CAPÍTULO 38
Suele darse una rosa
Gabi
—Te echo menos.
—Yo a ti también, Gabs.
—¿No puedes volver mañana? ¿Qué tienes que hacer en Lisboa para tener que pasar una semana allí?
A través de la línea, Locke se ríe. Lo más probable es que también esté negando con la cabeza.
Por el rabillo del ojo, distingo la figura de Cass. Aparece en la cocina con su pijama de dos piezas de color azul cielo y una toalla envolviendo su pelo cobrizo.
—Te llamo mañana, ¿vale? Me ha escrito Lars para que vaya bajando.
—Vale. ¿Cuelgas tú?
—Ayer colgué yo.
—Pero es que no me gusta colgar a mí.
—Gabs... —su voz de nuevo en una carcajada silenciosa.
—¿A la vez?
—Por favor, no puedo con vosotros dos —brama la pelirroja, volviéndose en mi dirección con una expresión en sus ojos de pura desesperación—. Voy a acabar vomitando purpurina.
—Dile a la zanahoria con mala hostia que también se le echa en falta.
—Te he oído, Sommers —rezonga la pelirroja ante el mote que le puso Caleb.
—Buenas noches, Gabs —se despide tras una risa.
—Buenas noches, Locke. Descansa.
Y es él quien cuelga la llamada.
—Cuelga tú. No cuelga tú. No tú —se burla Cass entre risas.
—Oye, déjame. Le echo de menos.
—No, si me ha quedado claro. —Y a pesar de estar riéndose de la escena cuanto menos empalagosa que ha presenciado, hay comprensión en su mirada azul—.
He pensado en pedir unas pizzas en vez de hacerlas...
Ya sabes que la última vez no salió muy bien —dice, refiriéndose a aquel viernes en el que, como Finn no podía venir, nos comprometimos a hacer la cena entre las tres y terminamos por chamuscarla—.
¿Pedimos una con piña antes de que llegue Caleb?
—¡Sí!
Me lanza una sonrisa cómplice antes de buscar su teléfono y comenzar a hacer el pedido por la página de la pizzería.
—Mañana es la Diada de Sant Jordi —prosigue—. Hemos quedado las chicas del club de escritura y también las del de lectura. ¿Te quieres venir? Es por la tarde.
—No creo que pueda. Tengo que entregar un trabajo que me cuenta un cuarto del semestre el lunes y voy... Bastante mal.
—No llevas ni la mitad, ¿verdad?
—Nop... —Hago una mueca, pensando en todas las horas que voy a tener que pasar encerrada en mi cuarto si no quiero suspender.
—Bueno, si terminas a una hora razonable y te apetece salir a despejarte, llámame y te paso mi ubicación.
—Gracias, Cass.
◆◆◆
La música cesa sin aviso alguno. Mikel, próximo a los altavoces, tiene una expresión de cabreo entremezclada con decepción.
Negando con la cabeza dice:
—No estáis concentrados. ¿Qué os pasa hoy?
Intercambio miradas con Théo y ninguno de los doce bailarines nos atrevemos a dar una respuesta. No es una de esas preguntas a las que haya una contestación acertada. Aunque, tampoco sabría qué decir.
Todavía queda más de un mes y medio para la Intercontinental de junio, pero una coreografía para una competición como esta no se monta en dos días; mucho menos puede realizarse bien si no hay horas de práctica efectivas de por medio.
—Vamos a hacer un descanso, ¿vale? Tenéis diez minutos por si necesitáis que os dé el aire, o qué sé yo, pero cuando estemos de vuelta os quiero concentrados. No estáis aquí para perder el tiempo.
Según Mikel se da la vuelta, escucho la puerta del estudio abrirse y ser cerrada un momento después.
Me dejo caer en el banco donde Carlos está sentado y dejo salir un suspiro agotado. Con disimulo, busco mi teléfono en la mochila.
—El chico de los girasoles, eh... —Me da unos empujones juguetones con el hombro mientras mueve las cejas de arriba a abajo.
Automáticamente, ruedo la mirada, pero no puedo tragarme la sonrisa que se forma en mis labios. Es que soy incapaz de dejar de sonreír cuando se trata de él. Sigue en Lisboa, por supuesto, aunque ya solo quedan dos noches más para que regrese.
—Oye, Gabi —musita Fer a mi otro lado.
—¿Mmmh? —Termino de teclear la respuesta a su mensaje diciéndome que acaba de salir de una reunión y ahora van a un paripé en uno de los salones del hotel en el que se está hospedando.
Aprovecho para fijarme en la hora; las 11.37 h.
—No has notado a Melissa un poco... No lo sé. ¿Menos Melissa?
Extrañada, miro a mi alrededor. No hay rastro de ella.
Asumo que habrá sido quien se ha marchado escopetada del estudio cuando Mikel ha dado la oportunidad.
—No lo sé —admito. Hace unos meses que intenté empezar a esforzarme por no estar pendiente de ella. Así, no podría saber cuándo estaba mirándome de mala manera o deseando encontrarse con mis ojos en el reflejo para sonreírme con superioridad—. ¿Por qué?
—Lleva toda la semana distraída. Y el lunes ni siquiera vino a entrenar.
No nos da tiempo a compartir más. Mikel nos manda recuperar el ritmo del ensayo, que no termina de ser de lo más fructífero, pero al menos hace que nuestro entrenador deje de fruncir el ceño ininterrumpidamente.
Cuando llego a casa, rozando las 13.30h, como con Amelie y Cass, quien se marcha a mitad de tarde para pasar lo que queda del 23 de abril con las chicas de los clubes. Ojalá pudiese ir. Ojalá hubiese hecho el maldito trabajo a tiempo.
Rozando las seis, llega Finn para recoger a su hermana e ir a cenar a casa de sus padres. Y no es hasta que siento mi cabeza sobresaturada por todas las horas que he pasado pegada al portátil terminando (ya me gustaría) mi trabajo que decido que ha llegado el momento de dejarlo por hoy.
Me planteo ir dónde sea que está Cass con el resto de sus amigas, pero estoy tan cansada de la academia y extenuada mentalmente del dichoso trabajo, que decido ponerme el pijama y dejarme caer en el sofá junto a Whiskey y mi libro electrónico.
No he terminado de acoplarme contra los almohadones cuando el timbre resuena entre las paredes del piso. Extrañada, me levanto, me asomo por la mirilla y no me encuentro con nadie.
Qué raro.
Dubitativa, abro la puerta y no hay rastro de ninguna persona. Lo que sí está frente a mí, sobre el felpudo en el que se lee «Bienvenue» es una caja de cartón de unos tres palmos de altura y un ramo de girasoles sobre ella.
—¿Qué...? —musito para mí misma.
Cojo el ramo para leer la tarjeta que cuelga de él aunque una parte de mí ya intuye de quién es esto, pero no por ello evita que mi corazón de un vuelco al leer su caligrafía sobre la cartulina plegada .
Sé que suele darse una rosa,
pero te gustan más los girasoles.
Feliz Día del Libro, Gabriela.
Locke.
No.
No acaba de enviarme flores y...
Oh, por favor.
Tiro de la caja con todas mis fuerzas hacia el interior del piso y cierro la puerta para evitar que Whiskey se escape. Me dejo caer sobre mis rodillas después de colocar el ramo en el único jarrón que tenemos y dejarlo sobre la isla de la cocina.
Rajo el precinto que la mantiene cerrada y lo primero con lo que me encuentro es con un papel marrón para proteger los...
Madre mía. Lo aparto a un lado y Whiskey no tarda en aparecer y comenzar a olisquearlo.
Después, observa la caja con atención y ganas de adueñarse de ella mientras mis ojos se mueven por los libros que hay dentro.
Saco uno, otro, después otro y unos cuantos más hasta que hay un total de dieciséis libros apilados unos sobre otros. Todos aquellos que vimos en la librería el día que fuimos a cenar por primera vez y con los que dije «Qué ganas tengo de leerlos».
Por favor. Mi corazón.
Con manos temblorosas, salgo disparada en busca de mi teléfono. Lo desbloqueo ya con los ojos llenos de lágrimas. Busco su contacto en llamadas recientes y pulso su nombre. Suenan un par de tonos hasta que es su voz la que me llega desde el otro lado de la línea.
—Hola, Gabrie...
—Gracias —escupo en un sollozo—. Gracias, gracias, gracias.
—De nada, cariño.
—Locke, no tenías por qué. —Sorbo por mi nariz, sobrecogida.
—Tenías ganas de llenar la estantería de tu habitación —responde a modo de explicación—. Y a mí me gusta hacerte feliz.
«Me haces muy feliz», quiero decir.
—¿Y ahora que hago yo sin poder darte un beso?
—Guárdalo para el lunes.
—Son muchos días.
—Gabriela... —No puedo verle, pero sé que está sonriendo.
—Te echo de menos —balbuceo a pesar de habérselo dicho esta misma mañana.
—Y yo a ti, cariño. —Una voz que no le pertenece se superpone a la suya algo más amortiguada—. Gabs, dame cinco minutos. Ahora te llamo.
Cuelgo la llamada y al momento, las lágrimas brotan de mis ojos sin remedio alguno. En realidad, creo que no han dejado de salir en ningún momento.
Permanezco sentada en el suelo, sin poder creerme que ante mí hay dieciséis libros nuevos. No uno ni dos. Dieciséis. Porque sabe que quería llenar la estantería de mi cuarto con muchos de ellos.
¿Cuándo le dije aquello, siquiera?
Hace meses que no...
En la biblioteca de su padre, la noche de la gala.
Le dije lo de la estantería en la biblioteca de su padre en diciembre.
Estamos rozando el final de abril.
Sorbiendo por mi nariz, recojo los libros y los voy dejando sobre mi cama. Cuando voy a dar el último viaje con la cuarta pila de libros, me encuentro con que Whiskey se ha metido en la caja vacía y ha clavado un par de veces sus colmillos en las solapas.
Incapaz de esperarme, coloco los libros por colores, los muevo de nuevo y pienso en ordenarlos alfabéticamente pero me doy cuenta de que la opción cromática y a su vez alfabética me gusta más. Por un momento me siento como Amelie.
Justo cuando he decidido que me gusta, no, que adoro, como ha quedado, una llamada se cuela por mi teléfono. Contesto sin pararme a mirar la pantalla, ya con una sonrisa enorme adueñándose de mi boca.
—Acabo de terminar de ordenar la estantería. ¡Ha quedado genial! No puedo esperar a leerlos todos. ¿Por cuál debería empezar? Yo creo que por el del jugador de baloncesto que se enamora de la mejor amiga de su hermana. ¿Lo quieres leer conmigo?
Espero su risa de vuelta.
Espero su mote de siempre.
Espero escuchar su voz, pero no es eso lo que llega.
—¿Gabi? Soy Melissa. Necesito que nos veamos.