CAPÍTULO 32 #2
Al salir del restaurante, decidimos dar una vuelta antes de montarnos en el coche de vuelta al piso. No avanzamos muchos metros hasta que sus dedos rozan los míos y decido envolverlos para pasear de su mano.
Sus ojos se posan sobre el escaparate de una librería. Por la hora que es, ya está cerrada y a pesar de eso, nos tiramos frente a la cristalera más de veinte minutos.
Gabriela me habla de todos y cada uno de los libros que reconoce y yo intento quedarme con toda la información posible, de cada comentario respecto a lo mucho o poco que le apetece leerlo. Todo. Es información que necesitaré en un futuro, estoy seguro de ello.
Justo antes de subirnos al coche, Gabriela se detiene en seco.
—¿Qué pasa?
No me da una respuesta.
Sigo su línea de visión y me encuentro con un fotomatón a pocos metros de distancia.
Tampoco me hace falta que diga nada. Con pasos acelerados llegamos hasta la cabina y por lo pequeña que es, no dudo en hacer que Gabriela se siente sobre mis piernas. Metemos un par de monedas en la ranura después de seleccionar la opción de la tira de fotografías.
La cuenta atrás termina y sale el primer fogonazo de luz, con el segundo Gabriela posa dándome un beso en mi mejilla, con la siguiente le robo uno en los labios y a la cuarta se le escapa una risa y me contagia con ella.
Nos cuesta un par de minutos salir del fotomatón cuando lo que empieza siendo un beso robado se convierte en uno jadeante y cargado de anhelo.
Tras aparcar el coche en la cochera, salimos a la Avenue des Azalées y subimos por las escaleras hasta la cuarta planta.
Gabriela abre la puerta de su piso y ambos nos sorprendemos al ver la luz del salón encendida, pero a nadie en la zona de los sofás.
Bueno, Whiskey está ahí, como siempre durmiendo sobre el respaldo.
—¿Am? ¿Cass? —Se detiene antes de llegar al pasillo que conecta con las habitaciones cuando no hay respuesta—. ¿Y los chicos? —Regresa sobre sus pasos hasta mí, que he permanecido en la entrada.
Le devuelvo la misma mirada de «No tengo ni idea».
Sabían que no vendríamos pero, ¿acaso han decidido pasar la cena a mi piso?
—Gracias por esta noche —musita Gabriela. Con algo de timidez, me rodea el cuello con los brazos. Se estira hasta dejar un beso sobre mis labios que me resulta efímero—. Ha sido... Ha sido perfecta. Buenas noches, Locke.
Antes de que pueda dar un paso hacia atrás, coloco mi mano en su cintura, privándole de retroceder.
—Despídete bien. —Mi boca encuentra la suya al momento.
Se agarra a la tela de mi camisa y corresponde el beso entre respiraciones agitadas. Pasa a enterrar sus dedos en mi pelo y de mí brota un sonido ronco. Joder, cuánto me gusta que haga eso.
Al separarnos, pega su frente a la mía y no necesito que lo verbalice, lo veo en sus ojos. El torrente de pensamientos que está recorriendo su mente en este momento.
Pienso en apartarme, no quiero que se sienta forzada a invitarme a entrar; por mucho que quiera; por mucho que esté deseando arrancarle el puto vestido. Quiero que esté segura y...
—¿Quieres...? ¿Quieres pasar? —pronuncia, bajito, tan cerca de mí que sus labios acarician los míos. Antes de que pueda preguntarlo, añade—: Y sí, Locke. Estoy segura.
Joder, si no soy el tío más afortunado del puto planeta.
Estampo mi boca contra la suya y avanzo con mis manos en su cintura. Con un golpe del pie, cierro la puerta y por fin; por fin, consigo encajonar a Gabriela contra esta.
—Joder, llevo queriendo hacer esto toda la noche. —Mis labios descienden por su cuello y mis manos recorren con avaricia su espalda hasta llegar a su culo—. La culpa es de este puto vestido.
Alinea su rostro con el mío. No queda nada de ese color miel que protagoniza su mirada. Su pupila lo ha consumido al completo.
—Has dicho que querías volver a verme en uno de estos.
—Y ahora solo puedo pensar en quitártelo.
—Entonces, hazlo.
Sin dejar de besarme, Gabriela desabrocha los primeros botones de mi camisa según avanzamos a trompicones. Nos detenemos en el centro de su habitación. Separa el último y me acaricia el pecho hasta llegar a los hombros y retirarla de mis brazos.
Me tomo mi tiempo en deslizar la cremallera en su espalda, queriendo saborear cada segundo de esto.
Al llegar al final, se aleja para retirar las mangas y un sujetador de encaje queda al descubierto.
El vestido cae a sus pies y poco a poco, mi boca desciende por su cuello, el centro de su pecho, su estómago, sus caderas, hasta arrodillarme delante de ella, apartar la prenda y quitarle los bonites que calzaba.
Ya tendremos tiempo de organizar la ropa; ya tendremos tiempo de dejar de fingir que sólo estamos ella y yo en el mundo. De momento, voy a continuar pretendiéndolo.
Recupero mi altura y separo el broche del sujetador. Le alzo en mis brazos y nos dejo caer en la cama. Su cabeza queda sobre la almohada al tiempo que me hago un hueco entre sus piernas.
—¿Estás bien?
Asiente al momento.
Pero a pesar de estar viendo el mismo deseo crudo que sé que reflejan mis ojos en los suyos, necesito cerciorarme, que lo verbalice.
—Gabriela, si quieres que paremos...
—No. No quiero parar. —Enrosca las piernas alrededor de mi cintura, encajándome con su cuerpo—. Quiero verte.
Sus marrones se beben cada centímetro de mi pecho, hambrientos, mientras aflojo la hebilla del cinturón. Nada más termino de quitarme los pantalones, estoy de vuelta en la cama.
Se incorpora para reanudar el beso a la vez que perfila mi abdomen con la punta de su dedo hasta llegar al elástico de mis calzoncillos. Retiro su mano.
—Esta noche no es sobre mí —susurro contra la piel de su cuello—. Date la vuelta, Gabriela.
Aunque dudosa por la manera en que sus labios se entreabren con una pregunta queriendo salir de ellos, se gira y se acuesta bocabajo.
Me coloco sobre su cuerpo y dejo un beso en su mejilla cuando vuelve el rostro en mi dirección.
Y así doy comienzo a la senda de besos sobre el lienzo en el que se ha convertido su cuerpo.
Beso sus hombros, el centro de su espalda, la curva de ella, delineo el tatuaje en el centro, el lunar que tiene rozando el final de esta.
—Eres una puta obra de arte. —Quiero trazar con mi boca cada detalle, cada cicatriz, cada marca. Cada singular centímetro.
Como respuesta, se incorpora primero sobre sus rodillas, hasta que su espalda queda pegada a mi pecho. Echa sus caderas hacia atrás, restregándose contra las mías y cuando murmura mi nombre en un ronroneo, se me para el corazón un momento.
—Dime, cariño.
—Por favor —susurra llevando mi mano a su vientre.
Y es todo lo que necesito.
—Abre la boca, Gabriela.
Su lengua se desliza por dos de mis dedos, humedeciéndolos.
Con lentitud, acaricio el centro de su estómago y juego con el borde de su ropa interior hasta llegar al calor de su cuerpo.
Un espasmo le hace contraerse.
Rodeo su cintura con mi otro brazo, manteniéndola junto a mí.
—¿Así?
—Mmmh. —Deja caer su cabeza hacia atrás, permitiéndome lamer la extensión de su cuello y se muerde el labio al sentir uno de mis dedos deslizándose en su interior.
—No te los calles. Déjame escucharte, cariño —susurro contra su oído. Y como si de una respuesta se tratase, mi nombre se escapa de entre sus labios—. Buena chica.
Porque es lo que le gusta. Las palabras.
Así que hago exactamente eso.
Le susurro algunas dulces y otras que no lo son tanto.
Le repito lo preciosa que es y lo bonita que luce gimiendo mi nombre, añado un dedo más, lo mucho que me gusta el sonido de sus jadeos; que va a acabar conmigo, le aseguro entre besos desordenados lo mucho que me gusta y entonces su cuerpo estalla.
Sus caderas se retuercen y de nuevo, se deja caer contra mí, suspirando con fuerza. Cuando se gira en mi dirección, me enredo en su boca mientras su pecho sube y baja con jadeos entrecortados hasta caer de nuevo en la cama.
Mis labios se reencuentran una vez más con su clavícula, con el centro de su pecho y con su estómago y cintura hasta sus caderas, y la tela que sigue cubriendo su desnudez.
—¿Puedo? —Con mi verde y su tono acaramelado fundiéndose el uno con el otro, me acomodo entre sus piernas, dejando un hilo de besos por el interior de sus muslos. Engancho los laterales de sus bragas con la punta de mis dedos, aguardando su respuesta.
—Yo... —Es sorpresa lo que hay en sus ojos no inseguridad o duda—. No tienes que...
—Lo sé, pero quiero. —No es consciente de la de veces que me la he imaginado acostada sobre el escritorio de mi despacho—. ¿Tú quieres?
—Sí —exhala.
—Entonces, ¿puedo?
—Sí.
—Levanta las caderas, Gabriela.
Lanzo la última prenda a saber dónde y el aire que retenía en los pulmones se le escapa al sentir mis labios contra ella.
Su cuerpo no tarda en removerse. Agarra la almohada con una de sus manos y la otra se entrelaza en mi pelo, adueñándose completamente de la situación cuando coloco sus piernas en mis hombros.
Y con cada segundo que pasa solo tengo ganas de hacerle sentir más y más, de que su cuerpo se contraiga de nuevo; de escucharle gemir mi puto nombre. Y cuando eso ocurre y su espalda se arquea, lo alargo lo máximo posible, ralentizando el ritmo hasta que vuelve a tocar el colchón .
Beso el interior de su muslo. Una, dos, tres veces; antes de recorrer su estómago y llegar de nuevo a su rostro.
Dejo un beso en su mandíbula, otro en la comisura de sus labios.
Mi nariz queda a escasos centímetros de la suya.
La rozo un par de veces. No puedo evitar que una sonrisa se apodere de mis labios.
Gabriela aparta la mirada, avergonzada. Porque, claro, para nada acabo de tener la cabeza entre sus piernas y es mucho más lógico que se ponga roja al verme sonreír.
Me dejo caer a su lado y tiro de ella hacia mí.
—¿No quieres que yo...? —pregunta a mitad de coger una bocanada de aire.
Niego con la cabeza antes de dejarle terminar.
Cubro nuestros cuerpos con el edredón, ella apoya su rostro en mi pecho y yo la palma de mi mano en su espalda.
—¿Estás seguro? Puedo...