Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

¿Acabas de compararte con el Señor Darcy?

Locke

—Te he mentido —pronuncio. Me doy cuenta al momento de que no ha sido ni de lejos la mejor manera de dar comienzo a esto.

Las cejas de Gabriela se arquean y veo el arrepentimiento automático relucir en sus ojos marrones.

—¿Qué? —balbucea.

—Vale, no. Mala forma de empezar. Muy mala.

—Cojo una inspiración. Me acomodo en el sofá, en un intento de encontrar una postura en la que estar cómodo.

Nunca he hablado de esto con nadie, no así, pero sé que Gabriela se merece que me abra con ella del mismo modo que ella lo ha hecho conmigo—.

Los fines de semana en los que te he dicho que tenía que ir a la empresa, no...

No es a la oficina donde he estado yendo.

—¿Entonces?

Vuelvo a inspirar por la nariz.

—Tenía pensado volver a Bruselas para el final del año pasado, como mucho principios de este, pero mi padre empezó a insistir en que regresara lo antes posible, así que, el mismo treinta y uno de octubre ya estaba aquí.

Y, aunque pensé que había entendido el porqué de mi regreso cuando hablé con él, comprendí que por mucho que hubiera vuelto porque tenía pensado retirarse y necesitaba que me me reincorporase, en realidad volví porque...

—Me cuesta horrores escupir las palabras—.

Necesitaba demostrar que no soy inferior a ellos. Ni a mi padre, ni a Marc.

»Gabs, el hombre que conociste en la gala...

Me refiero a él como mi padre porque llamarle Arthur...

Yo que sé. Me da más pena aún. Pero, es que yo no he crecido con una figura paterna presente.

Y no te miento cuando te digo que pensé que, quizá, a raíz de mi regreso las cosas entre nosotros cambiarían.

Después volvió a darme el golpe de realidad; si no cambiaron cuando falleció mi madre, ¿por qué iban a hacerlo ahora?

»A los pocos días de que yo regresara a Bruselas, él se marchó con Louise a la casa que tiene en Londres, volvió unos días para la gala y llevo sin verle desde entonces.

Sé que puede chocarte que no me afecte como tal, pero he pasado muchos años ilusionándome por la más mínima atención que me daba y decepcionándome cuando me decía que, un fin de semana más, no podíamos vernos porque tenía mucho trabajo.

Después, llegué a la adolescencia y esa...

No sé cómo llamarla. ¿Tristeza? Se convirtió en enfado y hubo un tiempo en el que no soportaba ni verle.

—¿Cuándo se divorciaron tus padres? —pregunta con delicadeza.

—Yo apenas tenía tres años y mi custodia, hasta que cumplí los dieciocho, fue de mi madre.

Vivíamos en una casa no muy lejos de aquí y cada quince días, supuestamente, tenía que pasar un fin de semana con mi padre junto con Marc y Lars.

—Cojo aire y lo suelto con fuerza. Y entonces, lo digo—.

Son los hijos que tuvo con Louise antes de casarse con mi madre; el mismo matrimonio al que volvió cuando aún seguían juntos.

—¿Fue infiel a tu madre?

Asiento, en silencio.

No entendí el significado de esas palabras hasta que pasó el tiempo. Hasta que crecí y el concepto de pareja se estableció en mi vocabulario. Fue una de esas muchas cosas que me hicieron estar cerca de odiarle.

—Al poco de divorciarse de Louise —prosigo—, se casó con mi madre.

Fue acelerado, pero ella también era de lo más impulsiva, para qué te voy a mentir y siempre decía que por qué iba a dejar algo para mañana si podía hacerlo en ese momento.

Al año siguiente aparecí yo y durante los dos siguientes estuvo viéndose con Louise mientras seguía durmiendo en la misma cama que mi madre.

—Lo siento mucho, Locke —murmura.

Carraspeo para aclararme la sensación desagradable que me ha abrazado el esternón y me concentro en continuar.

—Supongo que sabes que la empresa de mi familia dio comienzo con mi abuelo.

—Sí y... ¿Puedo serte sincera?

—Claro.

—El nombre es horrible.

Consigue, una vez más, arrancarme una risa cuando lo último que consideraba posible era siquiera formar una sonrisa.

—Lo sé. Yo también lo pienso. Siempre lo he pensado.

—Es que... ¿SommeWhat Company? ¿No habría sido mejor algo como Sommers que me viese con los mismos ojos y eso sólo hizo que nos alejáramos más.

Se me juntó tanto el comienzo de la universidad con el trabajo y el diagnóstico de la enfermedad de mi madre. ¿Sabes lo que es el ELA?

—Quiere sonarme, pero no estoy segura.

—Se refiere a la esclerosis lateral amiotrófica —recito el nombre de la enfermedad que de la que tanto me informé con la esperanza de encontrar una forma de ayudarla—.

Es una enfermedad neurodegenerativa y aunque tuvo picos más bajos, durante los primeros dos años pudo vivir medianamente bien.

No se ha encontrado una cura, ni siquiera un tratamiento como tal, pero se han ido desarrollando medidas para mejorar la calidad de vida de la persona.

La esperanza de vida no suele exceder los cinco años y ella no superó los tres.

Se la diagnosticaron en noviembre de 2020 y falleció en mayo del 23. Yo había cumplido los veinte ese año.

—¿Es hereditaria?

—Sólo en un diez por ciento de los casos, que es lo que se conoce como ELA familiar y suelen ser muy aislados. De todo modos, me hicieron una serie de pruebas y, aunque no son determinantes, no detectaron nada fuera de lugar. No hay forma de saberlo, en realidad.

»Fue el tercer año cuando todo empezó a ocurrir de golpe.

Dejó de poder andar, por lo que dependía de una silla de ruedas, necesitaba estar con alguien en todo momento y eso, no poder valerse por sí misma, fue lo que más le afectó.

Te aseguro que, a pesar de que fuese la mujer con el corazón más grande del planeta, tenía que ocuparse de todo.

—Me acomodo en el respaldo y una sonrisa nostálgica tira de mis labios—.

Pero también fue a raíz de que le diagnosticaran la enfermedad que pintó más que en toda su carrera.

»Se pasaba las horas entre lienzos, siempre empezando un proyecto nuevo, con infinitud de ideas en mente.

Al menos mientras su cuerpo se lo permitió.

Llegó un momento en el que no pudo aguantar más y...

—Niego con la cabeza. Me están empezando a picar los ojos.

Joder, no puedo creer que vaya a llorar delante de ella—.

Ver cómo se iba apagando... —Aprieto la mandíbula, intentando contener mis emociones. Es inútil.

Gabriela lleva su mano a mi rostro y al igual que tantas veces he hecho yo con ella, retira el rastro de la lágrima con su pulgar.

Con lentitud se estira hasta dejar un beso en mi mejilla.

Es mirando sus ojos donde siento que no me ahogo. Que tiene tanta luz que es capaz de hacerme ver la más opaca oscuridad.

—No le digas esto a nadie —pronuncio con el objetivo de suavizar el ambiente. Mis dedos retiran unos rizos tras su oreja—. Vas a joder mi reputación de ser un borde.

Una sonrisa tira de su boca y niega con la cabeza.

—¿Quieres seguir? —pregunta con delicadeza.

—Sí, sí... No te preocupes. —Me concentro en las caricias que ha comenzado a trazar en mi nuca mientras pienso en cómo formular lo que estoy a punto de decir.

Porque yo comprendo mi sentimiento; comprendo por qué, cuando ella falleció, sentí calma—.

Daría lo que fuera por seguir con ella a mi lado.

Me daría igual tener que ir con una silla de ruedas a todos lados, darle de comer u organizarme con mi tía sobre qué día íbamos a encargarnos cada uno de estar con ella.

Completamente igual. Porque es lo que haces cuando quieres a alguien, le cuidas. Pero eso no era lo que ella quería.

»Lo entendí cuando tras una revisión en el médico, me dijo que no quería anclarme a su dependencia, que me merecía disfrutar de mi momento.

Te prometo que pocas cosas me han roto tanto como eso.

Y el día que falleció se me vino el mundo abajo, porque era mi mayor apoyo, pero saber que no era la vida que quería hizo que su muerte fuese en realidad, su salvación. Sé lo que puede parecer...

—No —me interrumpe—. Locke, no querías verle sufrir.

—Fue ella quien me enseñó a coger un pincel, quien desde que yo era pequeño compartió su pasión conmigo.

—¿Es una pintora famosa?

La forma en la que se refiere a ella en presente me descoloca, pero es cierto. Es una pintora famosa. Aunque mi madre ya no esté, su legado sí y el mundo va a recordar su nombre.

—Sí. —Sonrío un poco. Estoy a punto de continuar, pero me detengo. Al momento me doy cuenta de que de verdad quiero hacerlo; quiero compartir esto con ella—. Cuando consiga solucionar lo del museo, me gustaría llevarte a verlas.

Su expresión se tiñe de comprensión, como si algo acabase de hacer clic en su mente.

—¿Están en el Museo de Fenses? ¿Por eso estás...?

Asiento.