Seres de leyendas de Madrid Leyenda 7
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Leyenda 7

La bruja Isabel Jimena y sus gatos negros

"Cuando la noche cierra y los gatos callan, Isabel Jimena sale de su cueva y los gatos negros la acompañan. Quien los vea, que rece, quien los oiga, que huya."— Maleficio popular de Lavapiés (siglo XVII)

M ientras que otras leyendas madrileñas nos hablan de espectros de la alta alcurnia o de crímenes palaciegos, esta historia desciende a las calles más humildes del Madrid del siglo XVII para contarnos los extraños y oscuros sucesos que atemorizaron a los vecinos de la calle de San Pedro y San Pablo.

Y es que la capital no solo ha sido morada de marquesas y almirantes, sino también hogar de brujas como Isabel Jimena, una mujer cuyo nombre ha llegado hasta nuestros días gracias a los archivos y a la tradición oral, convirtiéndose en uno de los casos de supuesta hechicería mejor documentados del Madrid de los Austrias, con ecos que relacionan su historia con la mismísima inquisición.

Corría el siglo XVII, una época en que la brujería era castigada con la mayor de las durezas por el Santo Oficio, y en la que la ignorancia y el miedo campaban a sus anchas por las calles de la ciudad.

En la calle de San Pedro, hoy conocida como calle de San Pedro y San Pablo, muy cerca del Rastro madrileño, vivía una mujer a la que sus vecinos acusaban de practicar la magia negra y mantener tratos con el demonio.

Su nombre era Isabel Jimena, y según los testimonios recogidos por los cronistas de la época, era íntima amiga de otra bruja de mala fama que residía en la calle de la Madera, popularmente conocida como Antonia de la Calle.

Sin embargo, lo que realmente aterrorizaba a los moradores del barrio no era tanto su supuesta condición de bruja, sino los extraños fenómenos que ocurrían cada noche en el interior de su vivienda.

Cuentan las crónicas de la época que, al caer la oscuridad, los vecinos escuchaban todo un conjunto de inquietantes maullidos que procedían de la casa de Isabel.

Los más osados, asomándose a las ventanas con el sigilo que da el miedo, pudieron comprobar que aquellos sonidos no eran sino el reclamar de una enorme legión de enormes y negros gatos que entraban en la vivienda.

El terrible temor de los vecinos aumentó exponencialmente cuando comenzó a correr el rumor de que aquellos misteriosos felinos no eran animales reales, sino almas en pena que la bruja había maldecido y convertido en gatos, o incluso niños a los que previamente había chupado la sangre y transformado en bestias para ocultar su crimen.

Así lo contaban las personas de la época, y el pánico cundió por todo el barrio.

Ante tan insólitos hechos, los vecinos, presos del terror, decidieron denunciar a la mujer ante la justicia y acudieron a los alguaciles del rey para que investigaran lo que allí ocurría.

Los guardias, acompañados de una multitud expectante, se personaron en la casa en plena noche y la registraron palmo a palmo, convencidos de que hallarían a la legión de felinos y pondrían fin al misterio de una vez por todas.

Sin embargo, y para asombro de propios y extraños, las pesquisas no dieron ningún resultado.

Puertas y ventanas estaban perfectamente cerradas desde dentro, y en el interior de la morada no se encontraba ni un solo gato, por pequeño que fuera.

Ante la evidencia, los agentes no pudieron hacer otra cosa que retirarse, dejando a los vecinos más confundidos que al principio, pero los vecinos lo tenían claro: los gatos, al ser almas de ultratumba, podían desaparecer a placer, y el hecho de que solo se hicieran visibles cuando a la bruja le placía era una prueba más de sus poderes.

Tal fue la consternación que causó este suceso en el barrio, que la leyenda de Isabel Jimena y sus gatos negros no tardó en extenderse por todo Madrid, convirtiéndose en uno de los relatos de terror más populares de la capital.

Y es que ella, Antonia de la Calle y otras tantas mujeres procesadas por la Inquisición en la región dan fe de que la brujería no fue nunca un cuento de lejanas tierras, sino un miedo muy real y cotidiano para los madrileños del siglo XVII.

Con su historia, quiero reivindicar también la memoria de todas esas mujeres perseguidas por un delito que quizás nunca cometieron, víctimas de la superstición y la intolerancia de una época demasiado oscura.

Aunque la casa de Isabel Jimena ya no existe, y la calle de San Pedro y San Pablo sigue siendo hoy una vía más del Madrid de los Austrias, la tradición oral ha conservado el recuerdo de aquellos extraños sucesos que, durante años, mantuvieron en vilo a todo un barrio.

Los vecinos más ancianos del Rastro todavía cuentan a los turistas que se acercan a sus puestos la historia de aquella bruja malvada que, en pleno centro de Madrid, se reunía con sus gatos negros para practicar sus conjuros malditos.

Y quién sabe si en alguna noche cerrada, al pasear por aquellas calles, no veremos cruzar sigilosa una sombra felina que se desvanece al poco tiempo en la penumbra.

Porque los gatos de Isabel Jimena, aquellos feroces espectros, nunca desaparecieron del todo, y su maullido aún resuena en el recuerdo de una ciudad que siempre ha sabido que lo maravilloso y lo terrorífico caminan de la mano por sus calles.

Al fin y al cabo, como bien reza la tradición, en Madrid todo el mundo tiene su duende y cada vecino un aparecido, y en el caso de Isabel Jimena, ese aparecido tenía forma de gato, bailaba alrededor de una bruja y se escondía entre las sombras eternas del viejo Rastro.