Seres de leyendas de Madrid Leyenda 6
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Leyenda 6

La Paparresolla, el coco que habita en los campanarios

"Niño, recoge del campo, que cuando el sol se esconde y las campanas doblan, la Paparresolla baja del campanario y se lleva a los desobedientes."— Amonestación de madres y abuelas del sur de Madrid (siglos XIX-XX)

D e todos los seres que pueblan el imaginario legendario de la Comunidad de Madrid, pocos hay tan arraigados en la tradición oral y, al mismo tiempo, tan desconocidos por el gran público como la Paparresolla.

No nos hallamos ante una invención reciente nacida al calor de un foro de internet, sino ante una criatura que durante generaciones habitó en los relatos de nuestros abuelos, especialmente en los pueblos del sur de la región.

Su nombre, que también aparece documentado como "Paparresolla" o "Paparrasolla", encuentra su reflejo incluso en el Diccionario de la Real Academia Española, que la define como un "ente imaginario con que se asusta a los niños", una prueba irrefutable de su antigüedad y su profundo calado en la cultura popular, no solo madrileña, sino también asturiana, murciana y de otras muchas regiones españolas.

En el caso concreto de Madrid, la tradición sitúa a este temible ser en localidades como Valdelaguna, Chinchón y otros municipios del valle del Tajo, donde los padres y abuelos llevaban siglos utilizando su nombre para infundir el temor suficiente a los más pequeños y conseguir que recogieran del campo antes de que anocheciera.

Según el relato, la Paparresolla no era un ser cualquiera, sino un monstruo alado de aspecto terrorífico que se asemejaba a una arpía, mitad mujer y mitad ave rapaz, capaz de surcar los cielos en busca de sus presas, que casi siempre eran niños desobedientes que se habían alejado demasiado de sus hogares.

Su morada predilecta, al menos en la tradición valdelagunense, no era otra que el campanario de la iglesia del pueblo, desde donde, oculta entre las sombras, acechaba a los pequeños que aún jugaban en la calle cuando la noche ya había caído.

Las crónicas orales recogidas por diversos folcloristas en la región describen a la Paparresolla como un ser de hábitos nocturnos que, para atemorizar aún más a sus víctimas, solía anunciar su presencia mediante lúgubres aullidos y escalofriantes lamentos que resonaban en la oscuridad.

En Valdelaguna, según testimonio de los vecinos más ancianos, existía incluso la curiosa costumbre de que una vecina interpretase el papel de la Paparresolla durante la noche, gritando desde su casa cuando oía el bullicio de los niños en la calle, una tradición que todavía hoy se recuerda con cierto escalofrío entre los más veteranos del lugar.

El origen de este terrorífico ser, como ocurre con casi todas las leyendas de tradición oral, es difícil de precisar con exactitud, aunque los estudiosos del folklore han señalado su posible vinculación con antiguas deidades femeninas de la mitología mediterránea.

Algunos autores, de hecho, han identificado a la Paparresolla como una suerte de "arpía peninsular", emparentada con esas diosas de las tormentas de la mitología griega que, según los versos de Homero, arrebataban a los mortales y los hacían desaparecer para siempre.

Lo que sí parece claro es que su figura, al igual que la del Hombre del Saco o el Sacamantecas, formaba parte del rico repertorio de seres con los que tradicionalmente se infundía miedo en nuestra cultura para transmitir valores y enseñanzas a los más pequeños, aunque en el caso de la Paparresolla, su presencia estaba especialmente ligada al mundo rural y a las labores del campo.

Esta conexión de la criatura con el paisaje rural madrileño explica que su recuerdo perviva con mayor intensidad en los pueblos del sur de la región, donde los niños, al caer la tarde, debían regresar a sus casas para no toparse con la sombra alada de la terrible Paparresolla.

El hecho de que su guarida predilecta fuese el campanario de la iglesia, ese lugar tan visible y cotidiano en la vida de los pueblos, servía además como un recordatorio constante de su presencia y como un eficaz elemento disuasorio para mantener a raya a los más traviesos.

Así, cada vez que las campanas repicaban anunciando la noche, los niños sabían que era hora de encerrarse en casa si no querían convertirse en la cena del terrible monstruo.

A pesar de tratarse de una leyenda profundamente arraigada, lo cierto es que la figura de la Paparresolla ha ido perdiendo presencia en el imaginario colectivo madrileño a lo largo de las últimas décadas, víctima de la despoblación rural y de la llegada de nuevas formas de ocio y de entretenimiento que han relegado las historias tradicionales a un segundo plano.

Sin embargo, gracias a la labor de recopiladores y folcloristas que, como Roberto Vaquero Arribas, han dedicado su esfuerzo a sistematizar el patrimonio mítico y legendario de nuestra región, su recuerdo ha llegado hasta nosotros y podemos recogerlo aquí para que no se pierda para siempre.

Hoy, quien visite las pintorescas localidades de Valdelaguna o Chinchón en una noche cerrada y escuche el sonido del viento entre los tejados o las misteriosas sombras que se dibujan en los viejos campanarios, tal vez pueda comprender por qué los antiguos pobladores de estas tierras temían tanto a este ser alado.

La Paparresolla, como tantos otros seres de nuestra tradición legendaria, forma parte de ese patrimonio inmaterial que debemos preservar, porque en sus alas no solo reside el miedo, sino también la memoria viva de un mundo en el que lo maravilloso se filtraba por cada rincón de nuestra geografía.

Y aunque los niños de hoy se rían de su nombre al leerlo en las páginas de un libro, los más ancianos del lugar todavía recuerdan las noches en que sus padres les susurraban, con la voz teñida de un terror que ya casi hemos olvidado: "No salgas que vendrá la Paparresolla".