Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 45 #2
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CAPÍTULO 45 #2

He envuelto su mano en la mía sobre la palanca de cambios y dado un apretón reafirmante que me ha hecho ganarme una de sus sonrisas disimuladas.

Subimos los peldaños. No es hasta entonces que comprendo que la cola que se ha formado aquí, comienza en el interior de museo, al final del tercer pasillo. Me atrevo a decir que hay por lo menos cerca de cien personas.

Nada más encaminarnos a la desviación que da a la zona donde se encuentra la exposición, tengo sus manos tapándome los ojos.

—¿Qué haces? —me río.

—Es una sorpresa.

Coloco mis manos sobre las suyas mientras me guía a ciegas, siguiendo sus pasos hasta que breves minutos después, se detiene. Escucho murmullos a mi alrededor, asumo que de los espectadores aglomerándose con ganas de entrar y reconozco alguna que otra voz como la de su tía o la de Caleb.

—No los abras todavía —me pide cuando retira sus manos de mi rostro.

—Vale...

—Ya puedes abrirlos.

Pestañeo varias veces, ajustándome a la claridad del interior del museo y paseo mi vista hacia la izquierda y tras un gran arco veo, colgado de la pared, uno de los cuadros de su madre.

Sonrío al momento. Mis ojos pasan al cartel que hay señalando la exposición.

Vuelvo a mirar a Locke y de nuevo, clavo mis ojos de nuevo en el cartel.

Había esperado encontrarme con el nombre de su madre, pero no es eso lo que veo. Está su nombre también. «Locke Sommers», más pequeño y debajo del de Aurora Marínez. Y el título de la exposición encima de ambos.

«Serendipia».

—Es... Es tuya —balbuceo, intentando procesar lo que hay delante de mí—. Son tus obras —repito en un grito susurrado.

Locke se limita a asentir con una sonrisa entre tímida y cómplice.

Creía posible que una persona pudiese completarte de una manera tan literal como de la que tantos hablan, pero jamás pensé que sería yo quien lo viviría. Cómo me alegro de haberme dado cuenta de que con esto también estaba equivocada.

Porque en Bruselas me he encontrado a mí misma. Y con ello, la capacidad de querer a alguien sin miedo. Una serendipia. La palabra suena enrevesada. Pero así es. Algo que encuentras por casualidad, que no esperabas pero que resulta regalarte el más afortunado de los hallazgos.

Creo que todos deberían poder encontrar la suya.

Y la mía está delante de mí. Con su sueño frente sus ojos, colgado de paredes y un mundo que va a recordar su nombre. Porque tiene mucho que enseñar.

Sigo sus pasos de su mano, pero manteniéndome detrás de él. Mis ojos recorren el lugar mientras el resto de personas van entrando poco a poco. Están aquí por él. Por sus obras.

Las hermanas de Caleb se acercan a nosotros para saludarnos y me agacho para achuchar a los dos mellizas y después a la mayor de nueve años, Danielle.

La madre de estas, Stephanie, quien según Locke me contó siempre ha sido una segunda madre para él, le envuelve en sus brazos en lo que es sin duda un abrazo de lo más maternal.

Llama mi atención un detalle en ella; el collar que lleva de una brújula. Caleb tiene un tatuaje idéntico en el brazo.

Me cuesta camuflar la sorpresa al ver a Arthur, el padre de Locke junto a Louise entrar a la sala después de que Marc aparezca acompañado de quien asumo que es Emma, su novia.

Tras saludar a Locke y que este les agradezca que hayan venido, Marc se gira hacia mí. Parece algo receloso y aunque me cuesta, le sostengo la mirada durante todo lo que soy capaz de prolongar.

—¿Cuándo comemos en tu casa? —digo entonces.

Su postura se relaja al momento.

—Cuando vosotros digáis.

—¿Locke? —Un hombre de poco más de cuarenta años se acerca a él—. Soy Evan. Era amigo de Aurora. Es un gusto verte seguir sus pasos .

Me separo de él, proporcionándole intimidad cuando se enredan a hablar y recorro la sala al completo.

Los cuadros, junto a alguna que otra estatua o proyectos expuestos sobre peanas, están dispuestos en orden alfabético, combinados los de su madre y los suyos, tanto los que hicieron juntos como los que realizaron por separado.

Y en una sala aparte, los que están en subasta.

—El chico es bueno, eh... —No me hace falta girarme para saber que es Cass quien está hablando.

—Y tanto que sí. —Amelie abre un poco más sus ya de por sí grandes ojos verdes, alucinada. Alza la barbilla en dirección al cuadro que ha nombrado Serendipia —. ¿Sois vosotros?

—Sí —respondo, aún sin palabras.

Un par de horas más tarde, Locke se coloca en el centro de la sala y alza la voz para pedir que le presten un poco de atención. Su pecho asciende y desciende en una respiración temblorosa cuando los presentes se colocan a su alrededor, otorgándole ese silencio que ha pedido.

—Antes de nada, quiero daros las gracias por estar aquí.

Soy de hablar en público, no de hablar de mí, pero esto significa mucho, así que, gracias.

—Se detiene momento. Otra inspiración. Me lanza una mirada antes de volver a centrarse en el resto—.

La propuesta inicial para volver a compartir estas obras con el mundo era sencilla: volver a exponer las obras de Aurora aquí, en el Museo de Fenses.

Pero, a ese deseo se le sumó la certeza de que ella no estaría satisfecha con llenar un lugar y no poder compartirlo con nadie más.