Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 32 #3
77%

CAPÍTULO 32 #3

—Tenemos muchas noches, Gabriela. —Retiro algunos rizos rebeldes tras su oreja—. Muchas noches.

◆◆◆

Gabi

No sé cuánto hace que nos hemos quedado en silencio.

El pecho de Locke asciende y desciende con cada respiración pausada mientras acaricia el centro de mi espalda con la punta de sus dedos y yo delineo los trazos del tatuaje en su abdomen.

Me remuevo sobre su cuerpo y de dónde descansa su mano en el lateral de mi muslo, la baja un poco para pegarme más a él. Un escalofrío me recorre al notar su tacto tan cerca de mi desnudez.

Gira el rostro en mi dirección y a través de unos párpados que comienzan a pesarme, le devuelvo la mirada.

—¿Tienes sueño? —murmura.

—No —digo en cambio.

—Se te están cerrando los ojos —señala con una media sonrisa.

—Pero no quiero dormirme. Aún no.

Trago saliva, debatiéndome entre si verbalizar o no lo que lleva surcando mi mente desde que se ha tumbado a mi lado. En caso de que su respuesta fuese negativa, no sé cómo me sentiría. Quizá entristecida. O quizá volvería a ahogarme en una marea de humillación.

Cómo si supiese qué está pasando en mi cabeza, dice:

—¿Puedo quedarme a dormir? —Asciende las caricias de sus dedos hasta la mitad de mi espalda y vuelve a bajar por mi columna.

—¿Quieres quedarte? —pregunto con un asombro que no soy capaz de maquillar.

—Si tú quieres que me quede.

—Sí. Sí que quiero.

—Bien. —Su sonrisa se convierte en una completa. Me da un beso en los labios antes de pronunciar una nueva pregunta en un tono distinto, más cauteloso—. ¿Puede preguntarte algo?

—Sí, claro.

—¿Por qué te tensas tanto cuando te toco la espalda?

El aire se queda retenido en mis pulmones.

Boqueo. No tengo una respuesta inmediata.

—Yo... —musito—. Es... No es importante.

—¿Segura?

Suelto un suspiro.

Lo cierto es que me avergüenza admitirlo.

Nunca pensé que me preguntaría por ello; nunca pensé que lo notaría empezando por ahí, pero parece ser que tiene algo de razón respecto a eso de que se me da fatal disimular.

—Es que no creo que te haga mucha gracia escucharme hablar de mi exnovio —me atrevo a decir aunque con la boca pequeña.

Locke se toma unos segundos para responder.

—No es que no me haga gracia escucharte hablar de él, que, bueno, también. Lo que no soporto es cómo te hace sentir a ti. Pero quiero saberlo.

—Las cicatrices del acné que tuve en la espalda nunca… Nunca me habían importado o, digamos, supuesto una inseguridad como tal, pero empecé a darme cuenta que él no me tocaba la espalda, ni los hombros y se volvió algo que no soportaba.

—No hay nada de malo en ellas, Gabs. Sé que es la respuesta fácil pero es algo completamente natural.

—Ya… —Me encojo de hombros—. Lo sé. Eso es lo peor de todo.

Al igual que las estrías que tengo en los muslos, tanto en los laterales como en el interior o la celulitis o qué sé yo, si tengo las piernas muy grandes...

Son ese tipo de cosas que nunca me han causado inseguridad hasta que alguien las ha señalado.

—Yo pasé mucho tiempo odiando mi nariz.

—Me gusta tu nariz.

—Y a mi tus piernas. —Su mano se pasea por mi muslo—. Y me dan igual la celulitis y las estrías. Créeme que no estaba pensando en eso cuando he estado con la cabeza entre tus muslos.

—¡Locke!

—Joder, pero es verdad —repone en una carcajada leve —. De hecho, estaba pensando en lo bien que suena mi nombre cuando...

—Suficiente. —Le cubro la boca con la palma de mi mano.

Sonríe tras ella.

—Yo tampoco quiero dormirme —dice antes de retirar otro mechón rizado de mi rostro—. Pero mañana tienes que madrugar y ya son casi las dos de la mañana.

Miro la hora en el reloj de su muñeca y tuerzo el labio porque tiene razón. No quiero sumirme en un sueño aunque vaya a ser en sus brazos, al menos no todavía. Lo que quiero es que esta noche sea infinita.

—Tengo que quitarme las lentillas.

Tanteo a ciegas debajo de mi almohada hasta dar con el pijama, que no es ni más ni menos que la camiseta que me prestó el día que llegué empapada a su piso. He estado durmiendo con ella desde entonces.

Dejo caer mis piernas por el lateral de la cama y le echo un vistazo al suelo.

—¿Dónde has lanzado mis bragas?

—Grandiosa pregunta. —Se incorpora hasta quedar sentando—. No tengo ni idea.

Las encuentro a los pies del canapé, me las pongo y le oteo sobre mi hombro tan solo para rodar los ojos justo antes de abandonar mi habitación.

No he terminado de entrar al cuarto de baño cuando le veo aparecer detrás de mí en el reflejo del espejo.

—¿Tienes un cepillo de dientes de sobra?

—Pues... —Abro la puerta del armario adyacente al lavabo y entre mis productos de la cara, los rizos y demás cosas que he ido acumulando, me encuentro con que me queda uno del pack de tres que compré hace unos meses—. Toma.

Me da las gracias y mientras nos cepillamos los dientes con simplemente encontrarme con sus ojos en el reflejo, una sonrisa estira mis labios y rasga mis ojos.

Me quito las lentillas y es cuando voy a trenzarme el pelo ya de vuelta en la habitación que Locke se sienta en el borde de la cama y se ofrece a trenzarlo el mismo con un mero gesto.

Mi primera reacción es derretirme una vez más por estos detalles que me está regalando. Pero después, como un misil queriendo arruinar la perfección con la que la noche ha sido dotada, no puedo evitar preguntarme «¿Por qué Locke sabe trenzar?».

—¿Con qué lo vas a atar? —me pregunta él antes de que pueda decidir si quiero saberlo o no.

—En la mesilla hay gomitas de plástico.

Estira el brazo para abrir el cajón y hurga en él durante unos cuantos segundos. Me da el paquete en el que están las gomas para que saque una ya que tiene la otra mano ocupada.

—¿Gabs?

—¿Sí? —pregunto, intentando que no salgan desperdigadas todas las gomitas minúsculas.

—¿No ibas a hablarme de esto?

Vuelvo la cabeza sobre mi hombro.

Si pudiera desaparecer ahora mismo, lo haría sin pensarlo dos veces .

Locke alza ambas cejas y aprieta los labios, aguantándose una de sus dichosas sonrisas de capullo.

Tiene en la mano el vibrador de color rosa que me regalaron las petardas de mis amigas por mi cumpleaños.

Abro la boca para responder y antes de que comience a hablar, se ríe.

Ay, por favor.

—Locke... Madre mía. —Me llevo las manos a la cara—. Lo siento. Hace tiempo que no...

—¿Por qué me pides perdón?

—¿No te molesta? —cuestiono, confundida.

—¿Por qué iba a molestarme?

—Yo... No lo sé.

—Al contrario, Gabriela. —Acepta la goma de mi mano y termina de atar la punta de la trenza para que no se deshaga.

E, impulsada por la vergüenza que me ha bañado y queriendo alejar el sentimiento lo antes posible, no me puedo resistir a preguntar.

—¿Por qué sabes trenzar?

—Las hermanas de Caleb y, bueno, también por mi madre. —Deja un beso en mi mejilla y sus labios rozan mi oreja—. Y en cuanto al vibrador... Ya lo usaré contigo.