CAPÍTULO 41 #3
—Me gustan tus ojos. Me gustan tus pecas, tus labios, tus rizos.
—Reparte besos sueltos por mi rostro—. Me gustan los lunares que tienes en el pecho y ese que tienes justo encima de la cadera.
Y creo que no sabes lo mucho que adoro besarte.
En general. Desde tu boca a que me hayas dejado aprenderme cada detalle de ti.
Pero, por encima de eso, me gustas tú. Con tus palabras aceleradas, tus preguntas a cualquier hora de la noche, con tus sonrisas cuando algo te emociona y tu forma de contar las cosas.
Me gustas más de lo que puedo decir con palabras, Gabriela. Toda tú.
»Y eso que te he dicho antes del amor, de que nunca me había atrevido a ilustrar nada sobre él, ahora ha cambiado porque...
Porque nos veo. Porque estoy seguro de que esto que siento por ti, todo esto que me haces sentir no es otra cosa que amor.
Y, sí, me he vuelto un puñetero cursi, pero este puñetero cursi está enamorado de ti y quiere pasarse el resto de sus días así.
»Gabriela, estoy enamorado de cómo eres, de tu forma de hablar, de que seas ruidosa y no te preocupe emocionarte por lo que te gusta.
Estoy enamorado de que muestres lo que te gusta.
Te hace ser tú. Con tus palabras aceleradas o tus muestras de cariño imprevistas.
Con todo eso eres tú y me he enamorado de ti al completo.
Aunque tú creas que hablas de más. Aunque a veces te guardes palabras, porque, oye, no me mires así, lo haces —declara.
Suelto una risa ahogada en lágrimas.
Locke no deja de retirarlas según se desprenden de mis ojos.
—Gabriela, me has enseñado a confiar. Me has enseñado que el silencio no es siempre la mejor forma de lidiar con el ruido de aquí dentro.
—Me da un toquecito en el lateral de la cabeza—.
Hace unos meses también me dijiste que quizá no había nada que ver en ti y espero que hayas comprendido que sí lo hay, que todo lo que tienes por decir merece la pena.
Tú mereces la pena. Y espero que nunca, nunca, vuelvas a pensar que hablas demasiado alto o haces demasiado ruido; que sepas que conmigo nunca vas a estar mejor en silencio.
Se inclina en mi dirección hasta pegar mis labios a los suyos.
Un sollozo que no puedo evitar, hace que me separe.
Y Locke, por su parte, termina de trastocarme el corazón al completo diciendo:
—Y, de tener que dejar el azar a lo suyo, me las apañaría para tirarte esa copa encima otra vez sin detenerme a pensarlo.
—Pero si te la tiré yo.
—Nunca lo sabremos. —Vuelve a pasar su pulgar por mi mejilla—. No tienes que responderme.
—¿Qué? —trastabillo—. Pero quiero responderte. Llevo queriendo decirlo...
—Lo sé. Pero también sé que después de esto querrás hacerlo de la forma más cliché posible... Y, aunque no vaya a estar en la competición, quería recordarte que te veo. Desde el primer día.
Le miro a los ojos. Esos ojos verdes en los que tantas veces me he perdido y que otras tantas espero tener la oportunidad de admirar. Tan sinceros, con tanto brillo.
—¿Tienes pinturas aquí?
Locke frunce las cejas durante un segundo.
—Sí. ¿Por qué?
—¿Puedes sacarlas?
De la hilera de cajones bajo el escritorio toma una caja de plástico con pinceles y tubos de pintura acrílica. La coloca sobre la superficie de madera, de espaldas a mí y aprovecho para desatar el lazo en mi cintura.
—¿Qué quieres...? —Deja de hablar al darse la vuelta y encontrarse el vestido arrugado a mis pies y a mí mirándole con el labio entre los dientes y el corazón a punto de salir disparado—. Oh.
Me acerco a él a paso lento, aguantándome las ganas de jugar con mis manos.
Engancho entre mis dedos el dobladillo del polo y Locke levanta los brazos nada más comprender mis intenciones. Dejo que caiga en el suelo, sin preocuparme del lugar en el que aterriza, si va a arrugarse, si quizá está ahora mismo junto a mi vestido.
Sus manos encuentran mi cintura, y sus ojos, curiosos, siguen mis movimientos mientras cojo uno de los pinceles e impregno la punta en la pintura.
—No pinto ni la mitad de bien que tú —musito. Sin tener claro nada de lo que estoy haciendo, empiezo por recorrer el centro de su pecho, dejando un rastro de color verde, húmedo y reluciente—. Pero quiero pintar nuestro propio cuadro.
Locke me observa en silencio mientras trazo un corazón en el lado izquierdo de su pecho, pero no tarda en coger él mismo otro pincel con el que llenar mi piel de color, en su caso, de amarillo.
Llego al tatuaje que surca su hombro y sigo las líneas que componen el relámpago mientras él desabrocha mi sujetador y deja que se una al resto de prendas alrededor de nosotros.
No siento la necesidad de cubrirme. Nunca la he sentido, en realidad. Después de la primera vez que me vio desnuda, de aquella noche en la que besó mi espalda sin siquiera saber lo que eso iba a suponer en mí, hizo que la barrera que mantenía esa inseguridad inmóvil en mi mente se resquebrajara.
Me alza una de sus cejas cuando pinto la punta de su nariz y me mancha la mejilla con una sonrisa en los labios.
Tomo otro de los pinceles y continúo con lo que sea que es esto que estamos haciendo mientras él traza líneas irregulares por mi esternón, mi estómago hasta llegar a mi pecho y descender de nuevo.
Apoya su frente sobre la mía, ambos acomodados en el silencio de la habitación, con nuestros pechos unidos y respiraciones entrelazadas.
Roza una vez más la punta de mi nariz con la suya y luego otra hasta que nuestros labios se enredan y me veo en la necesidad de olvidarme del pincel y entrelazar mis manos en su pelo.
Locke hace lo mismo y me envuelve en sus brazos como si a pesar de estar pegados el uno al otro no fuese suficiente. Su boca encuentra mi cuello y un momento después, esquivando toda la pintura posible, mi pecho .
Cuando avanza hacia delante y caemos en la cama, me doy cuenta de que quiero que me bese.
Todo mi cuerpo. Desde mis labios, hasta mi cuello, y mi pecho.
Quiero ver ese cambio en su mirada; ese en el que la pupila consume sus iris verdes moteados con tonos más oscuros. Pero en vez de eso, lo que balbuceo es:
—Las sábanas...
Locke vuelve a alzarme la ceja.
Suelta una risa por la nariz y niega con la cabeza.
—Ya compraré otras, Gabs. —Cuando intenta volver a besarme, tomo su rostro en mis manos, impidiéndoselo—. ¿Qué pasa?
—Quiero estar contigo.
—¿Qué...?
—Quiero estar contigo —repito.
—Gabriela, cariño... —Busca la duda en mis ojos, la vacilación, y estoy convencida de que no encuentra nada de eso—. Joder, ¿estás segura?
—Me haces sentir segura. —Y sin dejar que añada una sola palabra más, pego mi boca a la suya y enrosco mis piernas alrededor de sus caderas para pegarle todavía más a mí.
Desciende repartiendo besos y esquivando los trazos de pintura hasta llegar a mis caderas con besos pausados y, con lentitud, retirar mi ropa interior. Me quedo completamente expuesta ante él y una vez más, su atención tan solo reparte cosquilleos de comodidad y deseo.
Entrelazo mis dedos en sus ondas azabache cuando se recrea en el interior de mis muslos hasta llegar al centro de mi cuerpo. Con mis piernas sobre sus hombros, su nombre se escapa de entre mis labios y un sonido grave brota de su garganta a la vez que clava sus dedos en mis caderas.
Hay algo en tener a Locke cada vez más perdido en hacerme sentir bien; algo en saber que disfruta haciéndome disfrutar que me hace tener la certeza de que jamás voy a poder obtener suficiente de él.
Bajo la mirada hasta encontrarme con la suya.
Mi cuerpo reacciona sin previo aviso.
Al regresar a la altura de mi rostro, tiene una de esas sonrisas de capullo que tan nerviosa me ponen, pero pronto se disimula en una cohibida, como si estuviese preocupado.
—¿De verdad quieres...?
—Sí —le interrumpo.
Apoya su frente en la mía y veo sus pupilas consumir lo que restaba de la vorágine de verdes.