Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

De vuelta en Schaerbeek

Locke

Ese momento de realización respecto a algo que no sabías que estabas haciendo y resulta ser una de las cosas que más te representan es incómodo.

Te quedas en silencio, recreándote en las palabras un par de segundos porque quieres creer que no las han pronunciado, que no son la verdad, pero sabes que lo son porque escuece.

Un sentimiento de culpa me estruja el pecho desde anoche y lo peor de todo es que Gabriela tiene razón.

Aprenderme cada detalle de ella ha sido sencillo; es igual de transparente que ese riachuelo que desciende por un sendero y te inunda de una sensación de calma.

Yo, en cambio, no he dejado que ella me vea a mí.

No sé qué me pasa con Gabriela. Bueno, en realidad sí lo sé, lo que desconozco es desde hace cuánto. Sé que quiero compartir mis silencios con ella aunque no sé cómo y sé que no tengo ninguna duda de que quiero que los abarrote de sus palabras a pesar de que jamás haya deseado algo similar.

Cuando me marché de la habitación, lo hice porque necesitaba que me diese el aire.

Subí hasta la última planta del hotel, a la azotea.

A diferencia de la de nuestro edificio en Schaerbeek esta está decorada con más que dos simples tumbonas de plástico.

Habías sillones y pequeños farolillos que la iluminaban con una luz cálida.

Tan pronto como puse un pie ahí arriba supe que le habría encantado ver la película ahí; que a pesar del frío habría sugerido coger el edredón extra del armario y acomodarnos en los sillones enfundados en nuestras sudaderas.

No sé cuánto tiempo me tiré ahí. Quizá una media hora.

No sirvió de nada más allá que para congelarme.

Gabriela no había cambiado de postura cuando regresé a la habitación. Seguía vuelta hacia el mismo lado, dándome la espalda.

Permanecí con los ojos abiertos, clavados en a saber qué punto del cuarto sumido en la penumbra mientras le escuchaba respirar y no dejaba de recrearme en la idea de lo mucho que me gustaría retroceder en el tiempo y regresar a hace unos días, cuando todo seguía bien entre nosotros.

«No eres el tipo de chico que me conviene».

Esta mañana, nos hemos despertado con su alarma, bajado a desayunar, terminado de guardar las cosas en las mochilas, devuelto la tarjeta de la habitación y metido en el coche para volver a Bruselas.

Dos horas después, aparco en la cochera subterránea de la Avenue des Azalées y todo cuanto nos hemos dicho al otro hasta ahora ha sido el escueto «buenos días» según nos hemos levantado.

Giro la llave en el contacto y el motor se apaga.

Trago saliva, perdido más que incómodo en este silencio.

«No eres el tipo de chico que me conviene».

Le echo un vistazo a Gabriela. Tiene la mirada clavada en sus manos, que juguetean con los cordones de su pantalón deportivo.

—Ya hemos llegado —murmuro y me dan ganas de pegarme un bofetón a mí mismo.

—Ya —dice de vuelta en el mismo tono.

Me paso la punta de los dedos por la nuca.

Sería tan fácil como abrir la puerta, salir del coche, coger las mochilas e irnos cada uno a nuestro piso. Son tres pasos muy sencillos.

Abrir la puerta. Salir del coche. Coger las mochilas y...

—No quiero gustarte —pronuncia a toda velocidad y en poco más que un susurro.

—¿Qué? —pregunto ya con la mano en el manillar. Giro la cabeza hacia ella.

—Que no quiero gustarte, Locke —repite algo más alto—. Sería todo mucho más fácil.

—Eh... —dudo. Si ya me ha descolocado la parte de que no quiere que sienta nada por ella, esta me ha terminado de dar la vuelta—. ¿Por... ¿Por qué sería todo más fácil?

Una parte de mí, la que mantiene un ápice de esperanza, me dice que es porque siente lo mismo que yo, que también le gusto pero le aterra y en eso también coincidimos.

Gabriela niega con la cabeza.

Por mucho que ayer, aunque de puntillas, rozáramos ese tema, creo, más bien, estoy seguro de que conozco el principal motivo de su rechazo. Pero necesito que me lo diga, necesito que verbalice el pensamiento que cruza mi mente al mismo tiempo que ocupa la suya.

—Gabs... —tanteo.

—No quiero que me hagas daño —confiesa.

—No voy a hacerte daño —pronuncio sin necesitar un solo segundo para premeditar la respuesta—. Jamás podría...

—Eso también me lo dijo él.

La punzada que en el lado izquierdo de  mi pecho es automática.

Porque no estaba equivocado.

«No eres el tipo de chico que me conviene».

Joder, ¿cómo voy a dañar a la única persona que parece ser capaz de estar recomponiéndome?

—Creo... Creo que voy a irme al piso. —Envuelve el tirador y hace por abandonar el coche.

—Gabs, espera, no te vayas —escupo, acelerado—. Por favor.

Una respiración temblorosa sale de entre sus labios antes de soltar con lentitud el manillar y volver a girarse hacia mí.

Verle su rostro, con los ojos llenos de lágrimas, me parte el corazón en dos.

—Gabs, ¿qué pasa?

Una lágrima se desliza por su mejilla y, como anoche, no me atrevo a limpiarla.

—Lo siento. Es que... Ayer te escuché decir eso y no he podido evitar recordar...

Bueno. —Niega con la cabeza sin terminar de completar la frase—.

Joder, soy tan estúpida. Sé que no eres él.

Me has demostrado de todas las formas posibles que no te pareces en nada a él.

Madre mía. —Se cubre la cara con las manos—.

Siento muchísimo haber dicho eso. Lo siento, Locke, pero no puedo...

—Eh... —Con delicadeza, agarro sus antebrazos y hago que me mire a través de sus pestañas empapadas—. No me pidas perdón. No tienes nada por lo que pedirme perdón, Gabs.

—Sí —me contradice—. Porque ya no va a ser lo mismo.

—¿A qué te refieres?

—Entre tú y yo.

—¿Por qué? —cuestiono—. ¿Por qué iba a cambiar?

—Porque yo tampoco puedo seguir fingiendo durante más tiempo que te veo solo como a un amigo. Ni siquiera te veo como a un amigo, Locke. Y lo último que quiero es hacerte daño a ti, así que...

—No —le interrumpo—. Por favor, no me alejes de ti.

—Va a ser lo mejor. Al menos durante un tiempo.

—Gabs, no va a ser lo mejor, no...

—Gracias por acompañarme —dice tras estirarse para coger de los asientos traseros su mochila—. Gracias por todo.

Y si pensaba que no había nada que pudiese engarrotarme el pecho y aplastarme aún más el corazón, Gabriela me demuestra lo contrario al inclinarse en mi dirección y dejar un beso en mi mejilla.

—Gabs, por favor...

—Adiós, Locke —musita.

Abre la puerta del coche y la cierra con ella fuera. Rodea la parte frontal y yo le sigo con la mirada y la esperanza de que vaya a dar media vuelta.

—Buenas noches, Gabriela —respondo, pero ya ha desaparecido tras la que da a las escaleras de acceso.

Cuando un día más tarde, el lunes, Gabriela pasa por mi despacho, no hace ni el amago de acomodarse en la silla frente a mi escritorio. Apenas me dice nada en ese momento ni en el coche un par de horas después.

El martes ocurre lo mismo.

El miércoles no trabaja, pero el jueves no aparece por mi despacho durante el tiempo que estoy en él. Lo que me llega es un mensaje diciendo que ha salido antes y va a regresar en bus.

Ocurre lo mismo el viernes y se me hace aún más bola cuando al llegar a su piso me entero de que ha salido con unos amigos de la academia y no pasará la noche con nosotros.

Nada me duele tanto como despertarme el sábado por la mañana y que lo primero que lea sea el mensaje en el que me dice que no va a poder ver la película esa tarde.

Lo mismo ocurre una semana después.