CAPÍTULO 39
Las dos caras de una misma moneda
Gabi
Tan solo las paredes del piso y, bueno, Whiskey, saben lo mucho que he dudado. Los intentos que me han costado coger el abrigo del perchero, ni que decir tiene cambiarme de ropa y ponerme unas deportivas con las que salir a la calle.
Ahora camino sobre el suelo mojado por la lluvia, cerca de que den las nueve y bajo un cielo que ya se ha dormido. Son pocos los bares que siguen abiertos a esta hora por la zona, pero cuando llego a la dirección que me ha enviado Melissa, no puedo no pensar que es algún tipo de broma de mal gusto.
La cafetería Le Soleil, la cadena belga que ha llegado hasta Madrid y donde me reencontré con Locke. Ahí dentro, tras la puerta acristalada y envuelta por luces cálidas, me espera quien tantas dudas me ha causado a lo largo de los últimos meses y quien ha vuelto a provocármelas ahora.
Vacilo de nuevo antes de tirar del manillar y entrar en el local. Me detengo nada más haber cruzado el umbral. A la derecha no reconozco a nadie. A la izquierda, distingo un cabello azabache, cuyo rostro apunta hacia abajo y manos rodean una taza sobre la mesa.
Lleno mis pulmones de aire. Ella levanta la mirada, sus ojos azules marino me atrapan y me veo incapaz de recular.
Trago saliva antes de tomar el primer paso .
—Hola —murmuro, sintiéndome como un animal acorralado. Ocupo la silla frente a ella.
Esto ha sido una idea terrible. Terrible.
—Hola —responde en el mismo tono. De la taza que mantiene entre sus manos, cuelga el hilo de una manzanilla.
Una mujer se acerca a preguntar si quiero tomar algo y le pido un café con leche aunque descafeinado. Sé que de por sí me costará dormirme, pero necesito tener algo con lo que juguetear y distraerme el tiempo que esté aquí.
No se ha alargado mucho la conversación por teléfono.
Después de reconocer su voz y tomarme unos segundos para procesar lo que acababa de escuchar, le he preguntado dónde y aquí ha sido donde me ha mandado.
Temía que de preguntarle la razón no me atreviese a venir.
Y, puede que haya sido arriesgado plantarme aquí a ciegas, pero ha habido algo en mí que me ha hecho acceder.
Espero, en silencio, a que sea ella quien decida comenzar.
—Gracias por venir.
Me esfuerzo por sostenerle la mirada, sin atreverme a responder.
La camarera llega con una taza sobre un plato de porcelana y le doy las gracias antes de que se marche de nuevo.
Melissa juguetea con el cordón de la infusión y yo remuevo el café con la cucharilla después de echar medio sobre de azúcar.
—Me ha dejado —escupe de un momento a otro.
No hace falta que añada ningún nombre, ni siquiera necesito una explicación, sé de qué y de quién está hablando.
Aparto los ojos del remolino marrón que yo misma he creado de tanto removerlo. Los suyos se han cargado de un sentimiento que nunca había visto. Inseguridad, tristeza, vulnerabilidad.
Mi primer impulso es decir que lo siento, pero sería mentirle.
—¿Cuándo? —opto por preguntar.
—El sábado de la semana pasada —balbucea.
—Por eso faltaste el lunes a clase —asumo.
Asiente con la mirada clavada de nuevo en el brebaje ambarino.
Comienza a negar con la cabeza y se encoge de hombros. Frunce los labios en un intento de ocultar las emociones que pretenden hacerse con su rostro. No me pasa desapercibida la lágrima se desliza por su mejilla.
—Llevo desde el sábado sin ganas de nada.
—Es normal que te sientas así —digo, recordando como me sentí yo al llegar a Bruselas.
—Es como... No lo sé... Una sensación de...
—¿Vacío? —pronunciamos las dos a la vez.
Sus ojos azules me observan con lo que parece, por primera vez, ser un atisbo de comprensión.
—Sí... —musita—. Yo... La primera vez que cortamos llevábamos cuatro años juntos y decidimos, bueno, decidió, que lo mejor era dejarlo porque discutíamos todo el rato.
—¿Por qué habéis roto esta vez?
—Me ha engañado.
El aire se me atasca en el pecho.
Por debajo de la mesa, mi pierna se agita con ansiedad.
No me puedo creer que me haya llamado para esto.
—He sido una idiota —prosigue en un murmullo—. Yo...
—Hiciste lo mismo conmigo —escupo entre dientes, sin poder contenerme.
Sus finas cejas negras se arrugan y su mirada se baña de confusión.
—¿Qué?
—Venga, Melissa... Han pasado casi nueve meses. No hace falta que...
—Gabi, ¿de qué estás hablando? Yo no fui el cuerno.
—¿No? —cuestiono—. ¿Y la fiesta de finales de agosto? Cuando te acostaste con él. ¿Cómo llamas a eso, entonces?
—¿La fiesta de...? —Su ceño pasa a alzarse y sus azules a cargarse de algo que parece ser arrepentimiento, tan, tan crudo, que esa seguridad con la que he pretendido actuar desde que me he sentado aquí se ve debilitada—. Me dijo que le habías dejado.
—¿Qué?
—Esa noche, cuando vino a mi casa me dijo que habías roto con él y que se había dado cuenta de que él y yo no tendríamos que haberlo dejado nunca. Me pidió que volviésemos y, porque soy idiota, acepté.
—Melissa, yo no rompí con él esa noche. —Me enderezo en el asiento—. No rompí con él hasta el día de antes de coger el vuelo a Bruselas.
—Me estás diciendo que... ¿Estás queriendo decir que estuvo saliendo durante todo septiembre con las dos al mismo tiempo?
—Sí —balbuceo.
Creo que voy a vomitar.
Nos miramos la una a la otra sin saber qué decir.
Porque, ¿qué se supone que se hace en estos casos?
—Rompí con él el día antes de venir aquí porque me enteré de que había estado contigo y...
—Me cuesta un par de segundos conseguir pronunciar lo siguiente—.
Y esa noche, la que fue a verte, cuando llegué a casa de la discoteca, me estaba esperando en el portal.
Vino a buscarme después de haber estado contigo.
—Pero qué puto psicópata —brama entre dientes y nos ganamos un par de miradas de las mesas de al lado.
Ninguna le damos importancia. Ahora mismo lo último que me preocupa es que alguien me mire por elevar el tono de voz.
—Durante septiembre —prosigue— pasamos mucho tiempo juntos, aunque a veces ponía excusas de lo más raras cuando no podía quedar conmigo o... Joder, diciéndome que aún no quería volver a juntarme con sus amigos porque le parecía pronto porque...
—Porque seguía conmigo —completo por ella. No me puedo creer que está conversación esté ocurriendo—. Yo... Ni siquiera me enteré por otra persona. Se le escapó a él. Estábamos en el bar ese, la...
—¿La Calle? Sí, el único bar que parece existir para él y el resto de imbéciles con los que se junta.
—Sí. Ese. —Un escalofrío me recorre la columna—.
No voy a mentirte, llevaba un tiempo pensando en romper con él pero no sabía cómo, porque sabía que se las apañaría para darle la vuelta a la conversación y hacerme quedar mal a mí.
Pretendía decirle que me habían concedido la beca porque él no me había preguntado en todo el mes cuando me soltó que, si el motivo por el que quería romper con él era lo que había pasado aquella noche, tenía que saber que no había significado nada.
—Será cabronazo —farfulla—. Y tuvo los cojones de invitarme a pasar el fin de semana previo a que viniera a Bruselas a un apartamento a las afueras de Madrid.
—Por Dios. ¡Habría ido conmigo de no haber roto con él!
—Esto tiene que ser coña. —Melissa se masajea los párpados. Cruza los dedos entre sí frente a la taza de té y nos mantenemos unos minutos en silencio, cada una en su propio torbellino de pensamientos.
Algo que yo no puedo evitar preguntarme es, ¿por qué?
¿Por qué durante este último año y medio Melissa se ha comportado de esa forma conmigo? ¿Por qué nunca me dio la oportunidad de conocerme? ¿Por qué me hizo la cruz nada más verme por primera vez?
Y cuando verbalizo todas esas preguntas, no intercepto ni una sola vez sus palabras hasta que ha terminado de pronunciarlas.
—Porque le conocí cuando los dos teníamos quince años y fue el primer chico en fijarse en mí.
Y yo idealicé todo de él. De hecho, me intenté convencer de que ese romance adolescente qué rara vez llega a convertirse en el de toda una vida, iba a ser lo nuestro.
Así que, cuando discutíamos daba mi brazo a torcer por miedo a que me dejara, si a él no le apetecía hacer algo no lo hacíamos... Me convertí en su maldita sombra, Gabi.
»Y cuando lo dejamos y al poco empezó a salir contigo, intenté odiarle a él pero solamente me salía odiarte a ti. Y no es cierto. No te odio. Nunca te he odiado. Odiaba que él te mirase a ti con los mismos ojos con los que una vez me miró a mí.
No sé si debería sentirme así. No sé cómo debería estar sintiéndome, en realidad.
No sé si debería sentir pena y al mismo tiempo empatía cuando Melissa ha sido la causante de tantas de mis lágrimas.
Pero es viéndola así, tan pequeña, tan descompuesta, que da igual todo eso.
Porque nunca me he parecido tanto a ella.
—¿Sabes? —Me remuevo en el asiento y envuelvo la taza con mis manos—.
Cuando me has dicho que te ha dejado, lo primero que he pensado es que me alegro —confieso sin tapujos—.
Han pasado nueve meses desde que él y yo lo dejamos y todas esas cosas que pensaba que eran mi culpa, me he dado cuenta de que no eran más que suya.
Y saber que tú, lo más seguro, estuvieses pasando por eso de nuevo... Me daba angustia de solo pensarlo.
—Ni siquiera es tan guapo —dice en un intento de rebajar la tensión que nos ha envuelto.
El esbozo de una sonrisa tira de mis labios.
—No. No lo es —coincido—. Tenía ese algo que me hacía sentir, no lo sé, ¿distinta? Pero desde luego no especial.
—No. No especial —corrobora.
Y así sé que nos está ocurriendo lo mismo.
En sus ojos, me veo a mí.
A la Gabi que hace meses creo que empecé a dejar de ser.
Pequeña. Vulnerable. Silenciosa.
Y Melissa se está viendo en mí.
—¿Por qué me has llamado? —pregunto, por fin.
—Porque sabía que eras la única que iba a poder entenderme de llegar a hacerlo. Desde luego no pensé que tanto —admite—. Lo siento muchísimo, Gabi.
Otra tanda de silencio se estira entre nosotras.
Con el siguiente trago que le doy al café me lo termino.