Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Nos vemos pronto

Gabi

Acostada en la cama, tengo la vista clavada en el techo de mi habitación. De reojo, veo a Whiskey subir de un salto. Se acuesta sobre mi estómago y le acaricio distraídamente el hueco tras las orejas.

Han pasado cinco días de la conversación que mantuvimos Locke y yo en la que durante un tiempo fue su habitación.

Y aunque no he hecho más que entrenar y entrenar junto a mi grupo, mi mente ha permanecido ahí desde entonces.

Entre esas cuatro paredes, rodeada por los cuadros, su confesión reproduciéndose en espirales en mi cabeza y el deseo que aún perdura de que esa noche hubiese sido eterna.

Pero ninguno de los dos pudo negarse al transcurso del tiempo y después de pasar por la ducha para quitarnos la pintura, volvimos al piso, dormimos enroscados el uno en el otro y nos perdimos entre besos como si fuese la primera vez que nos veíamos.

Alrededor de las seis de la mañana, me despedí de Locke en el portal del edificio, abrazándome a él con más fuerza de la que acostumbro. Y nada más el portón se cerró tras emitir un quejido metálico, comenzaron a descender las lágrimas que llevaba aguantándome toda la noche.

Porque Locke está enamorado de mí.

Y yo estoy enamorada de él.

Aunque me pidió que retuviera mi contestación a sabiendas de que me pasaría el resto de nuestras vidas protestando porque no me hubiese dado la oportunidad de igualarme a su declaración, no pude evitar decirle que le quiero. Porque es cierto. Llevo haciéndolo mucho tiempo.

Es curioso. Querer a alguien, me refiero. Creo que el amor está en muchas formas, en muchas cosas y personas, de distintas maneras, con rasgos únicos u otros que solo algunos llegan a ser capaces de apreciar. Pero creo que este empieza con uno en concreto.

¿Quiénes somos sin amor propio?

He pasado mucho tiempo sintiéndome pequeña, considerándome demasiado ruidosa, acelerada, intensa y agobiante.

Y, quizá soy todas esas cosas. Hablo por los codos, tengo una risa agitada, no paro quieta y nunca, nunca, consigo contentarme si no estoy rodeada de gente.

Pero está bien. Porque eso es lo que me hace ser yo. Y me gusta. Me gusto.

Unos golpes en la puerta me hacen levantar la cabeza.

—Tenemos que salir ya para el aeropuerto. —El flequillo despeinado de Amelie aparece en el hueco entre el umbral.

—Voy a despedirme de Caleb —le digo al salir del piso, maleta en mano.

—Te espero abajo.

Tras dos toquecitos sobre la superficie, la puerta frente a mí se abre y no necesito más para saber que está acompañado y, muy probablemente, a punto de arrancarse los pelos uno a uno.

—¿Ocupado? —Me roba una carcajada.

—¿Tienes hueco en la maleta? Estoy seguro de que una de estas dos...

—¡Gabi! —Una voz aguda interrumpe la de Caleb. Su cabeza castaña rebota contra mi estómago y sus brazos rodean mis piernas cuando me envuelve en un abrazo.

—Hola, Lara. —Sonrío, sorprendida, ante la muestra de afecto de la cría, que de las dos mellizas, es la más vergonzosa—. ¿A qué estáis jugando?

—Quiero maquillar a Caleb, pero me ha dicho que no.. .

Miro a su hermano con una ceja alzada a modo de reprimenda por no dejar que la cría se entretenga un rato.

—Siempre que me maquilla estoy bajo el riesgo de perder un ojo y en un par de días actúo en el pub , así que ni de coña.

—¡Eh! He visto el set-list en tu perfil de Instagram. ¿Vas a cantar Timelapse? ¿¡Sin mí aquí!? ¡Ya te vale!

Es de mis canciones favoritas. Aquí el Don Yo No Soy Un Romántico no veas cómo escribe canciones de amor. En concreto, Timelapse trata sobre la sensación de estar tan centrado en una persona que pierdes el sentido del tiempo; tan feliz que todo parece ocurrir a cámara rápida.

«Es como si ocurriera un lapso en el tiempo cada vez que me sumerjo en tus ojos» dice uno de los versos.

—¡Hola, Gabi! —Me reconoce la otra melliza, Lina. Se acerca hasta mí y yo entro en el recibidor del piso, agachándome para darle un abrazo—. ¿Sigues saliendo con Locke?

No puedo disimular la carcajada que brota de mi pecho.

Me cubro la boca con la mano en un intento de disimularlo.

—Sí. Sigo saliendo con él. ¿Por qué siempre me lo preguntas?

—Porque a ella también le gusta Sommers. ¡Vaya! Se me ha escapado —ironiza mi amigo.

—¡Caleb! —repone la chiquilla con sus ojos abiertos al completo—. ¡Me dijiste que ibas a guardar el secreto!

—Y tú que no ibas a intentar montarte en Luke como si fuese un poni y lo has vuelto hacer.

Lina frunce las cejas y los labios y vuelve a mirarme, tengo claro que en busca de apoyo y defensa contra su hermano.

Nunca dejará de sorprenderme los parecidos que son.

Lina y él son iguales. Exactamente iguales.

—No se lo digas a Locke , porfi... —murmura haciéndome ojitos.

—No te preocupes. Aunque... Entiendo que te guste. Es guapo, ¿eh? Y, además, ¡él sí te deja maquillarle!

—¡Eso! —Le sermonea a su hermano.

La respuesta de este es sacarle la lengua de forma burlona .

Luke llega hasta mí y consigue darme un lametazo en la mejilla.

—Tienes que conseguirle novia a mi hermano —pronuncia la cría junto a su hermana, que también acaricia al dámata.

—Lina, otra vez no... —protesta Caleb. Se deja caer en el sofá, en la zona de la cheslón, apoya los codos en las rodillas y se lleva las manos a la cara.

—Dice que las canciones no van para ninguna chica... —susurra la niña cerca de mi oído—. No le creo.

—Yo tampoco —le aseguro en un murmullo.

Lina se lleva una mano a la boca para ocultar la sonrisilla cómplice.

—Vosotras tres juntas sois un peligro —declara su hermano, aún con las manos en el rostro.

—Caleb, por favor. Estoy intentando ayudarte. —Lina pone los brazos en jarra y le mira con obviedad—. ¿Crees que pega con Amelie? Ayer vino a…

—Se acabó. Ella no, pero yo voy a contarle a Sommers que te gusta, mocosa. De hecho, le estoy llamando por teléfono ahora mismo.

—¡No! —grita antes de salir disparada hacia él.

Me incorporo con una sonrisa y negando con la cabeza al ver a ambos hermanos persiguiéndose por el salón.

—¿Y Danielle? —pregunto por su otra hermana, la que es un par de años más mayor que las mellizas, en dirección a Lara.

—Con mamá.

Asiento y les doy un último abrazo a las niñas. Algo acelerado, Caleb me da un achuchón y un beso en la mejilla y me asegura lo bien que va a ir la competición y lo mucho que confía en mí.

No lo pienso dos veces antes de bajar por las escaleras a pesar de llevar la maleta.

En la calle de enfrente, Cass y Amelie me esperan con el coche azul de la pelirroja ya arrancado.

Aún sigo sin comprender cómo es posible que haya aguantado vivo todo el curso.

Noah también está con ellas. Acaba de regresar de la clínica y me dice que esperaba a que apareciese para despedirse de mí.

—¡No! —brama Cass de pronto .

Me freno en seco, a medio camino de abrir el maletero.

Me apunta con un dedo, sus ojos azules muy, muy abiertos.

Ante mi mueca confundida, se aclara la garganta y dice:

—Está roto. No lo abras.

—¿Vale...? —Separo ambas manos y las alzo en señal de paz.

Coloco la maleta en el hueco entre el asiento del copiloto y el trasero y yo me acomodo en el de en medio. Los veinte minutos de trayecto hasta llegar al aeropuerto están acompañados de nuestras voces imitando a las Spice Girls.

Nada más estar frente a la zona de embarque, recuerdos del día en que vine a Bruselas por primera vez, vuelven a mí.

Y pensar que en un par de semanas estaré despidiéndome de ellas hasta a saber cuándo... De Finn, de Caleb y de Noah. Estaré despidiéndome de Locke.

Sacudo la cabeza para centrarme en el presente y me esfuerzo por ignorar la nostalgia que me estruja el pecho. Aún quedan un par de semanas. Aún están ahí.

—No hagas un puchero —dice Amelie, pretendiendo que tampoco está emocionada al separase de mis brazos—. Si tampoco son tantos días sin vernos...

—Qué cariñosa eres, qué gusto da... —bromeo.

Cuando me despido de la pelirroja, me guiña un ojo antes de que me dé la vuelta y empiece a caminar en dirección a la puerta de embarque.

◆◆◆

Locke

Si me diesen un euro por cada vez que Carlo se ha referido a nosotros como «señor Sommers» y al momento lo ha corregido a señores tendría por lo menos cinco. Que no son muchos, pero ver la incomodidad que baña su cara cada vez que mira a Marc me hace querer aumentarle el sueldo .

Aunque la reunión es respecto al museo y la exposición, llevamos aquí tres horas y estoy dejando de entender las palabras que salen de su boca.

Carlo tiene mi edad, pero aparenta un par de años menos. Para intentar relajarle y brindarle la máxima comodidad posible —porque es algo que a mí me hubiese gustado que hicieran cuando estaba empezando en esto—, asiento ante su mirada insegura, alentándole a continuar.

—¿Puedes terminar ya? —Marc, para sorpresa de nadie, ha abandonado el tono afable hace un rato si es que en algún momento ha llegado a emplearlo—. Me estáis haciendo perder el tiempo.

Puedo ver en los ojos de Carlo las ganas de responderle de vuelta.

—Claro, señor... Señores Sommers —se corrige a sí mismo, otra vez.

Marc tiene esa cosa que, aunque resulte autoritario e imponga, te dan ganas de devolver sus propios comentarios sin molestarte en pensar en las consecuencias. Es más tentador saber lo a gusto que puedes llegar a quedarte.

Lars, frente a mí, lleva los últimos cuarenta minutos intentando resolver un crucigrama de un periódico. Aquí cada uno con lo suyo.

Deslizo con disimulo mi teléfono sobre la mesa.

El fondo de pantalla me arranca una sonrisa cada vez que lo veo.

Es el perfil de mi rostro alineado con el de Gabriela cuando aún seguíamos llenos de pintura.

Aprovechó para hacer la foto sin que me diese cuenta; tengo los ojos cerrados.

Un mensaje suyo se cuela entre otros tantos.