CAPÍTULO 34
Sigues teniendo mal gusto
Gabi
—Si tuvieses que elegir una sola comida para el resto de tu vida, ¿cuál elegirías?
Los ojos de Locke descienden de mi rostro al centro de mi cuerpo, que bajo las sábanas y junto al suyo, carece de ropa desde hace unos tres cuartos de hora.
Le doy un manotazo en el hombro antes de pronunciar su nombre en un grito susurrado.
Su pecho se mueve con una carcajada disimulada.
—No lo sé... Quizá pizza. Le puedes echar de todo. Bueno, menos piña según Caleb. ¿Y tú?
—Las lentejas de mi madre.
—¿Lentejas? ¿Qué ha pasado con tu sushi ?
Suelto una risa.
—El día que las pruebes, lo entenderás —digo sin ser consciente del peso de mis palabras—. Te toca preguntar a ti.
Locke ha salido algo antes de la oficina y por ende, yo también.
Me he dado una ducha mientras él le daba el último paseo del día a Luke y ahora, un largo rato más tarde y perdidos en palabras, acaricia el centro de mi espalda mientras yo sigo los trazos de tinta en su abdomen hasta que nuestros amigos lleguen al piso para cenar.
—¿Tienes pensado hacerte más tatuajes?
—Sí.
—¿El qué ?
—Algo con mi hermano. Llevamos algunos años bromeando sobre eso, pero me gustaría tatuarme con él.
—Mmmh.
—¿Qué?
—La inicial de mi nombre en tu culo me parece mejor opción.
Giro el rostro en su dirección.
Tiene la misma sonrisa de capullo de siempre tirando de sus labios.
—Estás gracioso esta tarde, eh.
Roza mi nariz con la suya antes de robarme un beso.
Me toca preguntar a mí, pero me planteo durante un momento si hacerlo o no. Creo que en el punto en el que estamos no pierdo nada por intentarlo.
—¿Qué es algo que te da miedo? —Es lo mismo que me preguntó él hace unos meses.
La habitación se sume en un silencio momentáneo.
Frunce el labio, dudoso y pensativo. Coge una gran inspiración y tras expulsar el aire, admite en un susurro:
—Que lo del museo no salga bien.
—Tu madre es una artista muy admirada —me encuentro diciendo al momento—. Va a salir bien, Locke.
—He decidido dejar el Trabajo de Fin de Grado para el próximo curso —prosigue—. Con la empresa y el museo no iba a poder compaginarlo bien y prefiero retrasarlo un año a meterme aún más presión. Pero cuando haya terminado el Doble Grado me gustaría estudiar por fin la carrera de Historia del Arte.
—¿De verdad? —digo con un tono que reverbera emoción. Al sentir su sonrisa sobre mi boca mientras asiente, un revoloteo enorme conquista mi estómago—. Me alegra mucho oír eso.
—¿Qué es algo que eches de menos España?
—Pues, pensé que serían más cosas, pero me he dado cuenta de que son esas a las que llevo acostumbrada toda mi vida.
La comida me gusta más la de allí. El tiempo también.
Y la gente aquí es distinta. Es como si me faltase esa facilidad de hablar con extraños sin motivo alguno, ¿sabes?
Ah, y vivir aquí es absurdamente caro —añado—. ¿Cuál es tu sabor de helado favorito?
—El de… ¿Cómo se decía nougat en español?
—Turrón.
—Pues el helado de turrón. ¿Cuál es el tuyo?
—Vas a pensar que estoy loca.
—No me digas que es el de menta con…
—No me juzgues.
—Tu helado favorito es el de menta con chocolate, claro que te juzgo. —Me observa como si me hubiese salido otra cabeza—. Y ¿aun así decías que yo era quien tenía mal gusto?
—Sigo pensando que lo tienes.
—Ah, ¿sí? —Me da un pellizco en la cintura, causando que un calambre cosquilloso me haga retorcerme—. ¿Dirías que tengo mal gusto, Gabs?
—Bueno, he conseguido que te guste el sushi . Tan, tan malo no es —accedo—. ¿Algo que quieres hacer antes de morir?
—Me tocaba preguntar a mí. Solo te he devuelto la pregunta del helado por curiosidad y además, recuerdo habértelo dicho según lo cumplí.
Me cuesta un momento encontrarle sentido a su último comentario, pero entonces, lo comprendo. Aquel día, en el ascensor, me dijo después de que yo le confesara mi deseo por visitar Finlandia que besarme era algo que deseaba hacer antes de morir.
—Lees muchos libros de romance, Locke —bromeo.
—Quiero viajar durante un verano entero en caravana —dice, respondiendo a mi pregunta, después de poner los ojos en blanco.
—¿Sí? —Alzo la barbilla. Y es mi turno de decir—: No te pega nada.
—Es algo que hizo mi madre por toda España durante sus veinte. —Se encoge de hombros—. ¿Vendrías conmigo?
—Sí —respondo al momento—. Sí que iría contigo.
—¿Crees en el destino?
—Sí. ¿Y tú?
—No —contesta sin necesitar un solo segundo.
—¿No?
—No me gusta pensar que todo está marcado, que no se puede hacer nada por evitarlo.
—Pero, no, no así. —Me acomodo sobre su brazo, buscando estar a una altura más cercana a su rostro—.
Lo veo como algo que es para ti. De esas cosas que se repiten en tu día a día que quizá crees que no significan nada, pero en realidad sí tienen ese algo, como un número que ves repetidamente en la parada de bus o en una tienda de ropa o en una pegatina pegada a una farola…
Que el mundo se empeña en ponerlas delante de ti.
—¿No son eso casualidades?
Y hay algo en esa palabra, en la definición de «casualidad» siendo una combinación de circunstancias que no puedes ni prever ni evitar, que me hace pensar que se ajusta mejor a lo que yo creía considerar como destino.
—Pero las casualidades ocurren porque sí. No tienen una meta —reflexiono—. Conocernos, por ejemplo. ¿Cómo sabes si es destino, azar o una coincidencia fortuita?
—Porque una casualidad es una circunstancia que no se ha prevenido, que ocurre al azar, pero gracias a ella a veces resultas con la mayor suerte del planeta.
O, yo qué sé; estar buscando las llaves del coche y encontrar algo que llevabas semanas sin saber dónde estaba mientras tanto. A eso me refiero.
—Eso tiene un nombre. Eso es una serendipia.
—¿Serendipia?
—Mmmh. Algo que ocurre por casualidad, que a su vez no esperabas encontrar, pero resulta ser bueno para ti.
—Es una forma muy romántica de decirme que te gusto.
—Qué tonto eres... —Niego con la cabeza y su pecho se sacude con una risa silenciosa—.
Fue Cass quien me enseñó la palabra. Es amiga de una escritora que ha publicado su primera novela hace poco y lo nombró así, Serendipia .
Rocío Álagan, se llama. Dijo que la idea para el libro surgió de esa misma forma; de casualidad.
¿Tienes canción favorita? —prosigo—. Pero no un «Esta me gusta mucho», no.
Una que de verdad la escuches y digas, es esta.
—Yellow, de Coldplay. Me recuerda a ti.
Mis cejas se arquean con sentimiento.
Adoro esa canción.
—Un pequeño paréntesis; no me cuentes esto como pregunta —dice—. ¿Qué película vamos a ver mañana? Estaba pensando que podíamos…
—Titanic .
—..., terminar El Resplandor , pero... Vale.
—Nunca vamos a terminar esa película.
—Gabs, no hemos terminado de ver ninguna de las últimas cinco que hemos empezado. Al menos no del tirón.
—Pero eso es culpa tuya —decido echar la carga de que acabemos enredados el uno en el otro únicamente a él.
—Si Luke o Whiskey pudiesen hablar estarías muy jodida.
—Qué pena que no puedan —ironizo—. Te toca preguntar.
—¿Hay algo de lo que te arrepientas?
—No —respondo al darme cuenta tras un par de segundos que es lo cierto—.
Es lo que te he dicho antes. Creo que todo pasa por algo, ya sea porque está marcado, por azar o una serendipia.
Creo que cada cosa que vives va completando una pieza más del puzle que es nuestra vida.
Algunas cuestan más encontrarlas y otras se extravían por el camino, pero el hueco sigue ahí por mucho que esté cerrado.
Acabo de caer en que nunca te he preguntado cuál es tu número favorito.
—El treinta y seis.
—Pensaba que era el dieciocho, por tu cumpleaños.
—Pero tienes treinta y seis pecas.
—Estoy empezando a dudar de quien es el romántico empedernido de los dos.
Locke me regala una sonrisa.
—¿Si tuvieras que ser un insecto, ¿qué insecto serías?
—¿Qué? —cuestiono, descolocada de que esa haya sido su siguiente pregunta.
—Estoy preguntándolo en serio.
—Emm, no… No lo sé. ¿Una mariquita?
—Eso sí que te pega.