CAPÍTULO 41 #2
Con cada lienzo que destapa, la habitación se baña de todo tipos de colores. Reconozco varios; al que nombró La noche , un cielo oscuro manchado de estrellas con la figura de dos personas apuntando hacia ellas, Érase una vez ; su representación de La Bella y La Bestia .
Según me explica, aquellas con más luz, con los colores más cálidos y vivos, son las obras que empezó a pintar a raíz de que le diagnosticaran la enfermedad que acabó con su vida.
«En ningún momento perdió las ganas de seguir adelante» me dijo Locke cuando me habló por primera vez de ella. Y por tanto, cuando me envuelve entre sus brazos por detrás de mi espalda, le pido que, si él quiere y está cómodo, me cuente el trasfondo de cada una de ellas.
—Este es el primero que hicimos juntos. —Señala un paisaje apaisado, un campo de lavandas iluminado por el sol de mediodía.
—¿Ves esa mancha de ahí? Estábamos en casa, yo iba descalzo y ella acababa de venir de pasear con una amiga.
Aún no se había quitado los zapatos cuando empezó a pintar a mi lado.
—Roza con la punta de su dedo el trazo grueso que ocupa la esquina inferior del lienzo—.
Me pego tal pisotón que se me cayó la paleta al suelto.
Una carcajada sale de mí.
Locke también se ríe y me abraza más fuerte.
—Con este. —Apunta al cuadro adyacente—. Ese árbol no estaba en el boceto, pero digamos que estornudé, se me olvidó que tenía el pincel en la mano y bueno... Tuvimos que apañarlo.
Pierdo el transcurso del tiempo.
Cuando quiero darme cuenta, ha pasado más de una hora desde que ha comenzado a hablarme de los cuadros de Aurora. No es hasta que llega al último que me dice que otro día me enseñará los del otro almacén.
—¿Cuántos tiene? —pregunto con genuina curiosidad .
—No estoy seguro. Desde que comenzó a dedicarse a esto profesionalmente, quizá llega a los quinientos entre lienzos, dibujos y alguna que otra acuarela.
De vuelta en el coche me dice que no va a decirme dónde estamos yendo hasta que estemos allí, y a diferencia de la vez anterior, decido no insistir aunque por dentro me esté deshaciendo de las ganas.
Tengo el interior de mi pecho absolutamente removido. Una especie de vorágine de sentimientos que me impide respirar con normalidad.
Me agarro a su mano cuando esta regresa a mi pierna y me concentro en la música que nos envuelve porque una vez más, no necesito palabras con él, y a pesar de que nunca lo creí posible, sí puedo disfrutar del silencio.
Locke detiene el coche un cuarto de hora después y no es hasta que salgo del trance en el que había entrado en un intento de distraerme que me percato de dónde me ha traído.
Es la casa de su padre.
Locke saca las llaves del contacto.
—No hay nadie, no te preocupes. Pero lo que quiero enseñarte está ahí.
Aunque confundida, no dudo en seguir sus pasos cuando se baja del Range Rover y abre el portón que recibe el casoplón de Arthur Sommers.
La primera y última vez que estuve aquí, fue en la gala de diciembre y sin las decoraciones navideñas y todos los invitados pululando por los alrededores, el interior me causa una sensación distinta.
No llega a ser hogareña ni acogedora, pero si de calma y, en parte, confianza.
Sé que eso último solo tiene una verdadera razón y es quien me guía hacia las escaleras para llegar al piso de arriba.
Al llegar al entresuelo, enciende la luz del pasillo. Están todas las puertas cerradas; todas, menos una y Locke continúa en dirección a esa. Antes de entrar me pide que espere un momento y me quedo frente al umbral hasta que el cuarto queda bañado por una luz cálida.
—No me puedo creer que aquí sí que tengas persianas .
Una sonrisa irrumpe la serenidad de sus labios.
—Pasa —me indica.
También ha apartado las cortinas que cubren las grandes ventanas en la pared que desde la entrada quedan a la derecha. Nacen en el suelo y llegan hasta el techo, brindando al cuarto la luz acaramelada del ocaso.
Mis ojos recorren la cama doble en el lado izquierdo, secundada por una mesilla a cada lado; la puerta adyacente que, imagino, dará a un baño; el escritorio que hay a mi lado.
Mis ojos se detienen entonces en los cuadros.
No puedo verlos, pues están apilados unos sobre otros y al igual que los de su madre, cubiertos con mantas.
Hay también un caballete con un lienzo apuntando al atardecer.
—Mira esos primero —me indica.
Mi corazón se detiene durante una fracción de segundo.
Porque son sus cuadros. Locke quiere que vea sus cuadros.
Tomo una respiración temblorosa y a pasos dubitativos, avanzo como si mi reacción fuese a perturbar el ambiente que nos rodea.
—Muévelos, no te preocupes —dice al verme dudar.
Retiro la primera manta, topándome con lo que reconozco como La Caída de Ícaro .
—Ven —musito, porque no quiero hacer esto sola por mucho que esté a escasos metros de mí y en la misma habitación.
Así que Locke se pega de nuevo a mi espalda, rodea mi estómago con sus brazos y apoya la barbilla en mi cabeza, recuperando la postura en la que hemos admirado los cuadros de Aurora.
El color predomina sobre la línea que define el torso desnudo de Ícaro, sus músculos marcados; la expresión de agonía ante el claro desenlace y la postura retorcida de su cuerpo, como si intentara aferrarse al viento.
—Es impresionante —murmuro, asombrada.
—Si les das la vuelta, puedes ver el nombre.
—¿Les has puesto título? —pregunto con una sonrisa, recordando el día en el que me dijo que no tenía esa costumbre.
—No fue una de tus peores ideas.
—Mis ideas son brillantes — rezongo.
—Ya... Díselo a Luke y el esmalte de uñas que compraste para perros.
Pongo los ojos en blancos antes de girar el lienzo, pero la sonrisa está ahí; al igual que siempre está ahí.
Escrito a lápiz, con la que sé que es su caligrafía, se lee «Memento Mori».
Según paso de cuadro en cuadro, el corazón me late más y más deprisa. Hay tantos sentimientos plasmados en estos lienzos...
Es ver el interior de Locke; las partes más oscuras que nunca ha compartido y no soy capaz de pensar en otra cosa más allá de la belleza en él; de él en sí. De su dolor y sus recuerdos, de sus anécdotas y memorias, de su «yo» de hace unos años.
El estilo es muy similar al de Aurora, aunque, a diferencia de las pinturas de ella, las de Locke tienen menos luz, son más apagadas.
Arqueo las cejas al reconocer uno de los últimos que me dijo que había finalizado. Ese que no pudo terminar junto a ella.
A pesar de que no son muchos, no es hasta más de media hora después que destapamos el último y hablado de ese, Locke me pide que me acerque al caballete.
Antes de volverme hacia el lienzo que descansa en dirección a la ventana, me estiro y dejo un beso en sus labios.
—Gracias por dejar que vea esto.
Acaricia mi mejilla con sus nudillos.
—Llevo un tiempo queriendo que veas este, pero no quería enseñártelo hasta que no estuviese terminado. —Retira uno de mis rizos tras mi oreja y centra su atención en el cuadro detrás de mí—. Es uno de mis favoritos.
Me giro con lentitud. Sus brazos me rodean una vez más.
Mi boca se entreabre al comprender el dibujo frente a mí.
—¿Sabes? —comienza—. Nunca he sido un romántico como tú, pero sí me he planteado muchas veces qué es el amor, cómo se ve y cómo se siente. Y no ha sido hasta ahora que me he visto capaz, no de responder a esa pregunta, sino de ilustrarla .
La figura desnuda dos personas está frente a mí.
El cuerpo de ella muestra su perfil derecho, está pintado de distintas tonalidades de amarillo y su pelo son rizos que ascienden como si fuesen una nube.
Sus labios están próximos a los de él, quien por su parte es una combinación de verdes, pero no lo suficiente como para rozarse.
De su pecho, se desprende un haz de luz blanquecina que apunta directamente al de ella.
Y tras los dos, completando el fondo cálido, un sol radiante les ilumina.
No hay trazo de pintura en el que no estén unidos.
De la cabeza hasta la cintura cada parte de ellos está en contacto, menos los labios.
La firma de Locke está en la parte inferior izquierda. Una ele enganchada a una ese.
—Locke... —Me giro hacia él ya con los ojos llenos de lágrimas—. Somos... ¿Somos nosotros?
—Mmmh.
—¿Me he convertido en tu musa y no lo sabía? —intento bromear ante la sensación de que me ahogo en una marea de sentimientos demasiado fuertes.
—Algo así, sí —menciona antes de robarme un beso.
—¿Por qué? —pregunto sin saber el motivo, sin saber cómo reaccionar.
—Porque me has devuelto el color, Gabriela.
—Sus manos acogen mi rostro y sus ojos se funden en los míos—.
Hace cosa de un mes y medio te dije que no creía en el destino; te dije que creía en las casualidades y tú me dijiste que había una palabra que se ajustaba a lo que yo estaba diciendo.
—Se detiene un momento—. El cuadro se llama Serendipia .
—Locke...
—Eres la casualidad más bonita que he tenido y voy a tener en mi vida, Gabriela. Y lo que tantas veces te he dicho y seguiré diciendo sobre lo bonita que eres, es completamente cierto. Cada marca en tu cuerpo, cada cicatriz, cada peca, cada lunar, cada centímetro de ti; es precioso.
Con esta pierdo la cuenta de las veces que mi corazón ha dado un traspié en lo que llevamos de tarde y con la primera lágrima que cae de mis ojos, Locke la retira antes de continuar.
—Locke... —Lo intento de nuevo, pero no me da tiempo a pronunciar nada.