Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

Serendipia

Locke

Hace cosa de cinco minutos que he detenido el coche frente a la cristalera de Rock N’ Love, la tienda de música cuya planta superior es un estudio y el lugar donde Caleb pasa tantas horas.

Me meto en Instagram para entretenerme hasta que salga y la primera foto que aparece es una publicación suya con el siguiente sencillo que va a lanzar.

El trozo de la canción que ha adjuntado ya lo he escuchado, —privilegios de mejor amigo y esas cosas—.

Que Gabriela no se entere de esto, por cierto.

En ese mismo momento, un mensaje de su contacto aparece en la barra de notificaciones. Tengo ganas de llegar al piso después de haberme pasado toda la mañana en la oficina.

Gabs:

¿Te he dicho alguna

vez lo guapo que eres?

Locke :

¿Qué buscas, Gabs?

Gabs:

Pero, ¿te lo he dicho?

Locke:

Alguna vez, sí…

¿Qué buscas?

Gabs :

Comprar pijamas a juego.

Y, aunque la idea, tan cursi como es, me encanta, hay algo que no me termina de gustar. No si comprar pijamas a juego implica dormir con dichos pijamas a juego.

Locke:

Mis camisetas son tu pijama.

Gabs:

Ya... Pero ¡mira!

Junto al mensaje me pasa un enlace para comprar pijamas complementarios de los dragones de Cómo entrenar a tu dragón.

No sé cómo no me he visto esta venir.

Mis dedos se mueven automáticamente.

Locke:

Vale.

Vas a ser tú la que acabe

pidiéndome que te lo quite.

Los tres puntos indicando que está escribiendo aparecen.

Se detienen.

Gabriela vuelve a escribir y para de nuevo al momento y así ocurre tres veces más hasta que envía:

Gabs :

No puedo contigo.

Locke :

Yo también te quiero.

Gabriela regresó a Bruselas un par de días antes que yo y según me dijo, estuvo encerrada en su cuarto la mayoría del tiempo.

Suspendió una asignatura del segundo semestre y tenía la recuperación la semana siguiente. Consiguió aprobarla con buena nota y por fin va a poder desconectar del todo después de estos meses tan intensos.

Se marcha a España dentro de una semana, al día siguiente de la exposición y lo más seguro es que no podamos volver a vernos hasta mediados de agosto, hasta que consiga escaquearme unos días de la empresa.

Joder, no quiero pensar en que en breve, ya no abriré la puerta de mi piso y podré encontrarme con ella al momento, ni en que van a desaparecer nuestros sábados de película o el dormir un fin de semana en su piso y otro en el mío.

No quiero pensar en nada de esto.

La puerta del copiloto se abre y un agotado Caleb se sube en el coche.

—¿Qué tal, Sommers? —Se abrocha el cinturón mientras pongo el vehículo en movimiento en dirección al museo.

—Bien. ¿Cómo vas con el álbum? —me intereso.

Está desbloqueando el móvil al momento, asumo que para enseñarme una de sus últimas creaciones.

Me gusta compartir estos ratos con él; sé que le hace ilusión que me interese por ello. Pero, ¿cómo no iba a hacerlo?

Si hay alguien a quien admiro, es a él. A su valentía y esfuerzo incansable por ayudar en casa.

Caleb será un tío con muchos defectos, con un humor peculiar que utiliza de escudo y cachondeo de la hostia, pero es...

No sabría cómo describir a mi mejor amigo.

Creo que imprevisible le queda bien. En todos los sentidos.

—¿Cómo se llama esta? —pregunto ante las primeras notas de una guitarra eléctrica.

— Ever Since That Night . —Sube el volumen y deja el móvil en el salpicadero.

El ritmo marcado de la canción me hace repiquetear los dedos contra el volante. Según avanza y se reproduce la letra, no puedo evitar mirarle con curiosidad.

—¿Sobre quién va?

—Estás hablando conmigo... No va sobre...

—Claro que sí. —No puedo enmascarar mi asombro y por ello, tampoco evitar interrumpirle.

Pero, venga ya.

«El sabor de tus labios perdura como un fantasma sobre los míos

No puedo dejar de pensar en esos brillantes ojos verdes

Desde aquella noche

Desde aquella noche, ¿has pensado alguna vez en nosotros?

Desde aquella noche

Desde aquella noche, sigues dando vueltas por mi mente»

—Te estás viendo con alguien —asumo en cuento la canción llega a su fin.

—No —escupe. Quita el teléfono del lugar en el que lo había dejado y con su usual dramatismo se gira en dirección a la ventana.

—¿Quién es?

—Que no me estoy viendo con nadie.

—Y una mierda.

—Sommers...

—Thys... —Aprovecho un semáforo en rojo para mirarle.

Me devuelve el vistazo con la lengua pegada al interior de su mejilla, aguantándose las palabras.

Finalmente, se encoge de hombros haciéndose el desentendido.

—¿Qué ha pasado con lo de «yo no repito»?

—¿Qué ha pasado con «Gabriela es solo mi amiga»? O «No me gusta Gabriela». O «Sólo...».

—Lo he pillado.

Decido no insistir más.

Ya me lo contará cuando esté cómodo .

A veces me planteo la verdadera razón por la que Caleb no sale con nadie más allá de la explicación que él una vez me dio.

Ahora, quizá, podría pensar que es debido a que es conocido y quiere mantenerse alejado de todos los cotilleos que llenan internet, los cuales, nunca le han gustado.

Sé que el motivo es otro. Algo respecto a lo que actúa como si estuviese olvidado, pero en el fondo ambos sabemos, él el primero, que no es así.

Aparco a varios metros de la entrada del museo y entramos en el edificio. Aún no está inaugurada; aún no está disponible al público, pero quería que la viese en primicia; tal y como él hace con sus canciones.

Al entrar en la sala, mira a su alrededor, contemplando los cuadros que adornan las paredes.

—Orgulloso es poco, Locke. —Me da un abrazo y una palmada en la espalda.

Que me llame por mi nombre en vez de por mi apellido hace que sus palabras tengan un significado un poco más especial.

Quiero a Caleb como si de un hermano se tratara.

—Tu chica va a perder la puta cabeza —me asegura.

◆◆◆

Gabriela sigue dormida, acostada sobre su pecho, con el rostro en dirección a la pared, las sábanas cubriendo hasta el final de su espalda desnuda y los primeros rayos de sol entran por la ventana.

He colocado el caballete en diagonal a su cuerpo. Lo traje hace un par de semanas al piso con el regreso de mi padre. No quiero estar en su casa si está él. Estoy más cómodo pintando solo en mi cuarto.

Bueno, solo... Con Gabriela.

Tiene ambos brazos bajo la almohada. La trenza sujetando los rizos cae por su cuello, algo desecha tras haber cambiado de postura a lo largo de la noche. Me da tanta paz. Podría pasarme horas admirándola a pesar de que no hay colores suficientes en el mundo para expresarlo.

A veces, cuando me mira, me hace cuestionar si en realidad el destino sí existe. Si los sucesos han tomado lugar ajustándose a esto; a lo que debía ser. Porque tengo tanto amor en el corazón por ella; hacia ella, que me hace dudar de si siempre lo tuve, aguardando a su llegada.

Mueve una de sus piernas y no tarda en girar sobre sí misma y llevar sus manos a su rostro para desperezarse con el dorso de estas. Tras cubrir su cuerpo con la sábana, estira los brazos y dobla los dedos, pidiéndome que me acerque.

Y yo, sin remedio alguno, tengo una sonrisa en la cara incluso antes de dejar el pincel y aproximarme a la cama.

Se deja caer sobre mi pecho tan pronto como me acomodo a su lado, soñolienta y perezosa al igual que todas las mañanas.

—Buenos días. —Ojalá pudiese convertirse esto en mi rutina; despertar a su lado, los besos vagos, el día a día junto a ella.

—Mmmh —murmura contra mi pecho, removiéndose y sonrío otra vez, acariciando su espalda con la punta de mis dedos.

—¿Has dormido bien?

—Mmmh.

—¿Sólo vas a decir «Mmmh»?

—Mmmh.

Dejo un beso en su cabeza antes de que alce la mirada y sea ella quien deje otro en mis labios.

—Una hora, más o menos —respondo cuando me pregunta hace cuanto me he despertado. He aprovechado y ya le he dado a Luke el primer paseo del día—. ¿Quieres desayunar?

—¿Estás tú en el menú?

—En el tuyo siempre. ¿Quieres unas tostadas?

—¿Cómo estás tan tranquilo? —Se incorpora e inclina la cabeza hacia la izquierda—. Locke, inauguras hoy la exposición. Yo estaría subiéndome por las paredes.

—Estoy contigo. —Me encojo de hombros—. Estoy seguro.

—¿Y respecto al día que es hoy? —pregunta con delicadeza, devolviéndome las caricias.

La fecha de hoy, 2 de julio, coincide con la que tengo tatuada en la espalda. Por eso quería hacer la exposición este día. Hoy mi madre cumpliría cincuenta y seis años.

—Estoy... Bien. Ahora mismo estoy bien. Quizá, luego, cuando estemos allí y bueno, ella no sea una de las personas que están conmigo no te diga lo mismo, pero estoy bien. Sé que de algún modo está conmigo.

—Estaría muy orgullosa de ti. —Me da un beso en la punta de la nariz—. Yo estoy muy orgullosa de ti.

◆◆◆

Gabi

Hace una semana, salí de la última clase de la temporada con el cuerpo lleno de nostalgia. Es un sentimiento curioso, incluso gracioso, diría yo.

La nostalgia es recordar momentos que en un principio no consideraste ordinarios con la esperanza de volver a vivirlos. Porque, con el paso del tiempo, añoras lo que una vez fue y no volverá a ser.

Con cada paso que daba hasta llegar al piso, tras la charla con Mikel y Gala y los abrazos que repartimos antes de salir, tras las sonrisas cariñosas y las anécdotas de las clases, tras la última conversación que mantuvimos, giré la llave en la cerradura del portal con un sentimiento de realización inconmensurable.

Hoy, camino al lado de Locke en dirección al museo. El sol de media tarde baña el lugar y hace calor, pues ya estamos en pleno verano pero no tanto como para que resulte agobiante.

Viste un polo de un verde muy similar al de sus ojos y me ha pedido que le ayude a peinarse.

A pesar de que esta mañana me ha asegurado que estaba tranquilo, esa calma hace un rato que se ha evaporado.

Lleva jugueteando sin cesar con el anillo que cuelga de su cadena más de una hora y buscando más afecto que otros días.

Antes incluso de que terminase de aparcar, hemos distinguido la fila de gente esperando en la entrada. Lo he visto en sus ojos, el asombro al ver a todas esas personas aguardando su llegada .