CAPÍTULO 37
¿Prometido?
Gabi
Slide de The Goo Goo Dolls se reproduce por mis auriculares mientras espero a que terminen de abandonar la sala de reuniones. Llevo una semana sin poder dejar de escucharla. Me paso el día con ella en bucle.
Varios hombres y mujeres vestidos en traje pasan por delante de mí aunque solo algunos se molestan en reparar en mi presencia. Reconozco a Lars, que me dedica una sonrisa a modo de saludo.
Me gusta que haya reuniones porque significa que Harriet y yo vamos a poder charlar durante tres cuartos de hora ininterrumpidos. ¿Necesitamos cuarenta y cinco minutos para ordenar la sala? No, por supuesto que no. Pero ¿y si se nos alarga la conversación? No podemos dejar el chisme a medias.
Me cuesta tragarme la sonrisa cuando me doy cuenta de que solo queda una persona en el interior del cuarto acristalado y no es otra salvo Locke.
—¿Ha ido bien la reunión, señor Sommers? —pregunto según cruzo la puerta.
Atisbo una sonrisa disimulada. Está de pie frente a uno de los extremos de la larga mesa que ocupa el centro de la pecera para empresarios.
Viste unos pantalones de traje y un jersey de cuello vuelto negro y aunque me extraña porque debe tener calor, no puedo ignorar como se ajusta a sus brazos y pecho.
Alza la mirada de otear los papeles que sujeta entre sus manos y recorre mi cuerpo sin reparo alguno, teniendo la audacia de humedecerse los labios al detenerse en mis piernas.
—Ha ido bien, sí.
Un hormigueo acompaña cada paso que doy hacia él.
Porque desde que a finales de marzo decidimos empezar a salir sin terminar de ponernos la etiqueta, mantener la formalidad en la empresa como hemos hecho durante los últimos meses se ha vuelto una tarea un tanto complicada.
—Hola —musito al detenerme a su lado.
—Hola, Gabs —murmura antes de robarme un beso.
—¡Locke! —exclamo en un susurro.
—No queda nadie en la planta más que mis hermanos y nosotros.
—Ya... ¿Se te olvida que por contrato tengo prohibido intimar con mis superiores? Y ¿que tú eres uno de ellos?
—Bueno, pues te hago uno nuevo y solucionado.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Por qué llevas esto puesto? —pregunto refiriéndome al jersey.
Con abril bien entrado, sí, sigue refrescando, pero si en diciembre no lo llevaba, ¿por qué ahora sí?
Locke alza una ceja, una expresión escéptica en su rostro.
—No lo sé, Gabriela. —Engancha la punta de su dedo en la tela que rodea su cuello y tira de esta hacia abajo. Gira la cabeza hacia la izquierda. Varias marcas entre violáceas y rojizas cubren su piel—. Dímelo tú.
Aprieto los labios al recordar que también tiene recuerdos de lo sucedido la pasada noche en su pecho.
—No sé de qué estás hablando... —aseguro.
Claro que sé de lo que está hablando.
Ha estado cinco días en Luxemburgo y según llegó a Schaerbeek, vino directo a mi piso cuando aún no habían regresado ni Amelie ni Cass. Y, ¿qué puedo decir? Le he echado de menos.
—Ah, ¿no? —Vuelve a colocar la tela en su sitio—. Voy a tener que recordártelo, entonces.
Sus manos encuentran mi cintura y mi cuerpo choca con la mesa. Un momento después, estoy sentada sobre la superficie de madera enredada en sus labios hasta que vira la dirección de sus besos y llega con estos a mi propio cuello.
—Locke... —murmuro, porque sé que por mucho que no quiera deberíamos separarnos ya mismo.
Acuna el final de mi mandíbula con la palma de su mano hasta enredar sus dedos con los rizos de mi nuca.
Intento volver a pronunciar su nombre. Tenemos que alejarnos y...
Vale, no puedo. No soy tan fuerte.
Rodeo su cuerpo con mis piernas y me olvido al completo de que estamos en la oficina. Su boca llega a mi clavícula y juega peligrosamente con el primer botón del uniforme.
A fin de cuentas, solo estamos nosotros y sus hermanos en sus respectivos despachos. La única persona que puede estar rondando por la decimotercera planta es... Ay, no.
Harriet.
Desde la entrada a la sala de reuniones, los ojos de mi amiga están abiertos como platos y el resto de su cuerpo inmóvil.
—Locke... —Le doy un golpecito en el hombro—. Locke.
—Déjame acabar esto —murmura sin separarse un solo centímetro.
Suelta otro botón.
Ay, por favor.
—Locke, que no estamos solos.
Se gira en dirección a la puerta en un abrir y cerrar de ojos.
—Harriet, hola... Esto... —trastabilla en francés—. ¿Tu día bien?
—Sí... Todo... Todo bien —responde esta con la voz apenas audible.
Me bajo de la mesa en cuanto termino de abrocharme los dos botones y le sonrío con incomodidad a mi amiga.
Quizá y solo quizá podemos pretender que lo que acaba de ver no ha sido.. .
—Pásate por mi despacho antes de irte, Gabs. —Locke engancha entre sus dedos mi barbilla y deja un beso rápido sobre mis labios—. Tengo trabajo acumulado y como me lo lleve a casa no voy a terminarlo.
—Claro...
Olvida lo de pretender que no ha visto nada.
Nada más Locke se despide de Harriet al pasar por su lado, esta cierra la puerta y ya no puede escucharse lo que se dice aquí dentro. Se vuelve hacia mí con una lentitud desmesurada.
Y a mí, al igual que a una cría a la que acaban de pillar robando caramelos del armario de la cocina, me entra la risa nerviosa.
—Locke Sommers —pronuncia.
—Qué bien te quedan esos pendientes.
—¡Estás saliendo con Locke Sommers!
—¡Quería contártelo! —le aseguro—. Pero, no aquí por si alguien lo escucha… Ya, sabes. Lo de que sea mi jefe y esas cosas.
—Ya… Pues fingís muy bien teniendo en cuenta que las paredes son de cristal… ¡Por favor! Cuéntamelo todo.
Así que eso hago.
—Sé que puede parecer una estupidez no haberlo oficializado —Hago comillas con los dedos—, porque nos tratamos como si fuéramos una pareja, que, al fin y al cabo, es lo que somos pero al mismo tiempo llevamos así apenas un mes y me da un poco de cosa apresurarme, ¿sabes?
Me gusta hablar con Harriet porque es de esas personas que te escucha siempre que necesites decir algo y siempre sabe qué responderte. Dulce, atenta, risueña.
Aunque, si algo he notado que también sé que hay en mí, es la inseguridad al hablar de sí misma. Siempre tiene el nombre de Alyssa —su mejor amiga— en los labios. «Alyssa piensa esto», «Alyssa me ha dicho lo otro». Me da una sensación incoherente de desconfianza.
—Si tu miedo va por el lado de «es demasiado pronto para esto», míralo desde el punto de vista de si lo sientes forzado o no. Si te sale solo, entonces es el momento indicado. Al menos así lo veo yo .
Salimos de la sala de reuniones con la promesa de quedar a tomar algo esta semana ya que hace unas cuantas que no lo hacemos.
Antes de entrar en el despacho de Locke, llamo a la puerta, pero no espero a que responda.
—Uy, perdón —escupo al encontrarme con que está reunido con una mujer.
Cierro tan pronto como he abierto y me espero apoyada contra la pared a que se quede a solas. Pasa un minuto, después otro y unos cinco más hasta que escucho el pestillo.
—Muchas gracias, Locke —le dice la mujer de... ¿Acaso llega a los veinticinco? Y ¿Locke? ¿Le está tuteando?
—Es mi trabajo —responde, cordial, sin terminar de cruzar el vano.
—La empresa tiene mucha suerte de tenerte. —Estira la mano hasta darle un apretón entre el hombro y el brazo y aprovechar para batir sus largas y muy postizas pestañas—. Buenas noches.
—Hasta mañana, Isabella. —Se asoma y gira la cabeza en mi dirección—. Pasa, Gabs.
Antes de que pueda retroceder, cierro mi mano en un puño alrededor de la tela que cubre su pecho y estampo mi boca contra la suya.
Locke retrocede un par de pasos sin separarse de mí, tan solo para cerrar la puerta.
—Menos mal que no podían vernos, ¿eh?
—Depende de quién. —Me separo de él y me dejo caer en su silla, en el lado interior del escritorio—. ¿Para qué querías verme antes de que me fuese?
Locke entrecierra sus verdes.
Al momento, distingo la comprensión en ellos.
—Estás celosa —me acusa.
—¿Yo? ¿Por qué iba a estarlo?
—Eso mismo me pregunto yo. —Avanza a paso lento hacia mí—. Porque Isabella es una de las contables de la empresa. Muy profesional, de hecho.
—Ya... Por eso te ha tocado el brazo.
—Pero no estás celosa —repone.
—Te he dicho que no. Qué más me da qué li imprisi tini michi sirti di tinirti te tire los tejos.
—No me estaba... —Locke deja escapar una carcajada—. Gabs... —Se pone de cuclillas delante de mí—. Ha venido a hablar conmigo porque necesita cogerse la baja por maternidad de aquí a un par de meses.
—Oh...
—Sí. Oh... Y sobre el comentario de la empresa... Bueno, qué le voy a hacer, es encanto innato.
—¿Te he dicho alguna vez que no puedo contigo?
—Alguna vez, sí. —Deja un beso en la punta de mi nariz—. ¿Dormimos hoy en tu piso?
—Vale.
Cada fin de semana desde hace casi un mes nos hemos alternado entre su habitación y la mía para pasar las noches.
—Y mañana... Sé que por la mañana no puedes venir a desayunar con nosotros, pero ¿te apetece que comamos con mi tía? Lleva queriendo invitarte desde que te conoció, pero claro, no podía hacerlo sin que te enteraras de que le hablaba de ti un poco... Bastante.
El día que conocí a Aída, salí de su casa con una sensación acaramelada adherida al cuerpo.
Ese es un hogar desde los cimientos hasta el tejado; un casoplón enorme que da igual cuan grande sea, es de lo más acogedor.
Y que ahora Locke quiera incluirme en su familia un poco más, no hace sino calentarme el corazón
—Sí. —Me incorporo en el asiento de cuero y acojo su rostro entre mis manos—. Sí, sí, sí.
—Vale. —Me devuelve la sonrisa antes de rozar su nariz con la mía como tanto le gusta hacer—. Siento que hoy tengas que volverte en bus, pero es que duermo con una chica que me distrae un montón, ¿sabes? Y tengo que terminar unas cosas.
—Qué afortunada es esa chica.
—Más afortunado soy yo de tenerte.
◆◆ ◆
Una hora después de haber llegado al piso, he paseado a Luke para que Locke no tenga que hacerlo y ha sido poniéndole su ración nocturna de pienso que he conseguido que Caleb me desvele material exclusivo de su próximo sencillo.
—¡Caleb! ¡Es una pasada! —exclamo, boquiabierta—. ¿Y la vas a anunciar el domingo en el pub ?