Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Un beso de buenos días

Locke

Mis ojos se abren con lentitud. Algo de claridad se cuela a través de la cortina que cubre la ventana.

Pegada a mi pecho está la espalda de Gabriela.

Su rostro sobre mi brazo, que recorre sus hombros para mantenerle junto a mí con nuestras piernas entrelazadas y mi mano trazando en su estómago caricias delicadas.

Pienso en volver a dormirme y aprovecharme de estos minutos hasta que suene su alarma y deba marcharse a la academia, pero se gira en mi dirección.

Creo que no he visto nada más dulce que ella, nada que tenga más color que ella.

Tras soltar un suspiro relajado, esconde la cara en el hueco de mi cuello.

Mis dedos, con lentitud, acarician el lateral de su rostro y no puedo evitar quedarme absolutamente embobado con el súbito pensamiento de lo mucho que me gustaría ilustrar este momento.

Eso, y cuánto estoy deseando que se despierte para que me dé un beso de buenos días.

Con cuidado de no despertarle, retiro mi brazo. Su cabeza cae en la almohada y su mano se estira sobre el hueco que he dejado.

Joder, llevo tres segundos alejado del calor de su cuerpo y estoy deseando volver a aferrarme a ella.

Salgo de la habitación, paso por el baño y tras haberme lavado las manos, me asomo a las habitaciones restantes de la casa. El salón está vacío, la habitación de Amelie, la de enfrente de la de Gabriela, también. Ocurre lo mismo con la de Cass. A quien sí me encuentro es a Whiskey.

¿Pueden los gatos alzar una ceja? Porque creo firmemente que nos estamos mirando del mismo modo.

Le echo un vistazo al reloj en mi muñeca. Queda una media hora para que den las siete. Tengo el tiempo justo para hacer algo que espero que salga bien. No puedo haber estado fardando de lo bien que me manejo en la cocina para ahora demostrarle todo lo contrario.

Trasteo la nevera y los cajones con cuidado, procurando hacer el menor ruido posible y al mismo tiempo intentando sacar algo decente de esto.

Al abrir de nuevo la puerta de su cuarto, mis ojos buscan encontrarse con su rostro relajado o espalda semicubierta por el edredón. En vez de eso, veo que se ha incorporado. Su mirada cae sobre mí y no me pasa desapercibida la sorpresa que contrae su expresión.

—¿Te he despertado? —susurro. Dejo la bandeja en la mesilla.

Justo en ese momento, suena su alarma de las 07.00h.

La apago y me siento a su lado.

—La masa de las tortitas se debe dejar reposar al menos media hora, pero es que si no, no me daba tiempo a hacerlas, así que... —Retiro algunos mechones que se han escapado de su trenza con la punta de mis dedos—. Quiero mi beso de buenos días.

Gabriela se inclina en mi dirección, lo que me da la sensación de ser dudosa hasta acariciar mis labios con los suyos.

Nuestras narices se rozan.

Apoya su frente sobre la mía.

—Buenos días —murmuro.

—Estás aquí —susurra ella, tan, tan bajito, que no sabría decir si su voz ha estado a punto de quebrarse, aunque me da la sensación de que así ha sido.

Ladeo la cabeza.

En sus iris marrones refulge con fuerza el torbellino de pensamientos que ha debido llenar su mente al despertarse y no verme a su lado.

—Estoy aquí, cariño. —Rozo mi nariz con la suya una vez más—. Estoy aquí.