contemporáneo estaba construido sobre un cementerio de almas en pena que jamás encontrarían el descanso eterno.

Pero el verdadero nombre del fantasma no se conocería hasta principios de los años 90, poco después de que la obra cumbre de Pablo Picasso, el famoso "Guernica", llegara al museo instalándose en la segunda planta del edificio.

Fue entonces cuando un grupo de trabajadores, hartos de sufrir inexplicables fenómenos durante sus rondas nocturnas (ruidos de pasos en las estancias vacías, puertas que se abrían y cerraban solas, sensación de ser observados y, en algunos casos, la visión de una sombra que cruzaba la sala del Guernica sin dejar rastro), decidió convocar una sesión de ouija en los sótanos del museo con la intención de comunicarse con aquello que los estaba perturbando.

Para su horror, la tabla no tardó en responder, y el espíritu que se presentó ante ellos aseguró llamarse Ataúlfo.

El nombre, de resonancias godas y castizas, sorprendió a los presentes, que esperaban quizás otra identidad.

Pero lo más aterrador estaba aún por llegar, pues el espectro advirtió a uno de los participantes de que una desgracia estaba a punto de ocurrir en su familia.

Días después, y para consternación de todos los que habían participado en la sesión, un familiar directo de aquel empleado perdía la vida en un trágico accidente de tráfico.

El suceso, que podría parecer una mera coincidencia, fue interpretado por los trabajadores del museo como el cumplimiento de una amenaza lanzada desde el más allá, y la noticia, como no podía ser de otra manera, corrió como la pólvora entre el personal de seguridad.

A partir de entonces, los vigilantes nocturnos comenzaron a solicitar traslados a otros puestos y las bajas médicas por ansiedad se dispararon.

El museo, que nunca ha hecho declaraciones oficiales al respecto, se vio obligado a contratar los servicios de un equipo de investigadores paranormales para que inspeccionaran el edificio y despejaran las dudas sobre la supuesta presencia de Ataúlfo.

El informe, curiosamente, no pudo descartar la existencia de fenómenos inexplicables, y así lo recogió el propio Ángel del Río en su libro, que se ha convertido en la fuente de referencia para todo aquel que quiera indagar en esta leyenda.

Desde aquel fatídico encuentro en los sótanos, la fama de Ataúlfo no ha dejado de crecer.

Hoy, el supuesto fantasma del Reina Sofía es una de las leyendas más populares del Madrid contemporáneo, y son muchos los turistas que, atraídos por la historia, se acercan al museo no solo para admirar su colección artística, sino también para intentar vislumbrar en la penumbra de la sala del Guernica la silueta de aquel espectro de nombre godo.

Los trabajadores más veteranos, sin embargo, aseguran que Ataúlfo rara vez se deja ver y que prefiere manifestarse a través de pequeños fenómenos que solo ellos perciben durante sus turnos de noche.

Y aquí dejamos a este insólito fantasma, que nos recuerda una verdad incómoda pero fascinante: Madrid es una ciudad construida sobre capas y capas de historia, y en ocasiones, esa historia se niega a permanecer bajo tierra.

El Museo Reina Sofía es, en este sentido, un caso modélico, pues bajo sus vanguardistas paredes aún reposan los restos de cientos de almas que no merecieron un final tan trágico, y entre ellas, quizás, la de ese extraño ser que respondió al nombre de Ataúlfo.

Quien se pasee por sus salas cuando caiga la tarde debería recordar que, en aquel mismo lugar, durante siglos, hombres, mujeres y niños esperaban la muerte en la más absoluta de las miserias.

Y que algunos de ellos, al parecer, no se han marchado del todo.