Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 37 #2
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CAPÍTULO 37 #2

—Gracias, rubia. —Me da un empujoncito con su hombro en esa actitud avergonzada que solo se hace con él cuando es de su música de lo que hablamos—. La anunciaré para la mitad de la actuación. Guárdame el secreto hasta entonces, eh...

—Soy una tumba.

—Ya... Permíteme que lo dude.

Según salimos de su piso para entrar en el mío, nos encontramos con Locke al otro lado de la puerta a medio camino de insertar la llave en la cerradura.

—¿Qué pasa, Sommers? —se dirige a él su mejor amigo.

—Caleb.

Se limitan a saludarse con una especie de abrazo escueto —palmadita en la espalda incluida, por supuesto— y es el de los brazos enfundados en tatuajes que nos dice que va a ir entrando por si necesitan que eche una mano.

Los ojos de Locke expresan más cansancio que antes.

Arqueo las cejas e intento aguantarme la sonrisa.

—¿Cansado?

—Dime que has sacado tú a Luke.

—Sí.

—Eres la mejor, lo sabes, ¿verdad? —Se inclina para darme un beso antes de entrar en el piso—. Me doy una ducha y estoy en el piso. Hola, Luke —saluda al dálmata cuando este llega a la entrada de estar hecho un ovillo en el sofá.

—Te espero.

Me dejo caer en su cama, bocabajo, Luke se sube conmigo y me entretengo con el móvil mientras escucho el agua repiquetear contra el suelo.

No se demora más de cinco minutos desde que entra hasta aparece en la habitación con una toalla rodeando sus caderas y el pelo húmedo. De mi mente desaparece todo pensamiento racional.

—¿Gabs?

—¿Sí? —Alzo la mirada de estar, con un gran disimulo, delineando cada centímetro de piel desde el tatuaje en su abdomen y el definido hueso de su cadera. Y su maldito piercing ...

—¿Puedes sacarme un ibuprofeno de la mesilla? Me va a estallar la cabeza.

—Sí, claro. —Después de sacar el blíster del cajón, me ofrezco a traerle yo misma el agua. Cuando regreso, ya se ha cubierto con unos pantalones de chándal y está en proceso de enfundarse en una sudadera a juego—. Toma.

—Gracias.

—¿Prefieres quedarte aquí en vez de ir a cenar con todos?

—No, no te preocupes. ¿Vamos?

◆◆◆

El dolor de cabeza de Locke y cansancio generalizado de todos ha sido lo que ha hecho que este sea el primer viernes de pizza en tres semanas en el que no juguemos al Trivia de Caleb.

Los chicos han regresado a su piso, mis amigas se han metido en sus respectivas habitaciones y Locke y yo hemos pasado por el baño para lavarnos los dientes, me ha trenzado el pelo al llegar a la cama y se ha quedado dormido nada más he apagado la lámpara de la mesilla.

Yo lo he intentado, pero a pesar que desde hace ya un tiempo he conseguido dormirme con más facilidad, las once y media de la noche sigue siendo muy temprano para mí. Así que me he puesto a leer con la pantalla del libro electrónico en modo oscuro.

Me da la medianoche y la una y más tarde la una y media.

Cuando quiero darme cuenta son las dos y cuarto.

—¿Sigues despierta? —pronuncia Locke en un murmullo ronco y bajo con su brazo rodeando mi hombro y su pecho contra mi espalda.

—Es que acaban de pasar de ser enemigos a confesarse que se gustan —susurro de vuelta—. No puedo parar ahora.

Suelta una risa por la nariz y se remueve sobre la almohada.

—¿Han encontrado la piedra esa que estaban buscando? —pregunta en relación con los protagonistas del libro de fantasía que leo.

Es el tercero de una saga de fantasía con romance —subgénero el cual he conseguido que Locke diferencie ahora del romantasy— que empecé a leer a finales de marzo y con la que he estado obsesionada desde entonces.

—Depende. —Me giro un poco hacia él. Con la luz que se cuela a través de la ventana y no consigue ser contenida por la cortina, distingo sus rasgos; su nariz, sus labios y sus cejas—. Del uno al diez, ¿cuánto te sigue doliendo la cabeza?

Deja salir una risa.

—Un dos.

Y yo no me puedo tragar el sonidito emocionado.

—Vale, pues, ¿te acuerdas que se quedaron atrapados en la cueva del bosque?

—Mmmh.

Me enredo a hablar de los últimos sucesos ocurridos en la novela y como cada vez que lo hago, Locke va haciendo preguntas para que determinada información le quede más clara.

—Estaban a punto de besarse, por fin, por fin , cuando han sonado las alarmas de la ciudadela en la que están y, ¡puf! Se ha explotado la burbuja. Me están volviendo loca estos dos... ¿Cómo ha ido tu reunión?

—Bien. Todo bien. Ha sido para concretar la convención en Florencia de junio con parte del equipo del museo. ¿Y tú en la academia?

—Bien, también. He tenido revisión con el fisio. Me ha dicho que llevo la rodilla mucho mejor, pero que si noto alguna molestia no dude en ir a verle. Por lo demás hemos estado... ¡Ay! Pero, ¡si tenía que contarte una cosa!

—¿La Intercontinental? —asume. Sabe que llevo varios días expectante ante la nueva información que iban a compartir con nosotros.

—¡Sí! Tienen que pasarnos los horarios, pero ya tenemos fecha.

El campeonato es del uno al seis. —Por alguna razón, aunque quede más de un mes y medio siento un escozor en el pecho.

Tras esos días, yo no voy a tardar en regresar a España.

Pero, de nuevo, es algo en lo que prefiero no pensar—.

Y... ¡Es en Madrid! ¿¡Te lo puedes creer! ?

Alza las cejas, contagiándose de mi entusiasmo

—¿En serio? Gabs, eso es... Espera, ¿qué fecha has dicho?

—Del uno al seis de junio.

—Joder... Dame un momento. —Se gira en dirección a la mesilla y atrapa su móvil.

Suelta otra palabrota entre dientes al encenderlo y cegarse con el brillo de la pantalla.

Sus ojos se mueven con velocidad, las cejas fruncidas.

Tras unos segundos, los cierra y el suspiro que suelta me adelanta que sean las que sean que van a ser sus palabras, no van a gustarme—.

¿La reunión de la que te acabo de hablar sobre la convención en Florencia?

También nos han confirmado la fecha hoy.

Es del veintinueve de mayo al once de junio. Y el lunes me voy a Lisboa.

Intento disimular mi decepción, pero me cuesta no arquear las cejas o que los labios no me tiemblen.

Pestañeo con velocidad y lanzo al fondo de mi mente todos los sentimientos que han burbujeado a la superficie.

No voy a entristecerme por ello. No cuando es algo que va a beneficiar tantísimo la difusión de la exposición de las obras de su madre. No cuando esto es algo tan importante para él.

—No pasa nada, Locke.

—Puedo mandar a alguien en representación —dice al momento—. No hace falta…

—¿Qué? —le interrumpo—. Ni se te ocurra.

—Pero quiero estar contigo. A alguien le tendrás que dar el beso al bajar del escenario.

—Sí. Y alguien tendrá que representar el nombre del museo y no hay nadie mejor que tú para hacerlo. Tienes que ir .

—Joder... —Se deja caer sobre su espalda, la cabeza en la almohada y la mirada clavada el techo—. Puta distancia.

Su comentario me hace tensarme. Sé que lo nota, pues no hace falta que diga nada para que se incorpore de nuevo y con la tenue luz que ilumina la estancia pueda distinguir la comprensión en sus verdes.

Trago saliva.

—Gabs… —Intenta anticiparse a mis palabras pero no consigo frenarme.

—Me marcho en dos meses. —Susurro y aprieto los labios sin querer ponerme demasiado sentimental, pero es algo de lo que no hemos hablado aún, que hemos ignorado porque para qué íbamos a hablar de ello si todavía queda tiempo.

—Lo sé.

—No quiero despedirme de ti.

—Yo tampoco quiero despedirme de ti, pero no es algo en lo que tengamos que pensar ahora.

Ya llegará el momento. —Sonríe de medio lado antes de llevar su mano a la mía y acercarla a su boca.

Deja un beso en mis nudillos para, después, ponerla sobre el lado izquierdo de su pecho—. Estés donde estés, te quedas aquí.

—Pero me marcho. —Odio la duda que mancha mi voz pero no puedo remediarla—.

Antes o después, tú te quedas aquí y yo regreso a España.

Son mil quinientos kilómetros. ¡Más! Más de mil quinientos kilómetros separándonos.

Y, ¿cuándo nos veríamos? ¿Cómo vamos a hacer que eso funcione?

¿Acaso ves un futuro conmigo sabiendo todo esto?

—Gabs…

—¡No quiero decirle adiós a nada de esto! —grito en un susurro, frustrada—. Ni siquiera hemos visto El club de la lucha aún.

—Gabs, cuando hablé esa tarde contigo y cuando me planteaba que estabas haciéndome, me venía la duda de cuando te marcharas, ¿qué iba a pasar?

Pero, créeme, no es que vea un futuro a tu lado, es que no veo un futuro en el que tú no estés conmigo.

Da igual la distancia. Haremos que funcione.

No sé cómo, al menos no aún, pero encontraremos nuestro modo. Te lo prometo.

—¿Prometido? — alzo mi dedo meñique entre nosotros.

Distingo la curvatura de sus labios cuando sonríe de medio lado antes de corresponderme.

—Prometido.