CAPÍTULO 42 #3
—Desde que papá no trabaja en la empresa...
—Se interrumpe a sí mismo y niega con la cabeza.
Termina por chasquear la lengua—. Desde que papá no está en la empresa los empleados están más contentos.
Y, sé que desde luego no es por mí, créeme, lo sé.
Yo jamás he sido capaz de decirle que no a papá.
Tampoco soporté nunca que pudieses compaginar la pintura con la empresa.
Siento muchísimo haberte dado sin ningún tipo de derecho la charla de hermano mayor respecto a lo que tenías que estudiar.
Siento que no estudiaras el Grado de Arte por mi culpa.
—No fue por tu charla que decidí no estudiarlo. Me gusta la economía, pero no iba a darte más motivos por los que consideraras que no tenía un lugar en la empresa. —Algunas de mis ideas se colocan, por lo que pregunto—: ¿Por qué empezaste la inversión del museo?
—Te prometo que no sabía lo de las obras de Aurora.
Te lo prometo, Locke. Yo… Pensé que si el museo se cerraba definitivamente a costa de la empresa te alejarías y yo podría estar en paz con la idea de que tendrías que haberte dedicado a una sola cosa y papá tendría razón.
Que deberías haberte centrado en el negocio y no en la pintura.
Pero, por supuesto, en esto ibas también diez pasos por delante de mí.
Imagino… Imagino que siempre tuve envidia de ti.
De todos los motivos que podrían explicar el resentimiento de Marc, la envidia era de lejos el último que podría haberse puesto en la fila de las posibilidades.
¿Ha sido eso? ¿Todo este tiempo? Todo este tiempo he asegurado que Marc me veía como un intruso. Siempre he pensado que, en caso de haber un envidioso, ese era yo.
—A principios de año, conocí a una mujer.
Se llama Emma y no, no es mi secretaría —se adelanta, aprovechando para rebajar la tensión del ambiente cuando consigue arrancarme una sonrisa por muy pequeña que sea—.
Y desde que empezamos a salir supe que había algo distinto en comparación al resto de mujeres con las que he estado.
Me puso en mi sitio a la primera de cambio y desde ese momento me di cuenta de que nunca me había gustado alguien tanto como ella.
—Creo que sé de lo que hablas.
—He empezado a ir a terapia —prosigue—. Hace tres semanas, una sesión todos los jueves.
Fue consejo de Emma. Al principio, me lo tomé como un insulto.
Luego comprendí que, en realidad, no hay nada de malo.
En solo tres semanas me ha ayudado a ver algunas cosas de todas las que tenemos que trabajar desde otro punto de vista.
Y cuando más tarde me pregunta «¿Por qué te fuiste?
», se lo cuento. Todo. La decisión de marcharme a España, de estar solo una temporada, darme cuenta de que en realidad si echaba de menos la empresa aunque no la presión que viene con ella, la manera en la que me di cuenta de que quien se esfuerza por seguir en contacto contigo pese a la distancia es a quien verdaderamente le importas.
—Lo peor de todo es que, por muy estresante que pueda llegar a ser el trabajo, en realidad, no me disgusta tanto.
Lo que me hace no disfrutarlo es la presión constante de no decepcionar a papá.
—Suelta una risa irónica—. Es ridículo. Tengo treinta y dos años y mírame.
—Niega con la cabeza—. Espero que, en algún momento, puedas perdonarme.
—Han sido muchos años de...
—Lo sé —me asegura sin necesidad de que le ponga palabras a lo obvio—. Lo sé. También que no vas a olvidarlo. Yo tampoco. Y es algo que va a pesar sobre mí siempre. Pero espero... Espero que podamos recuperar el tiempo perdido... Si tú quieres.
Mantengo mi mirada sobre la suya.
¿Quiero hacer esto?
¿Después de tantos años?
¿Después de tantas palabras hirientes?
—Sí... —admito. Quiero poder sentir que el significado de la palabra hermano tiene de verdad esa definición entre Marc y yo—. Creo... Creo que podría funcionar.
—Gracias. —La tensión en sus hombros parece aminorar un poco.
—¿Sabes si —Me cuesta referirme a él así, pero lo hago de todos modos— papá va a venir a la exposición? Regresó a Bruselas hace un par de días, ¿no?
Ladea la boca y niega con duda.
No puedo decir que me decepcione, ya me lo esperaba.
—Sabe la fecha, la hora y por supuesto el sitio, pero no me ha dado una respuesta. Emma está deseando que llegue el día.
Una sonrisa sincera tira de mis labios.
Ojalá esto hubiese ocurrido antes.
—Por cierto, papá me ha preguntado por las sábanas de tu cama. ¿Se te cayó un cuadro encima o algo así?
Estoy a punto de atragantarme con el café.
—Sí… Algo así.
—Podríais venir un día a comer a casa —sugiere con la boca pequeña—. Gabriela y tú, me refiero. Y que os presente a Emma. Quizá, incluso Lars y Noor quieran venir.
—No le caes bien —me sincero.
—Entendible... Pero... Si digo que te cubro en la cena de esta noche y las reuniones de los próximos días, ¿conseguiré ganármela?
Mis cejas se fruncen con confusión.
—Está en Madrid, tiene la competición de...
—Lo sé. Me lo has dicho antes. —Le da el último trago a su café sin apartar sus ojos de los míos—. Ve.
El corazón me da un traspié.
—¿Qué?
—Que vayas. —Deja la taza sobre la mesa y me insta a levantarme de la silla—. Tu chica te está esperando.