CAPÍTULO 39 #2
—Gabi, yo... No pretendo que te olvides de pronto de cómo te he tratado durante todo este tiempo.
Es algo egoísta que pedirte, aparte de injusto y un poco imposible.
Pero, si me das la oportunidad, me encantaría poder conocerte de verdad.
Y que tú puedas ver que no soy esa víbora sin corazón que seguro crees que soy.
—No pienso que no tengas corazón.
—Pero sí que soy una víbora —comenta con una sonrisa cómplice y una ceja alzada—.
La Intercontinental es dentro de poco y, te soy completamente sincera cuando te digo que en estos últimos años no he disfrutado tanto del baile como ahora.
Y no pienso desperdiciar un día más pensando en alguien que no se preocuparía por mí.
Quiero disfrutar de las semanas que quedan y quiero hacerlo de verdad.
Así que, si en algún momento consigues perdonarme, quiero que sepas que estaré encantada de que me des la oportunidad.
Trago saliva, debatiendo conmigo misma qué contestar.
Durante el tiempo que estuve saliendo con Iván, quise muchas veces estar a la altura de un imposible; quise ser Melissa cuando no podría parecerme menos a ella.
No solo en lo físico, sino por dentro. Ella es ella y yo soy yo y lo único en lo que nos parecíamos era en lo mucho que nos estábamos perdiendo a nosotras mismas por completar a otra persona.
Sé que sería irreal hacer borrón y cuenta nueva olvidándome de todo.
Por mucho que hayamos hablado, por mucho que haya sido una de las conversaciones más sinceras que alguna vez haya tenido.
Pero tampoco descarto que poco a poco ambas podamos comprendernos y, quién sabe, quizá algún día poder llegar a considerarle mi amiga.
—Me duele que esta conversación haya tardado tanto tiempo en llegar —admito—.
Pero me duele más saber que todo este tiempo este tipo de odio, tensión, o en sí malestar que ha habido entre nosotras, lo haya causado él.
Porque cuando discutíamos te mencionaba muchas veces; me comparaba contigo para hacerme sentir mal y recordarme lo muy feliz que había sido estando contigoo.
Melissa, no podía verte de otra manera que no fuese la exnovia perfecta que había estado antes que yo.
—Y yo a ti como la chica con la que sí quiso intentarlo de nuevo a pesar de haberme dicho que siempre estaría conmigo. —Con lentitud, estira su mano sobre la mesa hasta envolver la mía—. Lo siento —pronuncia, bajito.
Frunzo los labios en una especie de sonrisa.
—Yo también lo siento —susurro.
Decidimos marcharnos un par de minutos después.
Melissa se acerca a la barra para pagar las consumiciones diciéndome que me invita ella al café y salimos de Le Soleil, de nuevo bajo la húmeda noche de finales de abril. Echamos a andar en la misma dirección .
Estoy a punto de abrir la boca para decir algo nuevo cuando el tono de llamada de mi propio teléfono se antepone a mis palabras.
—Locke, hola —digo nada más llevarme el móvil a la oreja. Los cinco minutos que iba a tardar en llamarme se han convertido en más de un hora y media—. Te llamo en un rato, ¿vale? Ahora no puedo hablar.
—¿Qué de aquí a un rato me vas a llamar por videollamada y vas a llevar solo puesta mi camiseta? —pronuncia al otro lado de la línea—. Perfecto, Gabs. Estaré esperando con ansias.
—Qué tonto eres —me río antes de colgar.
—¿Era el chico que viene a recogerte de vez en cuando? —curiosea, cauta, avanzando a mi lado por la calle iluminada por farolas.
—Sí... —musito—. Era él.
—¿Estáis saliendo? —pregunta en el mismo tono de antes.
—Sí. ¿No? —Esquivo un charco con una zancada—.
No lo sé. Llevamos juntos un mes pero sin el título de novios porque me da miedo que poner la etiqueta tan rápido cause que todo se chasque.
De hecho, es el chico por el que Iván y yo discutimos la noche de la discoteca antes de que, bueno... Antes de que se marchase a tu casa.
—No tiene un nombre muy español.
—No. —Sonrío—. Estuvo viviendo en Madrid durante unos meses, pero nació aquí —explico sin entrar en más detalle de su vida—.
Es curioso porque yo pensaba que me había enamorado de Iván y me he dado cuenta de que, en realidad, no.
Porque nunca me sentí del modo que me siento ahora con...
Madre mía. —Me freno en seco—. Estoy enamorada de Locke.
Busco las expresión en el rostro de Melissa.
Me observa sin asombro alguno.
—No quiero sonar…, pretenciosa. Pero, ¿no es cómo si te sorprendieras de encontrar un tenedor en una cocina?
—Pero, ¿cómo voy a saber si lo estoy o no? —repongo.
Durante este mes que hemos pasado juntos, hemos hecho de todo. Locke me ha llevado a casi todos los museos de Bruselas y yo he disfrutado de escucharle hablar de la mayor de sus pasiones sin poder pensar siquiera en dejar de hacerlo. Aún no hemos visitado el de Fenses, pero sé que lo haremos.
Hemos ido de picnics, a librerías, pasado noches con nuestros amigos, dormido juntos y pausado muchas películas porque nos apetecía más enredarnos en los labios del otro que prestar atención a las escenas reproduciéndose en el televisor.
Ha transcurrido un mes desde que las caricias dejaron de ser preguntas mudas y los besos se volvieron frecuentes.
Un mes desde que su anillo descansa en mi anular y el mío en la cadena de su cuello.
Y ahora miro sobre estos treinta días cargados de novedad y me doy cuenta de que hay algo efervescente en mí también.
Las dudas están ahí, a cada rato en la punta de mi lengua y las inseguridades son pequeños pellizcos de realidad que me recuerdan que debo andar con cuidado, prestar atención sobre el suelo en el que ando.
Pero los cosquilleos que burbujean en la boca de mi estómago, los tirones inconscientes con forma de felicidad en mis labios, el brillo que creo percibir en mis propios ojos; tornan ese suelo pedregoso en algodón de azúcar.
—Simplemente lo sabes. —Melissa se encoge de hombros—. Lo ves.
Nada más esas dos palabras abandonan su boca, una bombilla parece encenderse en mi cabeza.
«Porque yo lo veo. Te veo».
Nos detenemos al llegar a un paso de peatones.
—Yo voy por aquí. Gracias por haber venido y haberme escuchado. —Y para mi sorpresa, se inclina para envolverme en sus brazos y abrazarme como jamás habría esperado.
—Gracias a ti por llamarme.
Sus brazos permanecen a mi alrededor unos segundos más antes de apartarse del todo.
—Y en cuanto a tu chico, hagas lo que hagas y cuando lo hagas, hazlo porque te sientes segura.
Tengo la certeza absoluta de que no es consciente del peso de sus palabras.