Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La nueva celestina es un electrodoméstico

Gabi

—Vaya, ¿ha llovido? —bromea Caleb desde el sofá según abro la puerta del piso.

Los ojos de Cass y Noah se suman a los suyos mientras me desabrocho el abrigo.

—No, para nada —contesto en el mismo tono irónico—.

Solo me he olvidado el maldito paraguas otra vez y mi abrigo no se va a secar hasta dentro de tres días —me quejo, sujetando frente a mí la prenda empapada.

Se ha formado un charco a mi alrededor y el pelaje artificial de la capucha gotea sin la intención de detenerse en los próximos diez minutos.

—Bueno, no es nada que la secadora no arregle —comenta Noah viendo mi evidente desesperación ante el incesante goteo.

—Ya... La secadora podría solucionar cualquier cosa si alguien no la hubiese roto. —Clavo mis ojos en la pelirroja, que tan pronto como ve que le estoy incriminando se hace la que no sabe nada.

—¿Por qué me da que ese alguien eres tú, Cassandra? —Caleb le lanza una mirada entretenida.

—Primero, fue un accidente —se defiende esta—. Metí más ropa de la que se recomienda en un mismo programa y se me olvidó vaciar el depósito de agua y el filtro de las pelusas, ¿vale? La pobre máquina no sobrevivió y lleva muerta desde ¿finales de diciembre?

—Sí, creo que sí. —Ninguna de las tres ha llamado a un técnico para que la arregle, así que nos hemos apañado desde entonces con el tendedero plegable bajo el orden maniático de Amelie de recoger la ropa tan pronto como está seca.

—Y segundo, Thys... —Cass le apunta con el mando de la videoconsola—. No te hagas el gracioso llamándome Cassandra cuando es la tercera vez que pierdes.

—¿Estáis jugando al FIFA ? —cuestiono como si fuese la mayor ofensa que podría cometer hacia mi persona, porque en parte, lo es—. ¡No hemos vuelto a jugar desde...! ¡Desde enero!

«Desde el cumpleaños de Locke».

—La última vez que jugué contigo acabé con un plato de tarta estampado en la cara. —Caleb se levanta del sofá y se acerca a mí después de coger la fregona del mini armario en el lateral de la cocina donde guardamos los trastos de la limpieza—. He aceptado la derrota, rubia.

Alzo una ceja, sin creerme que de verdad esté diciendo eso mientras recoge el agua a mi alrededor.

Cuando eleva la cabeza para mirarme, tiene la lengua pegada contra el interior de su mejilla.

—Vale, no. No he aceptado la derrota y con la zanahoria con mala hostia voy por el mismo camino. ¿Contenta? —Se echa la mano al bolsillo—. Toma las llaves de mi piso, anda. Aunque, te agradecería que no reventases mi secadora, gracias.

—¡Qué fue Cass!

—¡No hay pruebas! —protesta la susodicha desde el sofá.

Salgo del piso suprimiendo una sonrisa.

La cerradura del de enfrente cede con la primera llave que pruebo.

Empujo la puerta y escucho unas pezuñas sobre el suelo de madera.

Luke aparece agitando la cola. Mantengo el abrigo contra mi pecho y me agacho para poder saludarle.

Tras varias caricias y lametazos inesperados, desaparece por el pasillo.

El piso de los chicos está distribuido de la misma manera que el nuestro; la cocina separada por una isla del salón, cuya luz se han dejado encendida y que me sirve para avanzar sin chocarme con nada.

No quiero estar un minuto más con el abrigo encima.

Me quedo rígida al encontrarme a Locke en el hueco que divide ambas estancias frente a una tabla de planchar y sin camiseta.

Alza la cabeza al escucharme y su rostro adopta la misma expresión que, estoy convencida, ha enmascarado el mío.

—Locke —balbuceo, descolocada al haber asumido que se habían olvidado de apagar la luz, no que él había regresado ya de su viaje a Londres.

—Gabriela, hola. —Deja la plancha en la base metálica de la tabla—. ¿Qué haces aquí?

—Caleb me ha dicho que podía usar la secadora. —Alzo la barbilla en dirección al electrodoméstico que está debajo de la lavadora—. No sabía que estabas en casa. Habría llamado al timbre en vez de entrar por mi cuenta, siento sí...

—No te preocupes.

Me quedo en el sitio, recelosa y trago saliva. Deja un sabor amargo por mi garganta.

Hace más de una semana y media que no estoy a solas con Locke y hace unos cinco días que nos vimos por última vez, aunque esta tensión e incomodidad nos envuelve desde que regresamos de Dunkerque; desde que me bajé de su coche aquella mañana.

Nada ha sido lo mismo entre nosotros. Es algo que supe que sucedería tan pronto como le dije que sería conveniente mantener las distancias al menos durante un tiempo.

Hace tres semanas que no pasamos la tarde del sábado juntos, ni tachamos un nuevo título de la lista.

Incluso hemos llegado al punto de volver cada uno por su lado de la empresa o limitarnos a conversar lo justo cuando coincidimos en su despacho.

No hace falta mencionar cuanto ha descendido su chat en mi lista de mensajes recientes desde entonces.

—¿Gabriela?

—¿Qué? —Sacudo la cabeza e intento centrarme.

Locke se ha acercado a mí y me cuesta unas exhalaciones más poder mirarle a los ojos.

—El abrigo.

—Ah, sí, claro. —Le doy la prenda y le sigo con la mirada mientras rodea la isla para llegar a la secadora.

Los músculos de su espalda se contraen con el movimiento de sus brazos y el tatuaje de la mariposa me quita el aliento una vez más a pesar de no ser la primera vez que lo veo.

Antes de cerrar el electrodoméstico, se gira de nuevo hacia mí.

—Tus pantalones.

—¿Qué pasa con ellos? —Bajo mi mirada hasta mis piernas, confundida.

—Están mojados.

—Ah, ya. —Regreso mi atención a sus ojos—. Puedo tenderlos en mi piso, no pasa nada...

—Puedes quedarte —sugiere—. Quiero decir, que puedo dejarte algo mío y ver una película —se apresura a añadir—. Hace tiempo que no vemos nada.

Quizá tres semanas no es la gran cosa.

Quizá tres semanas tan solo son veintiún días, no una eternidad.

Pero se han sentido como tal. Más cuando Locke es alguien con quien acostumbro a pasar mi día a día, con quien llevo meses quedando cada semana para ver una nueva película.

Todavía más cada vez que he recordado que quizá aquella decisión que tomé no fue la opción correcta porque me marcho en menos de cuatro meses y no habrá forma posible de recuperar el tiempo que he dejado escapar.

—Sí, vale —accedo.

Locke me hace un gesto con la cabeza para que le siga y avanzamos por el pasillo hasta llegar al final.

Lo primero que llama mi atención de su habitación es el olor.

Huele tanto a él que es asfixiante, pero mentiría de decir que no lo he añorado.

Está impoluta sin sorpresa alguna; la cama ocupada por Luke está hecha, ni una sola prenda de ropa sobre la silla de su escritorio cuya pared está llena de dibujos .

Mi pulso se dispara sin previo aviso.

Es la primera vez que veo uno de sus dibujos más allá de los que tiene sobre la piel o el que me regaló, el cual está guardado como oro en paño desde esa misma tarde.

No puedo disimular el interés que nace en mí al distinguirlos.

Me acerco a ellos con disimulo mientras él cuelga la camisa que acaba de planchar en su armario y busca algo que ofrecerme.

El primero en el que me fijo es en el de un perro. Un dálmata que mira hacia arriba y de cuyo cuello cuelga un collar y en la pequeña chapa se lee «Luke». Es idéntico. Tanto el detalle del pelaje del animal como las grietas de su trufa. Podría confundirse con una fotografía.

A su lado hay uno de una escultura que carece de brazos y cabeza pero cuenta con unas majestuosas alas de plumas. Su torso está cubierto por una tela que cubre sus piernas aunque deja destapada una de ellas.

—Es la Victoria de Samotracia —murmura a mi espalda—. También se conoce como Niké de Samotracia .

—¿Está exhibida en algún lado?

—En el Museo del Louvre.

—¿Está cuál es? —pruebo con delicadeza. Lo que significa que Locke esté dejándome ver esto es sobrecogedor.

— El Rapto de Proserpina , de Bernini. Desde el ángulo en el que lo dibujé no se aprecia pero la escultura tiene detalles alucinantes.

Aquí —Toma la ilustración en sus manos y señala las piernas de ella con la punta de su dedo—.

Se ven los dedos de Plutón agarrando a Proserpina.

El detalle de cómo se hunden en su piel es impresionante.

—Esos son los nombres romanos, ¿no?

—Sí. —Vuelve a colocar el dibujo en su sitio—. Los griegos son Hades y Perséfone, que puede ser que te suenen más.

—Es algo que te han tenido que decir mucho, pero tienes un talento increíble, Locke —digo, admirando el resto de las ilustraciones.

Enmarcado sobre el escritorio descansa el retrato de una mujer de una mujer.

Tiene el pelo largo y alborotado y sonríe con los ojos cerrados. Lo señalo con el dedo—. ¿Quién es?

—Mi madre.

El pensamiento de que quizá he invadido demasiado su privacidad me devuelve de sopetón a la realidad.

Le miro sobre mi hombro.

—Perdona, no pretendía...

—Está bien.

—¿Tienen nombre?

—¿El qué? ¿Las ilustraciones? No.

—¿Por qué no?

—No tengo esa costumbre.

—Podrías ponerles —sugiero porque no se me ocurre nada mejor que decir ahora y por supuesto, cerrar la boca no es una opción. Trago saliva—. Gracias por dejarme ver esto.

—Te he dejado la ropa en la cama.

—Gracias —repito—. ¿Vas eligiendo tú la película?

—Sí. Te espero en el salón. —Cruza el vano de la puerta y cierra antes de marcharse.

Dejo salir todo el aire que retenía en el pecho.

Me cambio de ropa, vistiéndome con la suya y antes de abandonar el cuarto permanezco unos minutos más admirando las ilustraciones. Tengo la intención de salir cuando mis ojos se detienen en uno que me deja clavada en el suelo.

Locke tiene un retrato de mi rostro colgado en la pared.

◆◆◆

Meto en la secadora tanto mis vaqueros como la sudadera que también se ha empapado de haber tenido el abrigo entre los brazos. Cierro la puerta del electrodoméstico después de comprobar el filtro de las pelusas. Antes de activar el programa, me aseguro de que el depósito de agua también está vacío.

Cuando me dejo caer al lado de Locke en el sofá, ya ha recogido la tabla de planchar.

Me echa un vistazo.

Me ha dejado unos pantalones de chándal que me quedan considerablemente largos y una camiseta de color verde oscuro, similar al de sus ojos, que hace que mi hombro asome.

Estoy hasta las narices de la calefacción central. Me encanta llevar sudaderas y taparme con mantas suaves y gruesas y...

—Vamos a ver El Resplandor .

—¿Qué? —cuestiono. Debo haberle escuchado mal.

—Íbamos a verla al volver de Dunkerque, pero... —opta por dejarlo en el aire y en parte lo agradezco. No hay necesidad de que termine esa oración.

Aún estoy a tiempo de marcharme a mi piso.

Aún estoy a tiempo de no ver la maldita película que me va a tener en tensión durante todo lo que dure.

—Claro, sí —digo en cambio—. Te tocaba elegir a ti.

Locke le da al play y la música introductoria se opone al silencio que dejamos en el salón.

◆◆◆

Transcurrida la primera hora, a pesar de que he empezado a verla apoyada en la esquina del sofá manteniendo la distancia, ahora estoy pegada a Locke, con mi brazo enganchado al suyo y mi rostro oculto tras mi mano para ver solo a medias el contenido en la televisión.

La tensión que nos envolvía parece haberse escondido en los muebles. Sé que saldrá de su escondrijo antes o después, pero hasta entonces, parece que ambos hemos accedido en un pacto silencioso a actuar como si entre nosotros no hubiese un abismo separándonos.

—Gabriela, no está pasando nada —dice cuando vuelvo a rezongar entre dientes.

—Pero, ¡pasará! Y además cuando menos... ¡¡¡¡AAAAA!!!! —El corazón me da un vuelco cuando aparecen dos niñas gemelas al final de un pasillo. Me cubro al completo la cara con las manos—. ¿¡Ves!?

—Solo iban a preguntarle si quiere jugar con ellas, Gabs... —comenta con un toque de humor y vacile—. No es para tanto.

Me quito las manos de la cara. Me enderezo en mi lugar.

—He echado de menos eso —musito—. Que me llames Gabs.

Sus ojos pesan más que de costumbre sobre los míos.

—Yo te he echado de menos a ti —confiesa en el mismo tono.

Mis cejas se arquean al tiempo que mis labios se fruncen.

Trago saliva. He perdido la cuenta de las veces que he pretendido deshacerme del sabor agrio que me ha conquistado desde que he puesto un pie aquí dentro y me he encontrado con él.

—Yo a ti también, Locke —me sincero—. ¿Qué...? ¿Qué tal en Londres?

—Bien. ¿Cómo llevas tú la rodilla?

—Mejor.

Asiente varias veces con la mirada fija en el borde del sofá y sus propios labios apretados en una fina línea.

La película sigue reproduciéndose pero ninguno le presta atención.

Todas esas palabras que no hemos compartido en las últimas semanas se vuelven demasiado pesadas en mi lengua.

A él parece ocurrirle lo mismo.

—No puedo seguir así, Gabs. —Toma una inspiración entrecortada por la nariz. Comienza a negar con la cabeza—. No aguanto más con esto; sin hablar contigo.

—Locke...

—Sé que me dijiste que no pero, por favor, déjame contarte una cosa. Deja que te hable de mí y si después te mantienes en que intentarlo no es siquiera una opción, lo entenderé y no volveré a mencionarlo.

—Locke no tienes que...

—Quiero hacerlo —me asegura—. Quiero hablarte de mí.

Trago saliva.

Me muero de ganas por hablar con él, de conocer todas las cosas que desconozco y encontrarle respuesta a todas esas incógnitas que se han formado a lo largo de estos últimos meses.

He confundido muchas veces el sentimiento de una mirada fingida por el de una cargada de arrepentimiento, sinceridad o empatía. Muchas.

Lo que tengo claro es que siempre me equivocaba porque estaba mirando los ojos incorrectos. Porque los verdes que tengo delante de mí, suplicándome que le dé la oportunidad de hablarme de él, esos ojos no me han mentido nunca.

Y sé que ahora tampoco.

—Te escucho.