Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

—Por eso he estado yendo, supuestamente, a la oficina cada fin de semana.

Todo lo que estoy haciendo es por ella. Llevo meses intentando que me den los derechos de los cuadros según indica el testamento para...

Para poder volver a exponerlos. Parte de la inversión está destinada a ser una galería dentro del propio museo donde subastar obras y destinar todo lo que se recaude a la investigación de su enfermedad.

¿La mariposa que tengo tatuada en la espalda?

—prosigo—. A esa especie de mariposas se les llama Aurora, como ella.

Le encantaban. Decía que, de tener otra vida, reencarnaría en una.

—Locke.

—¿Sí?

—¿Eres consciente de la persona tan bonita que eres?

Mi boca se abre pero no sale sonido alguno.

Me cuesta encontrar las palabras con las que responder.

Vuelvo a intentarlo.

Nada.

—¿Cuándo empezaste a vivir con Caleb y Noah?

Necesito un par de segundos para reanudar el funcionamiento de los engranajes de mi cerebro.

Quizá y solo quizá, si ella afirma encontrar algo bonito en mí, en el fondo no estoy tan vacío como pensaba.

—Al fallecer mi madre, su casa pasó a ser mía.

Lo intenté, pero se me hizo imposible vivir ahí.

Luke… —El recuerdo me eriza la piel—. Luke dormía todas las noches en la puerta de su habitación y cuando se quedó vacía…

Creo que él también sabía que no iba a regresar, pero siguió durmiendo ahí.

Así que me mudé con mi tía y Saskia durante unos meses, pero como Caleb, Noah y yo siempre habíamos bromeado sobre vivir juntos, según nos enteramos de que el piso frente a este se quedaba disponible, aprovechamos la opor tunidad.

Tendrías que haber visto la cara de Amelie cuando vio las cajas en la puerta.

—Amelie se mudó aquí al cumplir los dieciocho, en septiembre del 23.

—Sí —corroboro—. Y nosotros en enero del 2024.

—¿Qué os dijo? Conociéndola, nada agradable.

—No… —Suelto una risa aspirada—. La peor parte se la llevó Finn, que fue quien nos dio el chivatazo de que se quedaba disponible el piso.

—Pero, hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué los viernes de pizza los hacéis aquí? Finn se mudó con Amelie en abril, cuatro meses después que vosotros. Tendría más sentido que fuesen en vuestro piso.

—Lo tiene, sí… —concuerdo—. Llevan ocurriendo como…

¿seis años? Solían ser en mi casa; a mi madre le encantaba tenerlos ahí, a veces en la de los padres de Noah y unas pocas en la de Caleb; las mellizas acababan de nacer y Danielle tenía solo tres años.

Hasta que cuando Amelie nos invitó a cenar a modo de agradecimiento por echarle una mano con la mudanza...

Bueno, nos dimos cuenta de que era más cómodo hacerlos aquí.

Y según nos mudamos nos vetó la entrada al piso. Al menos hasta que llegaste tú.

—¿Qué tengo que ver yo en esto?

—Según tengo entendido, el mismo día que llegaste conociste a Caleb y a Noah.

—¿Sí...?

—Un viernes de pizza.

—Sí...

—Caleb me dijo cuando llegué que Amelie le había dicho a Finn que quería que se reanudaran los viernes de pizza en su piso porque pensó que podrían animarte un poco.

No con esas palabras, por supuesto. Estoy convencido de que se parecería más a un «Seguro con las gilipolleces que suelta Caleb por minuto al menos consigue reírse un rato»

Abre la boca y alza las cejas con estupefacción.

—¿Estás…?

—¿Hablando en serio? Completamente.

—Lo cierto es que me sentí muy bienvenida aquel día.

—Se toma unos segundos para digerir mis palabras y sus ojos se entrecierran de la misma forma que siempre le ocurre antes de pronunciar una pregunta que ha cruzado su mente—.

Pero ¿por qué no los hacíais en el piso que Finn compartía con su novia?

—Emm… —Dudo por un momento—. Bueno, porque Charlotte nos da miedo a todos.

—Venga, Locke. ¿A ti también? Pero, ¿por qué?

—Le has conocido. ¿Cómo puedes preguntarme que por qué?

—Sois unos dramáticos. Charlotte es encantadora.

—Ya... —murmuro, poco convencido.

En realidad, no tengo un gran argumento para defender por qué Charlotte es una persona que me causa respeto.

Le conocí a los pocos meses de que Finn y ella se conocieran, ellos tenían dieciséis y yo catorce años y desde que comprendí que no tiene problema en ser absolutamente sincera con la gente, procuro andarme con cuidado a su lado.

—Fue en abril del año pasado cuando te marchaste, ¿verdad? —prosigue Gabriela.

—Sí. Aunque tengo que reconocer que irme sin avisar ni a mi padre ni a mis hermanos, estuvo mal. Me llevé a Luke y una maleta porque no necesitaba más y un par de días después de llegar llamé a Lars y le encasqueté el marrón de decírselo a nuestro padre.

—¿Por qué España?

—Siempre he querido probar lo que es estar lejos de casa y qué mejor lugar que el país natal de mi madre.

Estuve viviendo solo con Luke cerca del centro de Madrid, empecé a trabajar en la cafetería...

Me vino bien el cambio de aires y alejarme de la empresa.

Y mira tú por donde, me encontré contigo...

—Pero ¿tu madre vivía aquí en Bruselas? ¿Cuándo se marchó de España?

—Vino aquí para hacer un Máster con mi tía y a los dos se les juntó que les encantó vivir aquí con que se encontraron con el Museo de Fenses.

A mi madre le apasionó desde el primer momento y cuando consiguió que le diesen tanto un puesto de trabajo a ella como a su hermana además de una sala para sus cuadros, decidió vivir aquí un año más, después otro y otro hasta que conoció a mi padre y el resto ya lo sabes.

—¿Por qué no estudiaste la carrera de Arte?

—Mi hermano me intentó convencer de que no era buena idea, pero no fue lo que me hizo no estudiarlo. Si me metí en el Grado en el que estoy ahora fue para que no hubiese forma de que dudara de mi lugar en la empresa.

—Pero aún puedes estudiarlo de forma profesional. Puedes hacer ambas cosas, Locke. No me creo que dibujar sea algo tan banal como para que no quieras hablar de ello, que no quieras enseñarlo al mundo.

—No, no lo es. La pintura… —me detengo un momento—. La pintura es mi mayor sueño y a la vez mi mayor miedo desde que ella no está. He seguido estudiando Historia del Arte, aunque por mi cuenta y por mero interés personal, no es algo que vaya a dejar nunca de lado.

Le hablo entonces de cómo me gusta realizar mis dibujos, que prefiero el lápiz y el papel a las tecnologías, pero también me manejo con ellas, que me gusta pintar en lienzos, con la técnica del óleo y de los cuadros que he hecho a lo largo de mi vida, junto a mi madre.

—Algún día estarán los tuyos en el museo. Estoy segura.

—Yo estoy seguro de que le habrías encantado.

Sus propios ojos se aguan con emoción.

—Locke…

—Ella también llevaba un montón de anillos. De hecho —Vuelvo la mano para referirme al que descansa desde hace no sé cuántos años en mi meñique—, es suyo.

Hay una presión en mi pecho, o más bien, la ausencia de ella.

Creo que hablar con Gabriela me ha hecho darme cuenta de que quizá, en todo este vacío que es mi interior, hay hueco para algo de luz. Y estoy dispuesto a dejar que se acomode entre mis costillas hasta iluminarme al completo.

—Tienes... —comienza, dudosa—. Tienes un retrato mío colgado de tu pared.

—Ya.

—¿Por qué?

—Porque eres lo único que ha conseguido hacer que me atreva a dibujar otra vez en todos estos meses —me sincero.

—Pensé que el que me regalaste en mi cumpleaños era el único que habías ilustrado.

—El que está en mi cuarto fue el primero. Después hice el que te regalé y tengo unos cuantos más en la libreta y, ahora que lo pienso, decir en alto que tengo varios retratos tuyos puede sonar un poco raro, pero...

—Me gustaría verlos, si tú quieres... —añade a último momento.

—Te los enseñaré —le aseguro—. Y sé que me cuesta hablar de mí y sé que he tardado en hacerlo —pronuncio jugueteando con uno de sus rizos para distraerme—, pero nunca me he visto queriendo estar con alguien como quiero estar contigo.

Y Gabriela, sé que te asusta y te preocupa y créeme, a mí también.

Estoy completamente acojonado porque me gustas muchísimo y no sé qué se hace en estas situaciones.

Lo que sí sé es que quiero estar contigo.

—Locke, yo... —murmura, sus cejas arqueándose.

Cuando se separa de mí, no busco acercarme de nuevo.

Sé que necesita su espacio.

—Yo también quería hablar contigo de algo.

◆◆◆

Gabi

¿Cómo formular la vorágine de cosas que, hasta hace un par de semanas no estaban presentes?

¿Cómo puedo ahora negar lo que siento por Locke cuando me ha confirmado lo que más temía?

Que es ese chico dulce bajo la coraza de alguien adusto que en realidad adora hablar de sus pasiones y que desea tanto como yo compartirlas con alguien.

Porque ahora más que nunca albergo la idea de poder confiar en él.

Porque ahora más que nunca me da miedo que sea un perfecto mentiroso.

Y porque en el fondo sé que soy ese lío de contradicciones que tanto me esfuerzo en evitar.

—He pensado mucho en lo que hablamos en el hotel —comienzo—. Y me he dado cuenta de que el problema es que... Que... Creo que aún no he superado a mi ex.

Por la cara que pone, puedo asegurar que su corazón se ha parado por un momento.

Ups.

—No, no, no. Me refiero a... Vale, mala forma de empezar, también.

A ver... —Cojo aire por la boca—. Quería decir que, después de meses, me he dado cuenta de que no siento nada por él pero hay muchas cosas que se me han quedado clavadas y sé que va a costarme corresponderte, no porque no quiera.

Es todo lo contrario, de hecho. Pero necesito ponerme primero por una vez, aunque...

Jolín, tú a mí también me gustas, Locke.

Su sonrisa podría, sin complicación alguna, haberme dejado ciega.

Tira de mi cintura hasta hacer que me siente sobre sus piernas.

—Di eso otra vez.

—Tú también me gustas —murmuro con las mejillas encendidas.

—Otra vez. Por favor.

—Me gustas. Mucho —remarco.

Se deja caer contra el respaldo del sofá.