CAPÍTULO 41
Nuestro propio cuadro
Gabi
Una semana.
Siete días.
Y según entro en el piso después de volver del ensayo extra que hemos añadido hoy por la mañana aprovechando que ya no debemos atender a más clases de la universidad, lo único en lo que puedo pensar es en que debería seguir practicando.
Cass está repanchingada en el sofá con el portátil entre sus piernas y una expresión de pura desesperación en sus ojos.
—¿Todo bien? —pregunto a sabiendas de cuál va a ser su respuesta.
—Estos dos me están desesperando —protesta, refiriéndose a los personajes de su propia novela, esos que ella misma controla—. ¡Están haciendo lo que les da la gana!
Me arranca una risa antes de seguir avanzando por el pasillo.
Cosas de escritoras, supongo.
Dejo la mochila a los pies de mi cama y acaricio a Whiskey, que dormita en el hueco entre las almohadas. Me he dado cuenta de que odia dormir con Locke. Cuando pasamos la noche en su piso, el dálmata siempre duerme con nosotros. Pero ¿la gata? No se acerca a la cama ni por asomo.
Es entonces cuando veo en mi mesilla un sobre qué sé a ciencia cierta que yo no he dejado ahí. Curiosa, lo abro para encontrarme una vez más con la caligrafía de Locke.
Paso a buscarte a las 17.30h.
Y sí. Por favor, hazme el hombre más feliz
del mundo y ponte uno de tus vestidos.
Locke.
PD: Y, no. No me pongas excusas de que
no te da tiempo, Gabriela. No cuela que
tardas tres horas en hacerte el pelo. Ya no.
Me muerdo el labio inferior para tragarme otra sonrisa mientras niego con la cabeza.
Paso por la ducha, ansiando refrescarme, pues el calor de un cada vez más próximo junio me resulta insoportable cuando entreno.
Me tiro mi buena hora adecentándome los rizos y casi tres más tarde, suena el timbre del piso y abro la puerta para encontrarme a Locke vestido con un polo de color verde a juego con sus ojos.
Su pecho se infla mientras me observa en silencio.
—Estás preciosa —murmura y el cosquilleo que siempre sigue a esas palabras crepita por mis extremidades hasta estallar en el centro de mi pecho.
—¿Adónde me llevas? —inquiero con curiosidad, después de darle las gracias.
Me ofrece su mano antes de echar a andar en dirección a las escaleras.
—Ahora verás.
◆◆ ◆
Ya montados en su Range Rover , sigue sin haber respondido a ninguna de mis preguntas. No me ha dicho cuánto tardamos en llegar ni cuánto tiempo vamos a estar allí. Lo que sí me ha demostrado con sus respuestas, es que está tenso.
El silencio en el que se ha sumido el coche ha sido distinto al de otras veces. No es esa ausencia de ruido usual por su parte. Parece preocupado.
Por ello, enciendo el reproductor de música, dejando que suene una canción de manera aleatoria y la reconozco al instante.
—¿Tienes guardada In Between de Gracie Abrams? —Le ofrezco una mirada rápida.
—Caleb dijo que le recordaba a nosotros. —Se encoge de hombros. Según baja la visera para ocultar el sol que viene de frente, veo la tira de fotos que nos hicimos en el fotomatón la primera vez que salimos a cenar. La tiene ahí colocada desde entonces.
—Amelie me dijo lo mismo —pronuncio, ceja alzada y con mi mente moviéndose algo más rápido. Es una canción que no ha sacado de manera oficial en ninguna plataforma de streaming pero los fans la adoran y han conseguido hacerse con ella de maneras cuestionablemente legales.
Aprovechando la luz roja de un semáforo, los ojos de Locke se alinean con los míos y veo la pregunta en ellos; la insinuación.
Me cuesta disimular mi muy emocionado tono.
—¿Tú crees...?
—No —concluimos a la vez y con seguridad antes de dar comienzo a una retahíla de cavilaciones sin pies ni cabeza.
—Caleb me lo habría contado.
—A mí Amelie también. Y, además, no conozco dos personas que sean más distintas.
—Ya... —Me lanza una mirada escéptica—. No creo que ese argumento sea válido.
Aprieto los labios. Porque... Tiene razón.
Lo que sea que digan de que los polos opuestos se atraen y esas cosas.
Nada más sentir sus dedos cerrándose alrededor de mi pierna, los entrelazo con los míos. Un calambre asciende en un chisporroteo por el centro de mi cuerpo ante la desnudez de mis muslos por el vestido que llevo.
Es corto, blanco y bastante fuera de lo que es mi estilo usual. Adoro mis tejanos abombados, por supuesto, pero ¿los vestidos ya sean primaverales, veraniegos, de otoño o invierno? Son mi equivalente a los zapatos carísimos que se compra Carrie Bradshaw.
Trazo caricias con mi pulgar por el dorso de su mano mientras miro por la ventana. Mañana se va a Florencia y unos días después, yo me marcharé a Madrid. Vamos a hacer lo que ambos más adoramos sin la compañía del otro durante dos semanas.
Me apena que no pueda acudir tanto como me escuece no poder acompañarle yo a él. Aunque, saber el motivo por el que no puede venir a la competición, en realidad, me hace feliz. Por lo que me ha ido contando, lo del museo está tan cerca de salir bien...
—Gabs, ¿puedes mirar si en la guantera hay unas llaves? Tienen un llavero verde.
—Sí, claro. —La abro y entre algunos documentos que imagino son del coche hay un cargador, una goma de pelo (cortesía mía)... Y sí. Un juego de cuatro llaves con un llavero verde en el que se lee «M.F»—. Aquí están. —Al alzar de nuevo la vista, me encuentro con está terminando de aparcar.
—Gracias. ¿Vamos?
—Tú dirás, Don No Voy A Decirte A Dónde Estamos Yendo.
—Ahora verás. —Se inclina en mi dirección para robarme un beso antes de abrir la puerta.
—¡Eso ya lo has dicho antes!
Según pongo un pie en el suelo, miro a mi alrededor, curiosa y ansiosa por descubrir dónde estamos.
Un amplísimo y no tan alto edificio como a los que estoy acostumbrada a ver en el centro de la ciudad se alza a varios metros de distancia.
Escoltado por diversas combinaciones de flores, árboles y arbustos, unas escaleras de alrededor diez peldaños le dan la bienvenida.
En el lateral hay una rampa que serpentea hasta llegar al porche cercado con columnas...
—¿Cómo dijiste que se llamaban las columnas que tenían esas caracolas ahí arriba? —Señalo los gruesos y altos fustes.
Locke frunce el ceño durante un breve instante, sigue mi línea de visión y suelta una risa aspirada al comprender a qué me refiero.
—Las caracolas se llaman volutas. Y esas columnas son de orden jónico.
Avanzamos hasta subir las escaleras y yo, encantada por el lugar en el que estamos, no pregunto nada más, demasiado ocupada en beberme los detalles de la majestuosa construcción.
La fachada, las ventanas, la puerta acompañada de dos seguratas...
—Locke —pronuncio, bajito, dándole un par de apretones para llamar su atención cuando parezco hacer clic respecto a dónde estamos. Porque yo he visto este lugar antes. No en persona, pero sí en internet—. Esto es...
Las paredes de piedra, la especie de pasillo que divide el lugar en cinco vertientes distintas y la estatua en el centro de la entrada de una sirena cubriéndose el pecho, con la melena sacudida y la cola enroscada sobre la roca en la que descansa.
Esto es el Museo de Fenses.
Locke me ha traído al Museo de Fenses.
Y sé que sabe que me he dado cuenta por la forma en la que sonríe antes de continuar avanzando sin detenerse a darme explicaciones o resolver todas las preguntas que quieres borbotear de mi boca.
Me guía por el tercer pasillo hasta girar por una desviación hacia la izquierda. Bajamos unas escaleras y con cada paso, el corazón me late con más fuerza, acelerado con anticipación.
Con el último peldaño nos recibe otro pasillo.
No es muy largo y distingo una puerta en la pared derecha al final de este.
Saca el juego de llaves que yo misma le he dado del bolsillo de su pantalón, ensarta una de ellas en la cerradura y cede al momento.
Antes de entrar, busca a ciegas el interruptor.
Y todo eso, lo hace sin soltar mi mano un solo momento.
Al cruzar el umbral, mi mirada cae sobre la chapa color bronce que protagoniza el centro de la superficie. Soy incapaz de disimular el suspiro entre ahogado y sorprendido que escapa mi garganta.
«Aurora Martínez».
Desde que Locke me habló de su madre por primera vez, he pasado horas buscando información de ella más allá de la que él me proporcionó.
Y he pasado muchas más admirando sus obras con la pregunta de cuándo sería el día en el que podría verlas en persona; con él a mi lado.
Y estar aquí, ahora, en el almacén donde se conservan...
Yo... No sé ni que decir. Abro la boca, pero no sale nada.
—Locke... —Consigo pronunciar casi sin aire en los pulmones.
Permanece girado en dirección a los montones de cuadros cubiertos de mantas y apoyados sobre las paredes de la sala.
—Estos son los cuadros de mi madre, Gabriela —dice al tiempo que se da la vuelta y a pesar de que sabe que ya lo he comprendido—. Y quería que los vieras antes... Antes de volver a exponerlos.
—¿Cuándo tienes...? ¿Cómo...? —Se juntan tantas preguntas al mismo tiempo que necesito dejar de hablar para ordenarlas—. ¿Os han concedido por fin los derechos de las obras? ¿Vais a reabrirlo? ¿Tu propuesta...?
Tiene una sonrisa muy, muy pequeña en el rostro y no necesito más que un simple asentimiento para lanzarme a sus brazos.
Me pega a él con decisión y escondo el rostro en su cuello.
—Sabía que ibas a conseguirlo. Lo sabía —balbuceo contra su piel—. Estoy muy orgullosa de ti —le aseguro antes de pegar sus labios a los míos.
El brillo que tiene su mirada me arranca una lágrima.
La retira con gentileza.
—No podría haberlo hecho sin ti, Gabriela.
No me da tiempo a llevarle la contraria.
Me dice que más tarde entenderé por qué; que hay otro sitio al que quiere que vayamos.
—Ya te lo contaré con más detalle, pero, ahora una parte del Museo de Fenses pertenece a la SommeWhat Company. Es lo que a ella, junto a mi tía, le habría gustado conseguir —pronuncia en un susurro vulnerable—. Pero, aunque no esté para verlo, todo esto siempre será más suyo que mío.