Seres de leyendas de Madrid Leyenda 5.
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Leyenda 5.

Maricantina, el fantasma del castillo de Manzanares el Real

"En las noches de luna llena, la pastora baja de la sierra y peina sus cabellos entre las almenas, esperando a su marqués que nunca volvió."— Cantar de la tradición oral de Manzanares el Real

S i hasta ahora hemos recorrido el Madrid más cortesano y urbano, llega el momento de adentrarnos en la sierra, en los muros del castillo de Manzanares el Real, una de las fortalezas mejor conservadas de la Comunidad de Madrid.

Allí, en las noches de viento, una sombra femenina recorre sus almenas con un lamento que no es otro que el de Maricantina, un fantasma con más de cinco siglos de antigüedad a sus espaldas y cuya leyenda, a diferencia de otras invenciones modernas, tiene un sólido poso en la tradición oral recogida en numerosos documentos que la vinculan con un proceso inquisitorial, un amor imposible y la infinita tristeza de una pastora incomprendida.

La historia, que nos remonta al siglo XV, nos sitúa en la época de mayor esplendor de la Casa de Mendoza, la poderosa estirpe que mandó edificar el castillo como residencia señorial.

En aquellos años, Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana y uno de los hombres más influyentes de su tiempo, era dueño y señor de aquellos dominios.

Según la tradición, el marqués se prendó de una joven pastora de las que cuidaban sus rebaños en las faldas de la Pedriza, una muchacha humilde de nombre María, pero a la que todos conocían por el apelativo cariñoso de Maricantina.

Como si de un cuento de príncipes y pastoras se tratara, el aristócrata cortejó a la joven y ésta, seducida por sus encantos y sus palabras, acabó cayendo rendida en sus brazos.

Sin embargo, lo que en los romances suele tener un final feliz, aquí se torció de la manera más trágica.

La familia Mendoza, horrorizada ante la posibilidad de que el heredero se casara con una mujer de tan baja alcurnia, presionó al marqués para que abandonara a su amada y buscara una esposa de sangre noble que estuviera a la altura de su apellido.

El marqués, acobardado ante la presión familiar y temiendo por su porvenir, hizo lo que tantos otros han hecho a lo largo de la historia: abandonó a Maricantina sin apenas darle una explicación.

La pastora, humillada y rota de dolor, no pudo soportar el desprecio y la pérdida, y su corazón se fue apagando poco a poco hasta que la muerte la alcanzó, presa de una profunda tristeza que unía el desamor con la rabia más contenida.

Pocos días después de su fallecimiento, los vecinos de Manzanares comenzaron a advertir una presencia extraña en el interior del castillo de los Mendoza.

Una sombra que deambulaba por las estancias, un vestigio blanco que se colaba por las ventanas en las noches de luna llena, una voz femenina que cantaba canciones tristes y melancólicas que nadie había oído jamás.

La conclusión fue unánime: Maricantina, incapaz de encontrar el descanso eterno, se había convertido en un fantasma vengativo que erraba por el castillo en busca del marqués que la despreció, aunque este, sin embargo, a diferencia de ella, continuó su vida y murió en su lecho años después.

Pero la leyenda de Maricantina tiene una variante mucho más oscura y documentada, que la conecta directamente con la Santa Inquisición.

Algunos historiadores locales, que han rastreado los archivos de la villa, afirman que la pastora no fue víctima de un simple desamor, sino que fue juzgada por el Santo Oficio bajo la acusación de practicar la brujería.

Según esta versión, María Díaz, que así se llamaba la moza, fue encerrada y condenada a morir en la horca en el año 1490, y su espíritu, al ser ejecutada por un crimen que quizás nunca cometió, quedó atado al castillo para siempre.

Esta teoría cobra fuerza al conocer que la Inquisición fue especialmente activa en la zona, y que no pocas mujeres fueron ajusticiadas bajo la acusación de mantener tratos con el demonio y realizar aquelarres en las cuevas de la Pedriza.

Con el paso de los siglos, el fantasma de Maricantina se convirtió en el coco con el que las madres manzanariegas asustaban a sus hijos para que no salieran de noche y recogieran pronto a casa.

"Si no te portas bien, vendrá Maricantina a buscarte" era la frase que infundía el terror en los más pequeños.

Lo más fascinante de todo es que esta costumbre se mantuvo viva durante generaciones gracias a la tradición oral, y no decayó hasta bien entrada la posguerra, cuando el castillo aún permanecía en ruinas y las calles del pueblo carecían de alumbrado eléctrico, lo que contribuía a crear un ambiente ideal para cualquier aparición.

En los años 80, el castillo de Manzanares fue restaurado y abierto al público, convirtiéndose en uno de los grandes atractivos turísticos de la sierra de Madrid.

Y con la rehabilitación, la leyenda de Maricantina no solo no desapareció, sino que se reforzó, pues los guías se encargaron de difundir la historia entre los visitantes, que a menudo preguntaban si era posible ver al fantasma en alguna de sus visitas.

Por si fuera poco, una vecina nonagenaria del pueblo, que aún conservaba el recuerdo de las historias que le contaban sus abuelos, escribió un pequeño libro en el que trataba de suavizar la leyenda cambiando algunos detalles para que los niños no tuvieran miedo, aunque sin lograr que la tradición perdiera su esencia más terrorífica.

Hoy, quien se acerque a este imponente castillo de piedra, situado a los pies del embalse de Santillana y con la sierra de Guadarrama como telón de fondo, no debería olvidar que las almenas y los salones que ahora recorren turistas procedentes de todo el mundo son, según la tradición, el lugar de residencia de Maricantina.

El fantasma de la pastora enamorada, de la supuesta bruja condenada por la Inquisición, sigue vagando entre los muros del castillo en busca de la justicia que nunca alcanzó en vida, recordándonos que el amor y la muerte, cuando se dan la mano, pueden sobrevivir a cualquier época y bajo cualquier piedra, por muy noble que sea su origen.

Porque los amores prohibidos y las injusticias cometidas hace siglos todavía hoy tienen en Maricantina a una de sus más plañideras representantes, y mientras haya quien recuerde su nombre y su trágica historia, su espíritu seguirá formando parte de la memoria legendaria de la Comunidad de Madrid.