Leyenda 4
El fantasma decapitado de la iglesia de San Ginés
"Aquel que rece en San Ginés pasada la medianoche, que no levante la vista hacia el altar, porque el cura sin cabeza aún busca su corona."— Dicho popular del Madrid de los Austrias
Su encarnizada lucha dinástica contra su hermanastro, Enrique de Trastámara, ya había comenzado a teñir los campos de sangre, y Madrid, con sus murallas árabes y sus iglesias mudéjares, respiraba una atmósfera tensa, cargada de sospechas, acero y traiciones.
Fue en mitad de este invierno de descontento cuando la tragedia y el sacrilegio se dieron la mano en una de las parroquias más antiguas y respetadas de la villa: la iglesia de San Ginés de Arlés, ubicada en la actual calle Arenal.
Una noche de tormenta cerrada, cuando el viento del Guadarrama aullaba entre las callejuelas estrechas y oscuras de la capital, un anciano y respetable caballero madrileño, conocido por su profunda devoción, acudió al templo para cumplir con sus vigilias.
Buscando el silencio que el tumulto del día le negaba, el noble se arrodilló ante el altar mayor, sumido en la penumbra que solo rompía el parpadeo agónico de unos pocos cirios.
Estaba completamente solo. O al menos eso creía.
Al amparo de la oscuridad y del estrépito de los truenos, una banda de ladrones y maleantes de la peor ralea cruzó el umbral de San Ginés.
No buscaban la redención, sino el oro de los vasos sagrados y las joyas que los fieles ofrendaban a las imágenes.
Al verse sorprendidos por el anciano caballero, los criminales no dudaron en actuar con una violencia salvaje.
El noble, a pesar de su avanzada edad, intentó defender el sagrado recinto y evitar el expolio.
La respuesta de los asaltantes fue atroz: arrastraron al anciano hasta las mismas gradas del altar y, en un acto de pura barbarie y sacrilegio, le cortaron la cabeza, dejando que su sangre inundara el suelo consagrado.
Tras perpetrar el crimen, huyeron con el escaso botín, convencidos de que el caos que asolaba el reino sepultaría su infamia.
Sin embargo, subestimaron la naturaleza de Pedro I.
Cuando la noticia del horrendo crimen llegó a oídos del monarca, este se encendió en santa ira.
Para un rey que basaba su legitimidad en el castigo ejemplar y el orden absoluto, un sacrilegio de tal calibre en una de las villas principales de su corona no podía quedar impune, ni siquiera en mitad de una guerra civil.
Haciendo gala de esa implacable y severa autoridad que lo caracterizaba, apartó temporalmente las urgencias del frente militar y ordenó a sus alguaciles una persecución sin cuartel.
No hubo rincón en Castilla donde los asesinos pudieran esconderse; uno a uno fueron capturados y, por mandato directo del rey, sufrieron una justicia sumaria y brutal: fueron colgados de los muros exteriores de la propia iglesia de San Ginés, para que sus cuerpos sirvieran de advertencia a los vivos y de alimento a las aves de rapiña.
La justicia terrenal quedó sellada con sangre, pero la celestial dejó una impronta eterna en el edificio. Desde aquel fatídico año de 1353, la leyenda afirma que el alma del caballero decapitado jamás abandonó el templo donde defendió su fe.
Los cronistas de lo oculto aseguran que, cuando la noche cae sobre Madrid y el cielo se encapota con nubarrones de tormenta idénticos a los de aquella velada medieval, el espectro se manifiesta.
Una figura alta, vestida con los ropajes oscuros de la nobleza del siglo XIV, emerge de las sombras y se pasea por la techumbre y el tejado de la iglesia de San Ginés.
Quienes afirman haberlo visto aseguran que sostiene con firmeza una vela encendida cuya llama no se apaga jamás, ni siquiera ante las rachas de viento más furiosas.
Sin embargo, lo que verdaderamente hiela la sangre de los testigos es que, sobre sus hombros, no hay nada: el fantasma camina con paso firme y espectral sosteniendo su propia cabeza decapitada bajo el brazo, como un eterno y silencioso recordatorio de la justicia del rey, del sacrilegio cometido y de la sangre que un día tiñó las gradas del altar.