Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 42 #2
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CAPÍTULO 42 #2

No es hasta un cuarto de hora después que Carlo nos informa de que ha finalizado.

Me levanto de la silla con las piernas engarrotadas y tensión acumulada en la zona baja de la espalda y es recordar la cena de esta noche con...

Ya no sé ni qué empresa es, que termina de quitarme el poco ánimo que me quedaba.

Con la americana sobre el brazo, salgo de la sala de reuniones respondiendo a otro mensaje de Gabriela. Hace alrededor de veinticuatro horas que aterrizó en Madrid.

—Locke .

Me detengo al escuchar la voz del hermano. Me giro en su dirección, tardando en apartar la mirada de mi teléfono.

Alzo las cejas, esperando a que continúe.

—¿Podemos hablar un momento? —pregunta.

Pretendo disimular la hostilidad que se apodera de mi cuerpo, pero me es complicado.

—¿Sobre algo de la reunión o...?

—No —me interrumpe Marc—. No es sobre la empresa. ¿Te apetece tomarte un café?

Mi ceño se frunce al completo. Miro alrededor, cuestionando si es que Lars también está ahí, a mi lado y en realidad está hablando con él. Y... No. Estoy yo solo en el pasillo.

Con indecisión, asiento y nos metemos en el ascensor. El silencio que nos acompaña es aún más incómodo en comparación a los ya de por sí desagradables silencios de ascensores.

Alargándolo, caminamos un par de metros hasta una cafetería.

Pego un tirón a mis pantalones y me acomodo en el asiento tras dejar la americana en el respaldo.

La terraza está vacía, es elegante y bastante distinta a la que yo estuve trabajando y el sol de media tarde de junio pega ahora mismo en todo su esplendor.

Me pregunto si Marc sabe que estuve trabajando en una. Que cuando quise desentenderme de la familia fue al completo; ganar mi propio dinero sin tener el apellido Sommers de por medio.

El camarero no tarda en venir a tomarnos nota y después de que se marche, los dos seguimos sin decir nada. No voy a ser yo quien rompa el silencio; no soy yo el que ha sugerido hablar.

—¿Qué tal con tu chica? —pregunta, entonces. Sus ojos verdes están sobres los míos, absurdamente idénticos.

—Bien —respondo, sin poder pasar por alto la desconfianza del ambiente. Llevo mi mano a la cadena que cuelga de mi cuello y jugueteo con su anillo.

—Pareces más feliz desde que estás con ella.

—Lo soy —reconozco sin necesidad de pensarlo dos veces.

—¿Cómo le va en baile? ¿Qué hacía? ¿Baile...?

—Urbano.

—¿Realmente tiene tanto prestigio?

Por regla general, esa pregunta, acompañada con su tono de voz me habría hecho enderezarme en la silla, molesto ante la insinuación de que lo que Gabriela hace no merece la pena.

Pero la forma en la que lo pregunta me hace comprender que en realidad Marc no tiene ni idea de nada.

Todo su mundo gira alrededor de la empresa. A eso se resume su vida.

—Mañana es La Copa Intercontinental de Baile Urbano. Bueno, el campeonato empezó hace un par de días, pero mañana es el turno de su categoría, que es la más alta. Así que, sí. Tiene tanto prestigio.

Si mañana obtiene el primero puesto, cosa que estoy seguro de que va a ser así, se convertiría en una de las mejores bailarinas del mundo.

Del mundo.

Y yo no estoy allí para apoyarla, ni para darle un beso según baje del escenario.

Debería estar a su lado. Ser quien le aparte la mano de la boca cuando, por los nervios, comience a tirarse de los padrastros o mordisquearse la uña del pulgar. Ser quien le recuerde que no necesita palabras que reafirmen lo bien que va a hacerlo. Ser quien le recuerde que es ella y con eso basta.

—Siento... Siento lo que pasó en Navidad.

Mi cabeza se eleva con brusquedad hacia él.

Vale, ¿quién cojones es este tío y qué ha hecho con mi hermano?

El camarero regresa con lo que hemos pedido y deja un café con leche, canela y hielo delante de mí y un americano frente a mi hermano.

—Marc... —murmuro después de darle las gracias al hombre—. La reunión ha sido muy larga y esta noche...

—Estoy hablando en serio, Locke —suspira y se pasa la mano por la mandíbula—. Me he portado como un capullo.

—No, qué va. De hecho, te van a dar el premio a hermano del año.

—Locke... —musita en una especie de súplica.

—¿Por qué? ¿Por qué estás diciéndome esto ahora?

—Porque... Porque queda poco para la exposición en el museo y aunque la inversión la hayamos llevado juntos, el proyecto es tuyo.

Es tu madre, Locke. Y porque quiero que sepas que...

—Coge aire antes de hablar—...Que estoy muy arrepentido de cómo me he comportado durante todos estos años y que estoy orgulloso de ti.

De golpe, solo escucho el latido de mi corazón. A la altura de mis sienes, late con determinación, martillea contra mis costillas y me provoca una sensación de aturdimiento.

Agarro el asa de la taza con fuerza. Le doy un trago al café, pero, a pesar del buen sabor, me cuesta tragarlo. Se me acumulan tantas preguntas en la boca, tantos reproches, tantas cosas que quiero decirle después de tanto tiempo que soy... Soy incapaz de saber cómo formularlas.

—¿Por qué te has estado comportando así, entonces? —No parezco ser capaz de encontrar una respuesta mejor.

—Porque tenía celos de ti.

Que, ¿qué?

—¿Qué estás...?

—Te alejaste de la empresa sin mirar atrás. Locke, odio mi puto trabajo y solo sigo por no decepcionar a papá. A ti eso no te preocupó. Te priorizaste a ti.

—Eso no es verdad, Marc. —Niego con la cabeza—. Joder, cuando volví...

—Cuando volviste quise demostrar que en realidad no valías para este trabajo.

Que no estabas hecho para llevar la empresa de la familia, no porque no te considere parte de ella —puntualiza—.

Pero, entonces, me mandaste a la mierda nada más verme y pensé, «Joder, a lo mejor esto va a ser más complicado de lo que creía».

Dejaste las cosas claras desde un primer momento.

Y lo cierto es, Locke, que eres muy bueno en esto.

Joder, se te da que te cagas. Hablar en público, proponer proyectos... Tienes la mente para eso.

Le observo en silencio. Atónito, pero intentando disimularlo lo mejor posible.

—Trabajé en una de estas, ¿sabes? Durante los seis meses que estuve en España, trabajé en una cafetería que se llama Le Soleil.

—Alzo la barbilla, señalando la fachada de la cafetería y mareo el contenido de la taza con la cucharilla mientras me planteo cómo continuar—.

Papá me estuvo llamando, insistiendo en que aceptara su dinero y que de haber trabajado en la empresa no me rebajara de esa manera.

No lo acepté, por supuesto. Siempre he tenido claro que todos los trabajos son igual de dignos, pero eso no significa que en una empresa como la nuestra las condiciones lo sean para todos, ¿no crees?