Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

La culpa es de ese puto vestido

Locke

No habrán pasado más de veinte minutos desde que he entrado en casa, dado una ducha, elegido qué ponerme —una camisa y unos pantalones negros— y decidir que estaba listo para salir de nuevo.

Ahora solo tengo que esperar cincuenta más para llamar al timbre de enfrente. Solo cincuenta minutos más...

Voy a subirme por las paredes.

Joder, que estoy a punto de tener una cita con Gabriela.

No pasa nada.

No pasa absolutamente nada.

Decido trastear mi teléfono con la pregunta de si lo que llevo puesto es un buen atuendo sin saber por qué cojones estoy dudando y cuestionándome a su vez y una más el motivo por el cual el puñetero grupo que comparto con mis amigos se llama «Las Supernenas + 1».

Creo que el de Gabriela con Amelie y Cass tiene el mismo nombre, pero sin el añadido. Envío un mensaje.

Sommers :

¿Una camisa es demasiado formal?

¿Me pongo un polo?

Noah:

Para un viernes de pizza lo veo mucho.

Finn :

Eso te iba a decir.

Sommers:

Sois gilipollas o ¿qué?

Mon Amour :

Que el menda tiene una cita con la rubia.

Ya va otra vez a ingerir pescado crudo voluntariamente.

Es que no te entiendo...

Sommers :

Le he cogido el gusto.

Mon Amour :

Me siento insultado.

Tengo la intención de redactar la respuesta pensando que es su pasión por la comida italiana lo que he ofendido una vez más cuando llega un mensaje nuevo.

Mon Amour :

Diecisiete años de amistad y aún

no me has llevado a cenar...

Sommers:

Otra vez no, por favor.

Noah:

Yo voto por el polo.

Mon Amour :

Sí, yo también.

Finn:

Charlotte dice que la camisa.

Sommers:

Entonces me quedo con la camisa.

Guardo el teléfono en el bolsillo del pantalón con un súbito picor en la punta de los dedos. Vale, ahora solo quedan cuarenta y ocho minutos.

¿Qué cojones hago yo durante otros tres cuartos de hora?

Me dejo caer en el sofá, me aburro de Instagram a los dos minutos de abrirlo, entro en mi habitación y me debato de nuevo entre si cambiarme de ropa o quedarme con la que estoy, regreso al salón, otro paseíto hasta mi cuarto, me miro por decimosexta vez en el espejo, incluso llega Noah de la clínica veterinaria y Caleb de recoger a sus hermanas.

—Míralo... Vestido de gala para ir a cenar pescado crudo con arroz.

—Te quieres callar —bramo en su dirección cuando el segundo de los dos aparece en la cocina.

He pasado los últimos diez minutos dando vueltas por el salón, deseando que den las putas siete y media para poder llamar a su timbre.

—No me puedo creer que estés tan nervioso por tener una cita con la rubia.

—No estoy nervioso.

—Ah, ¿no? Y si te ofrezco un cigarro, ¿me lo vas a negar?

Le sostengo la mirada durante un par de segundos.

—Te he cogido uno hace un cuarto de hora.

Caleb niega con la cabeza y una sonrisa burlona, pero no añade nada.

—Relájate, anda —dice Noah al pasar por mi lado—. Es Gabi. Va a ir bien.

Eso espero.

No hay nada que más quiera en este mundo que Gabriela disfrute de la noche; de demostrarle que todo aquello que le dije la semana pasada o en Dunkerque era cierto. Que no quiero más que verle feliz y poder ser el causante de sus sonrisas.

Tras lo que parece una eternidad, me planto —por fin— delante de su puerta. Llamo al timbre, escondo las manos en los bolsillos y clavo la mirada en mis pies.

En cualquier momento, Gabriela va a salir de detrás de...

La puerta se abre.

Mis ojos se alzan y la sonrisa con la que tenía la intención de recibirle se borra.

—Joder, Gabriela —escupo sin aire en los pulmones. Ahora viste un vestido marrón de manga larga que se abraza a ella, llega hasta sus tobillos y muestra cada curva de su bonito cuerpo. De su brazo cuelga un abrigo y sus rizos, en su usual jaleo, cubren sus hombros—. Estás preciosa.

—Gracias —murmura. Con una sonrisa nerviosa sale del piso y cierra detrás de ella.

Joder, es impresionante. Ella en sí.

Y ¿puedo decir que vamos a salir a cenar? ¿Qué quiere tener exclusividad conmigo? ¿Cuándo me he vuelto tan jodidamente afortunado?

—¿Locke? —Gabriela me observa con la cabeza ladeada. Su sonrisa se hace más grande.

—Sí... Sí —respondo con la boca seca. ¿A qué cojones estoy diciendo que sí? Joder. ¿Cuánto tiempo llevo mirándole sin decir nada?—. ¿Vamos?

Asiente y nos dirigimos a las escaleras. Me adelanta un par de peldaños y cuando vuelve la cabeza por encima de su hombro me pilla oteando la parte posterior de sus piernas.

Alza una ceja.

Joder, Dios me libre por tener ojos.

—¿Era uno de estos vestidos en los que estabas pensando? —Se frena al llegar al entresuelo entre la tercera y cuarta planta y se acerca a mí .

Lleva las manos a mi cuello y juguetea con la cadena. No sé si es el olor de su colonia o el de todos los potingues que se echa en el pelo pero se cuela por mi nariz y una corriente en ebullición recorre mis venas.

—Da igual cuantas veces te piense que nada hace justicia a lo bonita que eres, Gabs —murmuro, manos en su cintura, cuando se acerca hasta rozar su nariz con la mía.

Mi agarre se acentúa al sentir sus labios en el hueco tras mi oreja; un beso lento, disimulado, caliente, que me tiene cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia atrás.

Es automático. Me deshago al completo por ellos, más si es ese punto el que está besando.

Y qué rápido ha encontrado las cosquillas que tengo ahí.

—Hueles muy bien. —Deja otro, y cojo aire con fuerza.

—Gabriela...

—Muy, muy bien.

Joder, no quiero que se separe.

Es lo último que quiero.

Un beso más.

Y después otro.

—Cómo vuelvas a darme un beso no salimos del edificio.

—¿No? —tienta.

—Estoy intentando hacer esto lo más romántico posible, pero me lo estás poniendo muy difícil.

Está suponiendo todo mi esfuerzo no acorralarle contra la pared.

Es lo único en lo que puedo pensar ahora mismo. En su boca sobre la mía; en sus piernas rodeando mi cuerpo, pegándome a ella; en subirle el vestido hasta la cintura y estando sobre mis rodillas perderme entre sus muslos y...

—¿Vamos en coche o andando? —pregunta al separarse de mí, ya descendiendo el resto de los escalones.

—En coche. —Suelto todo el aire—. Vamos en coche.

◆◆ ◆

Tras aparcar frente al restaurante japonés donde he decidido traerle, cenamos en una mesa para dos con toda la parafernalia romántica y cliché que alguna vez haya podido imaginar; está apartada del resto, tiene velas, una rosa en un jarrón…

Pero lo que me tiene sonriendo igual que a un idiota es que ella tampoco ha dejado de sonreír en ningún momento.

Estamos a poco de pedir el postre cuando coloca su mano sobre la mía encima de la mesa. El gesto hace que el corazón me dé un brinco. Acaricio el dorso de su mano con el pulgar antes de hablar. Llevo buscando el hueco para contarle esto desde que nos hemos sentado.

—Me he encontrado con mi hermano al salir de casa de mi padre.

Por eso he tardado más en llegar. —Me detengo un momento, recreando lo ocurrido y dejando que procese mis palabras antes de continuar—.

Es donde he guardado mis cuadros estos meses, en la casa que tiene en Uccle, y como no está en Bruselas, fui el martes por primera vez. He estado yendo desde entonces.

—Por eso no has ido hoy a la oficina. —Sus ojos se encogen con emoción. Pronuncia la siguiente pregunta con delicadeza—. ¿Qué has pintado?

—Había un cuadro que no terminé... Lo empecé con mi madre, pero no nos dio tiempo. —Siento la garganta algo más seca al contárselo—. Quiero que los veas —confieso. Me obligo a continuar cuando sus cejas se alzan con sorpresa y en sus marrones veo un centelleo inmediato de ilusión—. Pero aún no...

—Cuando tú puedas. Cuando estés seguro, ¿recuerdas?

—Sí. —Mis ojos recorren su rostro; su mirada dulce. Asiento con lentitud varias veces. Inconscientemente, llevo mi mano libre al anillo en mi cuello—. Lo recuerdo.

—¿Qué has hablado con tu hermano?

Me cuesta creer que estoy a punto de decir lo siguiente.

—Quiere ayudarme con lo del museo.

—¿Qué?

—Con todo el tema de la propuesta al Museo de Fenses y después de que la aprobaran, según él, no sólo ha visto parte de una inversión para la empresa, sino también le ha servido para darse cuenta de todo lo que nos ha separado durante estos años. O al menos eso ha dicho.

—Y tú... ¿Te fías de él? —cuestiona, recelosa.

No me extraña que desconfíe, yo también he dudado al verle frente a mí.

—No, no me fío de él. Al menos no del todo —me sincero—. No quiero... No quiero que se aproveche de esto. Nunca sería capaz de perdonárselo, pero, si sale bien... Supongo que al menos esa hostilidad entre nosotros desaparecería. O eso quiero creer. Me ha preguntado por ti, también.

—¿Sobre qué?

El camarero que nos ha estado atendiendo deja el postre que hemos pedido para compartir en el centro de la mesa.

—Sobre cómo van las cosas contigo —digo después de que ambos le demos las gracias—. A sus ojos estamos juntos desde antes de Navidad… Me ha dicho que ya no le miras cuando pasas por su lado.

—Fue un capullo el día de la gala —determina, segura y a pesar de eso, añade en un murmullo—: Pensaba que no se notaba tanto.

—Gabs, siento ser yo quien te diga esto, pero disimular no es lo tuyo.

Pone los ojos en blanco.

—No disimulo taaaan mal.

—Ya... —Me trago la sonrisa llevándome una cucharada del postre a la boca—. ¿Sabes ya algo de la competición de junio? ¿Dónde va a ser?

—Nop. Todavía nada. No creo que tarden en decírnoslo.

Seguimos enredándonos de tema en tema.

Estoy disfrutando cada segundo de esto. Porque tengo la certeza de que ella también lo está haciendo.

Bueno, a lo mejor no tanto cuando estira la mano para darme una porción del postre.

—¿De verdad?

Ladea la cabeza y suelta una risita.

—Vamos …

Aprieto la mandíbula, sosteniéndole la mirada. Abro la boca y termino por acceder a una de esas tantas cursiladas que adora.

Joder, si me viesen Caleb o Noah o Finn iban a reírse poco...

Me relamo los labios con sus ojos clavados en los míos y no me pasa desapercibido la manera en que se remueve en el asiento.