Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 41 #4
89%

CAPÍTULO 41 #4

—Joder —suelta de pronto—. Gabs, no tengo condones.

Mis ojos se abren con el mismo sentimiento que refleja sus facciones, una sorpresa ridícula porque a ninguno de los dos se nos ha pasado este pequeño detalle por la cabeza.

—¿En la mesilla no tienes? —aventuro.

—Eres la única persona aparte de mí que ha estado en esta cama, así que... Espera un momento. —Se pone en pie y tantea con velocidad los bolsillos de sus pantalones. Saca su cartera y del interior de esta...

No me lo puedo creer.

—¿Por qué llevas condones en la cartera?

—Recuérdame que le dé las gracias a Finn por el consejo —dice antes de lanzarla a algún lugar de la habitación. Se lleva el envoltorio del preservativo a los labios mientras termina de desnudarse.

Creo que hay pocas cosas que me aceleren el pulso tanto como ver el movimiento de sus manos soltando la hebilla del cinturón o cómo desliza la cremallera un momento después; quizá es la manera en que me mira mientras hace todo eso.

Tras deshacerse de su ropa interior, vuelve a acomodarse entre mis piernas. Entrelaza los dedos en los rizos de mi nuca y me pierdo en su boca cuando me besa. Mi mano izquierda baja, acariciando su abdomen hasta envolverle con ella. Interrumpe el beso con un jadeo para retomarlo con más fuerza.

Tras colocarse el preservativo, busca de nuevo mis ojos.

—Si quieres parar en algún momento...

—Lo sé.

—...Dímelo, por favor.

Acaricio sus mejillas con mis pulgares, intentando brindarle la calma que surca mi cuerpo, intentando que vea en mí la seguridad que provoca.

Es el simple roce lo que ambos necesitamos para suspirar sobre la boca del otro. Un jadeo suyoy aterriza en la mía, erizándome el vello del cuerpo al completo cuando da comienzo a un vaivén lento.

Con la punta de sus dedos recorre mi cintura, sube por el centro de mi pecho y retira uno de los brazos con los que rodeo su espalda para clavarlo en el colchón.

Entrelaza sus dedos con los míos y besa mi hombro, mi clavícula, mi cuello, mi mandíbula, mientras susurra lo muy enamorado que está de mí; las ganas que tenía de decírmelo; lo bonita que estoy llena de pintura.

Cuando Locke tira de mi cadera hasta que es él quien está sentado en el centro del colchón un calambre electrizante me recorre de pies a cabeza.

Me agarro a sus hombros a la vez que coloca una de sus manos detrás él y la otra la lleva a mi cintura.

Dejo caer la cabeza hacia atrás y aprovecha para mordisquear mi cuello mientras su nombre baila en mis labios y me siento más viva que nunca.

Porque en sus ojos veo la devoción completa sobre la que tanto he leído.

Retira mi mano de su hombro y tras asegurarse de que no hay pintura, lleva mi dedo corazón y anular a su boca.

El aire se escapa de mis pulmones en ese mismo momento.

Es él quien la guía al centro de mis piernas, quien con sus dedos marca el ritmo de los míos sobre el jaleo de nervios y provoca que mi cuerpo se sacuda en una ola de placer incontrolable.

Cuando se deja caer sobre su espalda y me lleva con él, nos convertimos en un jaleo de besos desordenados, suspiros ansiosos y gemidos extasiados. Hasta que los dos, al mismo tiempo, nos dejamos ir. Sobrecargados, suspirando con fuerza contra la boca del otro.

Caigo rendida sobre su pecho, con el pulso desbocado, las piernas adormecidas pero una sensación de plenitud que nunca había sentido. Como si acabase de rozar el cielo con la punta de mis dedos. Me parece escucharle murmurar algo similar a un «joder, Gabs», pero no estoy del todo segura.

Alzo la cabeza para encontrarme con sus ojos. Acomoda mi pelo con caricias lentas y tras unos largos segundos, conseguimos que los besos vuelvan a ser ordenados aunque perezosos.

—Bonitas pecas —susurra. Me observa con tanta calma, con tanto amor.

Llevo mi mano a su mejilla, deja un beso en la punta de mi dedo y soy incapaz de tragarme las palabras.

—Te quiero —susurro bajito, para que se quede solo entre nosotros y ni siquiera las paredes puedan ser partícipes de este momento. Porque ahora solo estamos él y yo.

El agarre de sus manos en mis caderas se acentúa, un brillo más intenso baña su mirada y del mismo modo que yo, pronuncia sobre mis labios:

—Te quiero más, Gabriela.

Nunca me había sentido tan cómoda. Tan protegida.

Tan en mi lugar.

Deja un beso en mi sien después de pedirme que le dé un momento.

Cuando regresa a mi lado, sin necesidad de cubrirnos, su brazo rodea mis hombros, mis piernas se enredan con las suyas y nuestras narices quedan alineadas.

Tiene pintura ahí y también en las mejillas y un poco en la frente.

Sé que yo debo lucir de una forma parecida.

—Eres mi nuevo cuadro favorito —murmura mientras acaricia el centro de mi espalda con la punta de sus dedos y yo paseo la yema de los míos por el tatuaje de su abdomen camuflado en pinceladas.

—Vas a tener la declaración de amor dramática de todos modos. Lo sabes, ¿no?

—Sí. —Una risa silenciosa sacude su pecho. Con la punta de sus dedos, retira unos rizos tras mi oreja—. Lo sé.