Leyenda 3
Los Duendes de la Casa Duende
"Los enanos barbudos salían de las sombras, movían los muebles y reían; los inquisidores entraron, rezaron y también huyeron."— Copla popular del Madrid del siglo XVIII
A diferencia de los melancólicos fantasmas de la alta alcurnia, en el corazón del Madrid castizo habitaban unos seres mucho más juguetones, aunque no por ello menos temibles.
Hablamos de los duendes de la malograda Casa del Duende, una vivienda que existió realmente en el siglo XVIII entre las actuales calles Duque de Liria, Mártires de Alcalá y la plaza del Seminario de Nobles, y cuyo nombre no era una metáfora.
No nos hallamos ante una simple patraña, sino ante uno de los casos de enduendamiento más documentados de la capital, un suceso que llegó a movilizar a la mismísima Inquisición y que aún hoy se recoge en los archivos históricos como una muestra de cómo lo fantástico podía irrumpir en la más cruda realidad cotidiana.
La casa, construida a principios de aquel siglo para albergar a parte de la servidumbre real, fue vendida con el tiempo y sus nuevas plantas bajas se convirtieron en un garito de juego y apuestas que atraía a lo más pintoresco de la sociedad de la época.
Fue en ese ambiente de timba donde, según la tradición, se manifestaron por primera vez los extraños seres.
Una noche de juerga, en plena discusión, un extraño enano barbudo se plantó en medio de los jugadores y les impuso silencio con una voz que no parecía salir de su pequeño cuerpo.
Los presentes, entre el asombro y la incredulidad, hicieron oídos sordos y continuaron con su jarana, provocando que así fuera la segunda y definitiva aparición.
En esta ocasión, el pequeño ser no estaba solo; una docena de seres iguales a él, armados con amenazadores garrotes, irrumpieron en la sala y propinaron una soberana paliza a la gente, que salieron despavoridos y no volvieron a poner un pie en el lugar jamás.
La fama de aquella casa encantada creció como la espuma, lo que no impidió que la marquesa de Hormazas, doña Rosario de Benegas, la adquiriera tiempo después sin dar crédito a los rumores.
Durante la mudanza, la marquesa comenzó a notar la extraña desaparición de algunos objetos que ya había trasladado, por lo que culpó a sus criados.
En el momento álgido de la bronca, una nueva comitiva de aquellos enanos surgió de la nada portando los objetos en sus manos, para luego dejarlos en el suelo ante el estupor de la dueña y el terror de la servidumbre.
La marquesa, que no podía creer lo que sus ojos veían, abandonó la casa al instante y jamás quiso volver a pisarla.
Fue entonces cuando el siguiente propietario, un canónigo de Jaén llamado don Melchor de Avellaneda, entró en escena.
Aunque la historia nos lo presenta como un hombre de valor, el religioso no tardó en toparse con los duendes de la casa.
En esta ocasión, los pequeños seres que se le aparecieron iban vestidos como monaguillos, quizás para mofarse de su condición, y desaparecían sin dejar rastro, cambiando objetos de sitio o escondiéndole sus propias vestiduras.
Don Melchor intentó seguirles, pero fue inútil; por más puertas que abría y por más rincones que registraba, aquellos misteriosos seres se desvanecían como si nunca hubieran estado allí.
Al poco tiempo, ni siquiera sus criados quisieron seguir durmiendo bajo aquel techo, y el canónigo, derrotado, hubo de abandonar la finca.
La última en habitar la casa fue una humilde lavandera llamada Jerónima Perrin, que fue la única que pareció no amedrentarse al principio.
Sin embargo, ella misma terminó relatando a los inquisidores cómo aquellos duendes traviesos tiraban la ropa recién lavada al suelo y la ensuciaban, para luego, en un gesto que alternaba lo burlón con lo útil, ayudarla a recogerla.
Estos fenómenos, lejos de cesar, se hicieron tan frecuentes que incluso la Santa Inquisición tuvo que intervenir y realizar un exorcismo en la vivienda, aunque, según algunas crónicas, la medida no surtió un efecto del todo definitivo.
La leyenda alcanzó su punto álgido cuando, años después, al proceder a la demolición del edificio, los obreros encontraron en los sótanos una cámara secreta donde, según se dijo, habían vivido aquellos duendes.
Algunos aseguran que en su interior se hallaron osamentas de tamaño reducido y varios utensilios para la fabricación de moneda falsa, lo que dio lugar a una curiosa teoría que intentaba poner una pizca de realidad a la fantasía: quizás aquellos enanos no eran más que una banda de falsificadores que utilizaban una entrada secreta para entrar y salir de la casa, generando así todos los extraños fenómenos.
Sin embargo, la fuerza de la tradición oral ha inclinado siempre la balanza del lado de lo maravilloso, perpetuando el recuerdo de los duendes como unos seres que, entre travesura y amenaza, lograron habitar junto a los mortales durante casi todo un siglo.
Aunque la Casa del Duende fue demolida hace ya muchos años y sobre sus cimientos se levantaron después otros edificios, los vecinos de la zona aún cuentan que en las noches más silenciosas aún puede oírse el eco de las risas de aquellos pequeños seres, que recuerdan a los madrileños que, en esta ciudad, no solo los fantasmas de reyes y amantes secretos pueblan sus calles.
Los duendes, esos seres mitológicos de la tradición europea, encontraron en el Madrid del siglo XVIII un hogar muy particular, y todavía hoy, quien se acerque a las inmediaciones de lo que fue aquella morada maldita, no debería extrañarse si siente una inexplicable corriente de aire, o si un objeto cotidiano ha cambiado de sitio sin que nadie lo haya movido.
Porque, tal y como nos legó la tradición, los duendes de la Casa del Duende nunca se fueron del todo, y siguen tan campantes en el recuerdo legendario de la capital, recordándonos que el miedo y la risa, cuando se dan la mano, pueden sobrevivir incluso al paso de los siglos.