CAPÍTULO 43
¿Bailas?
Gabi
Nada más poner un pie en el escenario, los focos escupirán las luces tal y como están preparados, la música retumbará por los altavoces y el movimiento de nuestros cuerpos no nos permitirá más que seguir bailando.
Y ese es el punto de todo esto.
Todo por lo que hemos entrenado estos últimos nueves meses.
Ya tendré tiempo de pensar en qué pasará si no ganamos el primer puesto.
Ahora estoy aquí.
El corazón me late con velocidad. Somos los siguientes en actuar y por mucho que sea un anfiteatro en el que ya hemos competido, ninguna competición se ha acercado a una como esta.
Salgo del vestuario al mismo tiempo que Melissa.
Lleva su usual coleta alta —sin un singular pelo fuera de sitio— y sus ojos azules recorren el espacio con nerviosismo.
Se lleva la mano a la boca y se mordisquea la uña del pulgar.
Automáticamente, me recuerda a mí y mis momentos nerviosos e, inevitablemente, a Locke retirándola para que no me haga heridas.
Tuerzo el labio. Ojalá pudiese estar aquí.
Pero ahora; una vez más, no es momento de pensar en eso.
Ahora estoy aquí .
Sacudo la cabeza de lado a lado.
De lo que es momento es de centrarme en la muestra que estamos a punto de realizar y, salga como salga, cuando se apaguen de nuevo los focos, regresar a la parte de atrás del escenario sintiendo orgullo.
Porque ocurra lo que ocurra en los próximos cinco minutos, eso no va a definir que somos mejores o peores bailarines.
Solo nosotros sabemos cuánto nos hemos esforzado y he ahí lo esencial.
Nuestro nombre sale de los altavoces y una oleada de vítores y silbidos alentadores nos recibe según aparecemos en la tarima delante de los más de mil espectadores que ocupan las gradas.
Una última mirada entre Fer, Carlos, Théo y yo es todo lo que me da tiempo a compartir antes de cuadrarme en mi posición y concentrarme en respirar de manera acompasada.
Inspiro; exhalo.
Vuelvo a inspirar.
Mantengo el aire y dejo que salga por mi boca.
Tomo otra inspiración.
Lo dejo escapar de entre mis labios y clavo la mirada en mis pies.
Podemos hacerlo.
Puedo hacerlo.
Estoy segura de esto y estoy segura de mí.
No me da tiempo a pensarlo más.
Antes de tener la oportunidad de plantearme qué estoy haciendo St. Chroma de Tyler, The Creator con Daniel Ceasar, da comienzo.
Víctor es el único bailarín que a diferencia del resto alineados y estáticos en los laterales del escenario, alza los brazos hacia los lados y se contornea en un ritmo pausado durante los primeros versos de la canción. Hasta que esta rompe.
En canon, avanzamos por el escenario, nos entrecruzamos los unos con los otros y seguimos los pasos que tan bien aprendidos llevamos.
Tras el primer minuto, la canción se funde en tv of f de Kendrick Lamar y por último, en NDA. Y cuando los marcados golpes de los segundos que concluyen el tema de Billie Eilish cesan de forma abrupta nosotros también .
El silencio es efímero.
El público rompe en aplausos nada más se apagan los focos. Y entre el latido desbocado de mi corazón, mi pecho subiendo y bajando con velocidad y la adrenalina que recorre mis venas, hay algo que surca mi cuerpo con mucha más intensidad. Y es orgullo.
Orgullo de lo bien que ha salido, de la forma en la que nos hemos movido, la coordinación, la comprensión y lo mucho que sé que todos lo hemos disfrutado.
Regresamos a la parte de atrás del escenario y me cuesta varios minutos recuperar el ritmo de mi respiración. Me hidrato y abrazo a todos mis compañeros y a Mikel y Gala cuando los veo.
Ya está hecho.
Ya hemos bailado.
La media hora en la que actúan el resto de los concursantes se me hace interminable. Es aún peor el tiempo que se demoran en anunciar que en breve será la entrega de premios de las categorías de hoy.
Cuando por fin piden que nos agrupemos en los extremos del escenario para conocer los resultados, me abrazo a Fer y a Carlos y al lado de este queda Théo. Entre los doce bailarines formamos un círculo. Justo delante de mí se coloca Melissa.
Sus ojos azules se encuentran con los míos y antes de que nos centremos en mirarnos las puntas de los pies, asiente con disimulo y una pequeña sonrisa en sus labios y yo asiento de vuelta
La mujer que ha estado anunciando los nombres de cada equipo participante se coloca en el centro de la tarima.
Anuncia el tercer puesto de nuestra categoría.
Suben al escenario a recoger su medalla de bronce y cuando pronuncian el nombre de quién va a llevarse la medalla de plata, todo se detiene a nuestro alrededor.
Acaban de decir nuestro nombre.
Acaban de pronunciar «Worldwide 12».
Nos alzamos en gritos eufóricos y abrazo a Carlos con fuerza, después a Théo con ilusión y por último a Fer, quien me da un beso en la cabeza antes de hacer que gire en el aire.
Melissa me mira con algo de duda y soy yo quien decide acercarse primero. No tarda en rodearme con sus largos brazos y susurrar un gracias pegado a mi oreja, bajito y sincero.
Recogemos la medalla y sólo entonces, puedo dirigirme adónde sea que están mis padres y mi hermano y mi mejor amiga. Reconozco su melena castaña y unos pendientes extravagantes que le regalé hace unos años.
—¡Laura! —exclamo, sonriente y nada más estar ante ella, le abrazo con fuerza, apretujando su cuerpo contra el mío.
—Ha sido increíble.
—Me parece injusto. Os merecíais el primer puesto y pienso...
Me giro hacia mi hermano con una ceja alzada.
—Itzan, eres abogado, no Batman.
Una sonrisa rompe con la seriedad en su rostro. Imita con tono de burla lo que acabo de decir y me envuelve en sus brazos y deja un beso en mi coronilla.
—Estoy orgulloso de ti, enana.
—Gracias —murmuro, alargando el abrazo un poco más.
—Echaba de menos venir a tus competiciones —comenta Laura, sonriente, cuando me coloco a su lado.
Entre la multitud consigo ver los rostros de mis padres que conversan entre ellos mientras intentan llegar hasta aquí.
Al regresar la vista hacia mi mejor amiga, la pregunta que tenía en la punta de la lengua se desvanece, pues mis ojos caen sobre la mano de mi hermano.
La mano de mi hermano que está en la cintura de Laura.
Tres segundos me hacen falta para abrir la boca y alzar la voz.
—¿¡Con mi hermano!? ¿¡Eso era lo que tenías que decirme!?
Ambos se sobresaltan ante mi súbito comentario. Veo en su mirada la súplica implícita de que cierre la boca.
Pero, ¿cómo voy a callarme?
—Gabi... Iba a decírtelo, de verdad —Laura habla de forma acelerada, alejándose del tacto de mi hermano e intentando acercarse a mí—. No quería...
—¡Mira que tienes mal gusto! —escupo, atónita.
—Pero... —boquea.
—Eh —protesta mi hermano—, que estoy aquí delante.
—Cállate, Itzan. — Le apunto con mi dedo índice. Señalo con el otro a Laura—. Ya puedes empezar a hablar... ¿Qué ha pasado con el chico de la universidad?
—No tenía ganas de perder el tiempo.
—Y decides tirarte a mi hermano. Esto es increíble...
—La coreografía ha sido una pasada
—Claro que sí. Tú cambia de tema...
—¡Gabi!
Reconozco esa como la voz de mi madre.
Me giro en su dirección con la intención de lanzarme a sus brazos, pero soy incapaz.
En sus ojos marrones veo diversión y en su boca la sonrisa más cómplice que alguna vez haya podido moldear cuando mis ojos caen sobre dos cabezas más; otra castaña y con el pelo más corto y una del color de las zanahorias
—Pero, ¿¡qué estáis haciendo aquí!? —Me tiro a los brazos de mis dos amigas, que, entre risas, me pegan a sus cuerpos.
—¿De verdad te pensabas que íbamos a perdérnoslo? —Amelie es la primera en hablar.
—¿Cuándo habéis...? ¿Cómo...?
—¿Sabes lo complicado que ha sido callárnoslo? —cuestiona Cass, como si en efecto hubiese sido lo más difícil que ha hecho alguna vez—. No tengo el maletero roto, estaban nuestras maletas ahí. Cogimos el avión con una hora de diferencia al tuyo.
Abro la boca, estupefacta e infinitamente agradecida.
Se acercan a hablar con Laura, pues Amelie conoce le conoce desde el colegio y Cass de las videollamadas en la que hemos acabado hablando las cuatro durante los últimos meses.
Al separarme de mi padre, miro a las personas a mi alrededor. Mi corazón está a punto de desbordarse de gratitud y yo de echarme a llorar. No tengo forma ni palabras suficientes para expresar lo que supone que estén aquí, apoyándome. A pesar de eso, el escozor también está, porque él no.
—Bueno... —Me giro en dirección a mis amigas, luchando contra las lágrimas que amenazan con empezar a caer a borbotones de mis ojos—. Voy a ir con mi grupo que...
—¿A mí no vas a darme un beso?
Mi capacidad de habla desaparece al momento.
Por un segundo, mi corazón se detiene para proseguir latiendo con aún más potencia. El anfiteatro da vueltas. Me giro con lentitud, deseando no haberme equivocado, porque estoy segura de que esa voz pertenece a...
—Locke —su nombre sale de mis labios en un suspiro.
Viste una camiseta y unos vaqueros y está a poco más de un metro de mí. Sonríe con disimulo y sacar de detrás de su espalda un ramo de girasoles.
Boqueo, pero no sale nada.
Está aquí.
Locke está aquí.
En tres zancadas aceleradas, me he enganchado a su cuerpo y rodeado con mis piernas y brazos y escondo mi rostro en su cuello. Sus brazos cubren mi espalda para pegarme a él con determinación y el olor de su colonia se cuela por mi nariz y me hace abrazarle más fuerte.
Llevo mis manos a su rostro y estampo mi boca contra la suya, sin importarme que mis padres estén a escasos metros de mí; sin importarme que, posiblemente, los ojos de mis tres amigas estén clavados sobre nosotros; sin importarme que mi hermano luego vaya a mirarle con molestia con esa cosa tan de hermano mayor
—Estás aquí —sollozo entre latidos de felicidad.
—Lo del beso iba en serio —dice, sonriente antes de deslizar su pulgar por mi mejilla, retirando las lágrimas que la han empapado—. Has estado increíble.
—Gracias —murmuro y repito la palabra al tomar en mi mano derecha el ramo de girasoles.
Me giro hacia mi familia. Veo el rostro sonriente de mis padres, las miradas cómplices de mis amigas y...
¿la expresión de agrado de mi hermano?—.
Mamá, papá, este es Locke. Mi... Novio —pronuncio por primera vez para referirme a él.
No me pasa desapercibido la manera en la que sus cejas se alzan.
Y con toda la naturalidad que alguna vez pensé tendría este momento, mi madre le abraza, entusiasmada y mi padre hace lo mismo, haciéndome saber que ambos sabían, gracias a un chivatazo de Amelie de última hora, que vendría pero que aún no habían tenido la suerte de conocerlo.
Con el paso de los minutos, el anfiteatro se despeja. Algunas personas se acercan a pedirnos fotos cuando vuelvo a reunirme con mis compañeros de baile y al igual que sucedió en Dunkerque, una chica que no conozco de nada, me reconoce de los vídeos que subo a redes sociales.
¿Es así cómo se siente Caleb cada vez que alguien le pide una foto? Porque es una sensación de lo más extraña.
—Bueno... ¿Estás lista? —Me mira, Itzan—. ¿Nos vamos ya?
—De hecho...
No puedo terminar de formular lo que iba a decir.
Un brazo rodea mis hombros.
Me giro para encontrarme con Carlos, que sonriente, porta su medalla de plata con orgullo.
—Gabi, nos vamos de fiesta.
Una carcajada brota de mí.
—Son las ocho de la tarde. —No lo veo un mal plan, pero aún es muy temprano. Esto no es Bruselas.
—Y, ¿qué? Habrá que ir animando la fiesta. Hola, Amelie. Me alegro de verte. —Con todo el descaro, le guiña un ojo.
—Ojalá pudiera decir lo mismo. Pero, no voy a decir que no a la fiesta.
Me encuentro con que mis amigos están esperando a que yo decida qué hacer.
Me giro hacia Locke. No sé cuánto tiempo estará aquí, pero imagino que no va a ser mucho; en Florencia siguen con las reuniones y ultimaciones respecto al museo.
—Me da para recuperarme de la resaca —me asegura al comprender la pregunta implícita en mis ojos,
—Vale. —La mesa para las veintipocas personas que somos de la academia está reservada para las nueve y media y después de eso podemos ir de fiesta a dónde quieran, pero...—. Quiero hacer una cosa antes.
◆◆◆
Pasa alrededor de media hora hasta que el anfiteatro queda completamente vacío.
Caleb me ha llamado para darme la enhorabuena. Ha visto junto a Noah y sus hermanas la retransmisión en directo. Les he dado las gracias a ambos como tropecientas veces y nada más colgar me ha llamado Finn y he hablado también con Charlotte.
Locke, por su parte, no me ha preguntado por qué nos hemos quedado él y yo aquí a pesar de que todo el mundo se haya marchado. Está esperando a que decida explicárselo, pero no me van a hacer falta palabras. Al menos no al principio.
Me he quitado el atuendo de la coreografía y ahora visto unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes con lo que afrontar el calor del final del día de principios de junio en Madrid.
—Sabes lo mucho que me gusta lo cliché, ¿verdad?
Con las cejas algo fruncidas, Locke asiente.
Y yo, con manos temblorosas, saco del bolsillo de mi mochila el teléfono y lo desbloqueo bajo su mirada confundida.
—Hay una canción que me recuerda a ti. Bueno —me corrijo—, hay muchas canciones que me recuerdan a ti. Y no sé hacer esto de una forma que no sea que esta.
Entrelazo mis dedos con los suyos y subo los cinco peldaños hasta estar sobre el escenario. Suelto su mano y avanzo hasta el centro de este. Dejo mi teléfono en el suelo según Can't Help Falling In Love de Elvis Presley comienza a sonar.
Extiendo mi mano de nuevo hacia él.
—¿Bailas?