Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 30 #3
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CAPÍTULO 30 #3

Suelta todo el aire que retenía en los pulmones, manteniendo esa sonrisa radiante. Me encuentro imitándola, adorando una vez más ser la causa de ella.

—Entonces... —Tengo la intención de continuar, pero me interrumpe.

—Espera un momento. Lo que has dicho sobre que necesitas centrarte en ti. —Niega con la cabeza—. También lo dijiste al volver de Dunkerque. No pretendía ni pretendo que dejes de hacerlo, Gabs. Yo...

—No digas que puedes esforzarte por los dos o que vas a compensar lo que yo no pueda darte. No. No va a funcionar así y…

—No iba a decir eso. —Sus manos ascienden por los laterales de mis piernas hasta posarse en mi cintura—.

Lo que quiero es compartir mi día a día contigo y que tú lo hagas conmigo, por supuesto respetando nuestro espacio.

No quiero saber dónde estás a cada momento, ni qué estás haciendo, ni mucho menos que me des explicaciones.

Quiero que sigamos siendo tú y yo, pero también quiero poder besarte sin ningún pretexto y repetirte que me gustas porque creo que me están afectando tus libros de romance. No nos hace falta una etiqueta.

Me quedo sin palabras.

Sé que quiero estar contigo.

Seguir siento tú y yo.

Una etiqueta.

—No puedes ser así.

—¿Así? —Frunce el ceño.

—Así de bueno.

—¿Qué pasa? —Alza una ceja—. ¿Prefieres que sea un borde? ¿Te van los chicos malos? Porque, si es así, mi reputación va a seguir intacta.

—No puedo contigo.

—No es más que lo mínimo que mereces, Gabriela.

Porque te mereces todo lo bonito del mundo.

Siento que hayas pensado lo contrario durante tanto tiempo.

—El brillo en sus verdes se mantiene, pero no tarda mucho en reducirse justo antes de que pregunte—: ¿Por qué... ? ¿Por qué dijiste que no te convengo?

—Porque... Porque pensé que si me convencía de que eras ese chico guapo y con dinero que no cree en el amor ni quiere algo más que un rollo pasajero, por muy cliché que suene, no habría posibilidad de que me hicieses daño, porque tú a mí no podrías gustarme.

Pero no lo eres, bueno, lo de guapo sí, pero ya me entiendes.

—Me encojo de hombros—. Me has puesto muy difícil que no sienta nada por ti.

—Y más que lo voy a poner. Si tú me dejas, claro.

Pienso en responder, pero decido, con lentitud, acercarme hasta rozar su nariz con la mía. Entreabro los labios y poco a poco y termino de cerrar la distancia al pegar su boca a la mía. Llevo mis manos a su pelo y me fundo en él.

Tenía unas ganas inmensas de volver a hacer esto.

Pego mi frente a la suya al separarme.

—Me da miedo —confieso—. Pero, creo que podemos intentarlo.

—Prométeme que nunca vas a hacer algo solo por contentarme. Quiero que estés segura de todo lo que hagas conmigo.

—Locke…

—Prométemelo.

—Te lo prometo. —Hago un medio asentimiento—. Pero, es que… Yo... Me gusta pasar tiempo contigo.

No sé cómo formular esto que está cruzando mi mente.

Es todo tan contradictorio.

—A mí también, Gabriela. Me...

—No. No me refiero a... —le interrumpo yo a él—. Yo... Quiero follar contigo —escupo. Me arrepiento al momento cuando escucho su risa. Hago por levantarme de sus piernas, pero me mantiene pegada a él.

—Joder, Gabs. —Niega con la cabeza, su pecho sacudiéndose con una risa—. Con lo romántica que eres para algunas cosas...

—¿Te he dicho alguna vez que eres insufrible?

—Venga... —tienta, con una de sus sonrisas de capullo—. Cúrratelo un poco más. ¿Qué fue lo que decía el tío este cuando vimos una película por primera vez? ¿«Me has encantado en cuerpo y alma»? ¿O algo así...?

—No me puedo creer que acabes de citar la declaración de amor del Señor Darcy —respondo, con verdadera estupefacción. Aunque no sé si sorprenderme más por eso o porque se haya referido a él como «el tío ese»—. La cuestión es que no sé cuándo voy a poder, porque quiero, Locke, pero... ¿Tú quieres?

—¿De verdad me estás preguntando si quiero follar contigo?

—¿Sí? —Ladeo la cabeza.

Cierra los ojos, inspira por la nariz y aprieta los labios.

—Sí, Gabriela —responde al cabo de unos segundos, aguantándose otra risa—. Quiero follar contigo.

—Guay.

Su ceja se alza.

—¿Guay?

—Chachi —reafirmo.

—Pistachi.

Consigue arrancarme una carcajada cargada de nervios.

—Lo siento, es que... Me acabas de decir que tengo que estar segura e ir poco a poco, pero, y mira que he leído libros de romance, no sé cómo hacerlo cuando se trata de mí para que salga bien.

—Gabs, por muchas ganas que tenga de acostarme contigo que, créeme, las tengo —me asegura—, es lo último por lo que quería hablar contigo y ni de lejos el motivo por el que quiero estar contigo.

Tenemos una lista de películas que terminar, tú un montón de libros de los que hablarme y mucho que aprender en la cocina todavía y la suerte de que a mí se me da genial...

—Nunca dejará de sorprenderme lo modesto que eres con todo —ironizo—. ¿De verdad que no te importa?

—No, Gabs. Me gustas tú y, sí, estoy completamente obsesionado con tu cuerpo, pero esto no trata únicamente de eso. —Sus manos encuentran mi cintura por debajo de mi camiseta y traza caricias lentas cuando añade—: ¿Hay algo más?

—Exclusividad —pronuncio sin atreverme a titubear—. Creo que es lo mejor no llamar a esto —Gesticulo con los dedos señalándole a él y al mismo tiempo a mí— nada, no ponerle ninguna etiqueta como tú has dicho, al menos de momento, pero quiero que sólo seamos tú y yo.

Transcurren algunos segundos en los que no dice nada. Pero, entonces, saca el anillo de su meñique, el que me acaba de confesar que perteneció a su madre, y toma mi mano izquierda en la suya. Lo coloca en el anular, donde se ponen los de promesa. Y en un susurro, dice:

—Llevo siendo tuyo mucho tiempo, Gabriela.

Estoy a un latido de que mi corazón se desborde.

E, incapaz de formar un mero fonema, deslizo el de mi dedo pulgar fuera y tras buscar el cierre de su colgante, introduzco la argolla y vuelvo a colocarlo en su cuello, respondiendo así con mi propia confirmación.

—¿Es tu forma de decirme que mi imitación del Señor Darcy ha funcionado? —pregunta de todos modos.

Suelto una risotada.

—Algo así, sí.

—Entonces, por favor, sé mi Elizabeth Bennet.