CAPÍTULO 31
Alexa, reproduce Delicate de Taylor Swift
Locke
No dejo de recrear la conversación con Gabriela una y otra vez. Llevo tres noches así. Doy vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y si consigo hacerlo no son más de tres horas.
Paso por el baño antes de colocarle el arnés a Luke y estamos bajando por las escaleras un par de minutos después.
Tras darle un paseo de unos cuarenta minutos y aprovechar la solitud de la calle para que corra con libertad por el parque frente al edificio, vuelvo al piso.
Me doy una ducha con la intención de despejarme, pero no sirve de mucho.
Sigue siendo de noche cuando arranco el coche. Conduzco con solo mis pensamientos rebotando unos entre otros, que me producen una sensación de aturdimiento hasta estar frente a la casa. Me bajo del vehículo y echo el seguro.
Siento el peso de las llaves en mi bolsillo, provocando que mis pasos no sean tan decididos como me gustaría aparentar hasta llegar a la puerta. Me cuesta atinar en la cerradura.
Me recibe un interior oscuro e inerte acompañado de un silencio tan helado que me cala hasta los huesos. Lo más seguro es que haya estado inhabitada desde que mi padre y Louise regresaron a Londres después de la gala de Navidad.
Enciendo la luz del pasillo. Me quedo a los pies de las escaleras, dudoso de si realmente quiero hacer lo que he venido a hacer.
Elevo un pie, después otro y tras lo que parecen minutos consigo llegar al piso de arriba. Camino, alargando ese silencio ensordecedor y con las manos en los bolsillos de mi chaqueta hasta mi habitación. La que solía ser mi habitación.
Giro el pomo con el pulso cada vez más acelerado.
Busco a ciegas el interruptor en la pared, pero me freno.
Avanzo hasta llegar a la ventana prestando atención de no volcar nada.
Aparto las cortinas.
La luz amarillenta del amanecer se cuela por las amplias cristaleras.
Me giro con la mirada clavada en los pies.
Tomo una inspiración agitada.
Lo primero que veo es la gran cama que ocupa la parte izquierda de la estancia.
Está hecha, con varias almohadas y cojines sobre ella.
La puerta que se encuentra a su lado, la que da al baño de la habitación, cerrada y a mi lado derecho, cubiertos con mantas y apilados unos sobre otros, están los lienzos.
El caballete plegado descansa contra la otra pared.
No sé si mi padre o alguno de mis hermanos ha estado aquí durante estos meses. Si han pasado por esta habitación, no hay forma de saberlo. Todo sigue igual. Tal y como seguía mi cuarto en el piso que comparto con Caleb y Noah.
Retiro la primera manta y el aire se queda atascado en mis pulmones. Joder, hace tanto tiempo que no veo una de mis propias obras.
A parte de las ilustraciones que he hecho de Gabriela, he vuelto a dibujar en alguna ocasión suelta a Luke, pero más allá de mi chica de rizos rubios alborotados, no he creado nada más. Mucho menos me he atrevido a cerrar la mano alrededor de un pincel y añadir algo de color sobre un lienzo.
Mi propia versión de la caída de Ícaro está ante mis ojos .
Bajo la figura de quien estaba a breves momentos de perder la vida, en vez del mar, está el laberinto del minotauro. Y de su espalda, son verdaderas alas de plumas enganchadas a su piel las que intentan empujar su cuerpo por el cielo junto a su padre.
Cuando terminé la obra no estaba orgulloso de lo que había hecho. Ahora sé que es porque me veía a mí mismo en su rostro contraído en agonía al percatarse de que se estaba despidiendo para siempre de Dédalo.
Retiro la manta del cuadro tras ese. Tengo que agacharme para poder ver el lienzo apaisado de un océano revuelto, oscuro y una sola persona en el centro de este. Flota en medio de la marea brava sin esperanza alguna de que pueda ser rescatado.
Mi madre siempre me decía que, si alguien me preguntaba por una pintura, debía saber responder.
Mi respuesta no podía ser una descripción; no podía contarle qué estaba viendo en sí, eso podría decirlo ella misma.
Debía ser una respuesta elaborada y mediante la cual, según ella: «Se vea el color a través de las palabras».
Si ahora mismo me pidiera que describiese la que tengo delante de mí, diría...
Diría que la persona que flota pretende detener el tiempo.
Que permanece entre las olas con el objetivo de escuchar silencio.
Que busca tranquilidad en un mar bravo y agitado.
Y que, a pesar de estar absolutamente rodeado, se siente solo y vacío.
Me quedo mirándolo con la sensación de que el ambiente de la habitación es cada vez más pesado.
Paso al próximo cuadro.
Después al siguiente.
Hasta que llego al que, desde que he puesto un pie en esta casa, sabía que no estaba preparado para ver.
El último que pinté con ella. Ese que no llegamos a terminar porque no tuvo el tiempo suficiente de hacerlo.
Aprieto la mandíbula y frunzo los labios, intentando controlar mis emociones, pero el recuerdo es demasiado vivo y siento los ojos ahogados.
Rozo con mi pulgar la zona inferior que nunca llegó a pigmentarse.
Al mismo tiempo, pincelando mi rostro, una lágrima se desliza por mi mejilla.
La retiro con el dorso de la mano tan pronto como cae.
Jugueteo con el anillo que ahora cuelga de mi cuello en un intento de calmarme. Mi mente se mueve a tanta velocidad que en realidad parece que no estoy pensando en nada.
Ella no pudo terminarlo.
Pero yo sí puedo.
Y voy a hacerlo por ella.
◆◆◆
Tengo el teléfono configurado para que no suene ninguna notificación de ningún tipo fuera del horario de la empresa más allá de la del contacto de tres personas contadas.
Por ello, cuando el sonido de una resuena por el silencio de la habitación, no lo pienso antes de detener lo que estoy haciendo. Y para mi suerte, es ella.
Gabs:
No has ido hoy a la empresa, ¿todo bien?
He estado regresando a casa de mi padre desde el martes. Hoy es viernes y aunque lo he compaginado con el trabajo de la semana, he preferido tomarme el día libre. Son las cuatro de la tarde, no he comido nada aún y no me he separado del lienzo desde que comencé esta mañana.
Escribo una respuesta después de llevar el pincel a la boca y sujetarlo entre los dientes.
Locke:
Sí, no te preocupes.
Tenía algo que hacer.
Locke:
¿Cómo va tu día?
Comienza a escribir la respuesta.
Deja de hacerlo.
Escribe otra vez y nuevamente se detiene.
Gabs :
Podría haber ido mejor...
Locke :
¿Ha pasado algo?
¿Tu rodilla bien?
Gabs :
No te he visto... :)
Locke:
¿Tienes ganas de verme?
Gabs:
Siempre.
Y simplemente así, tengo la sonrisa más sincera que soy capaz de formar. El corazón me late con más fuerza, contento.
Otro mensaje suyo llega antes de que pueda escribir una respuesta.
Gabs:
Caleb está en el piso,
¿vienes y vemos una película los cuatro?
Seguido, me envía una foto.
Frente a la cámara, Gabriela está tumbada sobre su pecho en el sofá, gafas sobre su nariz y unas de sus bonitas sonrisas estirando sus labios. Detrás de ella, está Amelie sentada en el sillón y Caleb un poco más alejado, apoyado en el respaldo de espalda a ellas.
Le envío una foto de vuelta.
Locke:
Tengo que terminar una cosa,
pero estoy cuanto antes.
◆◆◆
He terminado retrasándome casi tres cuartos de hora más de lo que pretendía. Cuando llamo al timbre de su piso, son casi las seis de la tarde.
La puerta se abre hacia el interior y tengo delante de mí una melena de rizos rubios, sonriéndome.
Lleva una sudadera de color gris donde en la zona del pecho se lee «Las chicas guapas leen libros» junto a unos pantalones cortos.
No disimulo la respectiva sonrisa que se forma en mi rostro al ver sus piernas desnudas.
—Llegas justo a tiempo. —Se estira sobre la punta de sus pies para dejar un beso en mis labios.
Seis días. Menos de una semana lleva saludándome así y el cosquilleo que escala por mis extremidades es igual de explosivo sino más cada vez que lo hace.
Al entrar en mi despacho, al reencontrarnos en el coche, al despedirse…
Llevo toda la semana sintiendo que estoy en una especie de burbuja, incapaz de creerme nada de lo que está ocurriendo entre nosotros desde el día que entró con el abrigo empapado a mi casa.
—¿Qué llevas puesto? —pregunto.
Tiene una especie de papel mojado con el dibujo de un dálmata pegado en la cara.
—Una mascarilla. ¿Quieres una? —dice, adelantándome hasta sentarse en el brazo del sillón.
—Tío, vete ahora que puedes.
Reconozco la voz de Caleb en una súplica desesperada.
Al volver la mirada, me encuentro con que lleva una cinta con un lazo alrededor de la cabeza, apartándole el pelo de la cara y sobre esta, una de esas mascarillas como la de Gabriela, aunque él tiene el dibujo de un zorro .
Una carcajada sale de mí.
—No me lo puedo creer —digo, negando con la cabeza—. ¿Te has dejado?
—No he tenido elección. —Señala con un dedo a Gabriela y con otro a Amelie, que está a su lado y lleva una mascarilla de una jirafa.
—Me han hecho el lío. Y eso que no está la zanahoria con mala hostia. ¡Qué habría sido de mí! Sommers, es como cuidar de mis hermanas pero peor.
—Cómo te gusta el drama… —Amelie se pellizca el puente de la nariz con dos dedos—. Ya me lo agradecerás cuando tengas el cutis suave y brillante. —Le da dos golpes reafirmantes en el hombro antes de levantarse.
—Oh, créeme. Lo haré. —Caleb le guiña un ojo y se gana un gesto vulgar de su parte.
Si de diario es una persona poco seria, verle ligar con Amelie teniendo el dibujo de un zorro en el rostro es el puto colmo.
Gabriela sigue los pasos de su amiga pero se desvía y desaparece por el pasillo.
—Lo de que te dejes hacer teniendo la oportunidad de negarte... —Niego con la cabeza mientras me siento en el sillón que antes ocupaba Gabriela.
—Es que huele muy bien. —Se acomoda contra el respaldo del sofá—. Podrías ponerte una y compadecerte de tu mejor amigo.
—Nuestra amistad tiene unos límites y este es uno de ellos.
Gabriela regresa unos segundos después de que Amelie haya recuperado su sitio en el otro sillón. Me fijo en que tiene algo en las manos y sigo, completamente atontado, el movimiento de sus caderas hasta que se acomoda sobre mis piernas, de lado.
—Estás muy guapo —ronronea.
Comprendo su mirada demasiado tarde.
Algo me aprieta la cabeza.
—No —declaro al escuchar como rasga el plástico.
Ella asiente de manera inquisitiva y un momento después, tengo una de esas mascarillas —mierdas de papel mojado, pegajosas y frías— adheridas a la cara y una cinta con estampado de leopardo retirando el pelo de mi rostro.
—Eres la cebra más guapa que he visto en mi vida —me asegura antes de estamparme un beso en la boca.
Tengo que estar ridículo, pero si eso le saca una sonrisa, entonces seré el tío más ridículo del mundo solo por verle sonreír.
Decide inmortalizar este momento con una fotografía después de pegar su rostro al mío.
Me encuentro con la mirada burlona de Caleb.
—Límites, ¿no? —murmura.
—Cierra la boca.
Quince minutos después, hago una mueca al notar el material deslizarse por mi rostro cuando por fin me dice que puedo quitármelo.
Oye, qué puto asco. No puede ser que hagan esto por gusto.
La intención que tenía de que viésemos una película los cuatro se ve cancelada cuando Amelie nos dice que tiene que marcharse.
Y aunque Caleb parece estar a punto de acceder a jugar al FIFA con Gabriela, recibe una llamada de su madre pidiéndole que se pase a recoger a las mellizas de la extraescolar a la que van los viernes porque aún no ha regresado del centro comercial con Danielle, la mayor de las enanas.
Cuando le pregunto a Gabriela por cómo va con el libro que se está leyendo, le falta tiempo para saltar del sofá y coger el e-book . Está de lo más engancha a esa saga de fantasía. ¿O es romantasy ? No termino de tener clara la diferencia.
Me habla de una escena que tampoco termino de pillar. ¿Por qué le gustará tanto que el protagonista masculino le pregunte a ella «¿Quién te ha hecho esto?»?
—Y después... —Suelta un chillido emocionado—. Le ha llamado «buena chica» porque sabe que le molesta pero al mismo tiempo tiene ese algo que... Ay, no sé ni cómo explicártelo. Es que es... —Alza la mirada un momento—. ¿Por qué me miras así?
«Si yo te contara lo que está pasando por mi mente ahora mismo, Gabriela...» .
Paso la lengua por mis labios, humedeciéndolos, pero niego varias veces con la cabeza. Acomodo el pelo tras su oreja con la punta de mis dedos.
—¿Te va lo de que te llamen «buena chica»?
Su expresión relajada varía al instante a una de asombro y vergüenza, todo en uno. Sus labios se entreabren. En su lengua la contestación que está dudando si darme.
—¿Quieres ver una película hasta que vengan los chicos para cenar? —sugiera para, efectivamente, evitar responder mi pregunta.
—Me encantaría. —Enrosco uno de sus rizos entre mis dedos. Se estira y recupera la forma tan pronto como lo suelto.
—¿Pero…?
—Pero había pensado que quizá podríamos salir… Tú y yo... Cenar sushi …
Su rostro se ilumina.
—¿Me estás pidiendo una cita?
—¿Te apetece?
Engancha la punta de su dedo en mi collar.
—Si alguna vez te digo que no al sushi , preocúpate.
—Entonces, ¿sólo aceptas por el sushi ?
—Por supuesto, ¿por qué si no?
Consigue dibujarme una sonrisa cómplice en la boca.
—Voy a pasar por mi piso a darme una ducha y cambiarme de ropa. —Me levanto del sofá y me encamino a la entrada—. ¿Paso a buscarte en unos quince minutos?
—¿¡Quince minutos!? —brama, como si se me hubiese ido la olla—. Locke, necesito mínimo cuarenta y cinco.
—¿Necesita tres cuartos de hora para ducharte y vestirte?
—Ah, no. Necesito tres cuartos de hora para ducharme.
—Pero...
—¿Tú sabes lo que cuesta que se me queden bien los rizos?
—Vale... Entonces, ¿a las siete?
—Siete y media.
—Gabs, ¿necesitas una hora y cuarto?
—Porfi ...
—Siete y media —accedo.
—Genial. —Deja un beso rápido en mi mejilla.
Negando con la cabeza y una sonrisa que no puedo evitar, me doy media vuelta. Ya he metido la llave en la cerradura de mi puerta cuando decido probar mi suerte.
—¿Gabs?
—¿Sí?
—Me estoy muriendo por volver a verte en uno de tus vestidos.