Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Las consecuencias de besar a Locke Sommers

Gabi

Un hormigueo se ha hecho con mis extremidades desde que Troy ha anunciado a nuestro grupo como el ganador del torneo y persiste hasta ahora, entrada la madrugada, después de habernos ido a tomar unas copas todo el equipo junto a Gala y Mikel para celebrarlo.

Antes de acceder, le he preguntado a Locke si le apetecía acompañarme.

No te preocupes por mí, puedo irme al hotel, me ha respondido y yo le he asegurado que quería que viniera conmigo.

Hablas inglés, le he dicho como argumento, que es el idioma en el que nos comunicamos entre todos en la academia y qué menos que agradecerle el favor que me ha hecho tanto trayéndome como negándose a que le de la mitad de lo que ha costado la habitación que invitándole a tomar algo.

Porque, para nada, ha estado mi insistencia impulsada por el pavor que me provoca volver a quedarme a solas con él... Qué va.

—¿¡No es flipante!? —exclamo en un susurro cuando echamos por las escaleras para subir a la tercera planta y llegar a nuestra habitación—.

Pero ¿cómo va a reconocerme? —cuestiono, aún atónita de que una bailarina francesa se haya acercado a decirme que me sigue en mis redes sociales y le encantan las coreografías que subo.

Locke me lanza una mirada entretenida.

Espero que aguante en esa actitud un rato más. Me veo incapaz de irme a dormir según entremos.

—¿Cuál te ha gustado más? —Me vuelvo hacia él y le apunto con mi dedo índice—. Y no me digas que el mío, que te veo venir.

—Es que ha sido mi favorito...

—Estaba tan nerviosa. Pero ¡ha salido tan bien!

Con la elevación que hago junto a Víctor por un momento he pensado que habíamos metido la pata hasta el fondo, pero por suerte hemos conseguido salvarla.

¿Y el final con Théo? En los ensayos siempre nos entraba la risa, peeeero —digo una vez más—, nos hemos sabido controlar hasta que se han apagado las luces.

Locke coloca la tarjeta frente al sensor y la puerta se desbloquea.

La deja en el tarjetero, las luces se encienden y sigo hablando mientras me desabrocho los cordones de las deportivas y él se quita el abrigo y la sudadera con sus ojos sobre mí y esa expresión de entretenimiento que siempre los protagonista cuando no parezco ser capaz de dejar de parlotear.

—¿Tienes hambre? —me pregunta—. ¿Has cenado suficiente allí?

—Sí, estoy bien, pero voy a ser incapaz de dormirme hasta dentro de un buen rato. Me he traído el e-book , así que...

—O podemos ver una película —sugiere.

Alzo la cabeza según me quito el segundo zapato.

— El Resplandor no, por favor. Que estamos en un hotel, Locke. —Mis cejas se arquean ante el simple pensamiento de verla y tener que pasar la noche aquí.

Él niega con la cabeza, pero accede.

Y por ello, la elegida es Grease .

◆◆◆

—Agh —protesto al escuchar uno de los comentarios de Danny y ver la reacción de sus amigos, quienes le siguen la broma—. Hombres... —me quejo en un murmullo cuando Sandy no reacciona.

—Ya la habías visto, ¿no?

—Sí, pero eso da igual; Danny es idiota siempre. ¿Tú no piensas así? —Vuelvo la cabeza hacia él al no obtener una respuesta inmediata.

Locke ha ocupado el lado derecho de la cama y ambos estamos ya arropados con el edredón hasta la cintura y la espalda apoyada contra el cabecero.

Hay un espacio entre nosotros que estoy segura, los dos estamos notando.

No solo porque la cama sea de un metro veinte y estemos recluidos en los bordes como si la mera idea de estar pegados fuese irracional.

Es también por esa grieta que se resquebrajó, separándonos, hace ahora más de veinticuatro horas.

Se pasa la mano por la mandíbula y frunce los labios.

—Yo creo que es cosa de ambos —contesta por fin.

—¿A qué te refieres?

—A que Sandy sabe cómo es Danny y a pesar de eso sigue detrás de él.

Parpadeo con desconcierto.

Dudo que haya hecho ese comentario con alguna intención, pero no puedo evitar sentirme atacada.

—Pero a Danny no le gusta Sandy, no de verdad —repongo—. Le gusta la idea que tiene de ella. Si de verdad sintiese algo por Sandy, ella no tendría que cambiar su forma de ser o vestir de una manera completamente distinta a la que acostumbra.

—¿Y a Sandy sí? —Es entonces cuando clava sus verdes en mí, letales—. ¿No crees que si a ella le gustase Danny tal y como es no querría que cambiara su comportamiento? Danny es un capullo de manual, sí, pero no lo intenta camuflar.

—¿Lo dices por algo en concreto? —mascullo

—¿Lo preguntas tú por algo en concreto?

Y así me doy cuenta de que todos mis esfuerzos por evitar que resurgiera esa tensión entre nosotros han servido hasta cierto momento, pero que he cubierto el cupo.

—Me molestan los comentarios que hacen de ella como si fuese un mero objeto sexual y me duelen aún más porque ahora veo está película de nuevo y me veo a mí en Sandy, ¿vale?

—admito, incómoda y molesta a partes iguales—.

Me molesta que nosotras nos quedemos siempre en segundo plano y que se nos mire distinto si hablamos de sexo de la misma manera que me molesta que dependiendo de si lo hace un hombre o resulte distinto que si lo hace una mujer.

Dejo salir todo el aire por la boca. Mi pecho sube y baja con la súbita agitación que me ha conquistado.

Locke me sostiene la mirada y sé que no tiene ni idea de qué responder porque acabo de saltar de un modo que ni yo misma esperaba. Pero es lo que pienso y si él escucha mi opinión en cada película esta no iba ser menos.

—Lo siento. —Aparto la mirada de él, en parte avergonzada, a pesar de no arrepentirme lo más mínimo de todo lo que acabo de decir—. No por lo que he dicho, sino por cómo lo he hecho.

—Yo no... —comienza—. No pretendía que te molestara, pero... Joder. Perdona, Gabs. No tendría que haberlo dicho.

—Le escribí una carta —escupo sin premeditar—. En Año Nuevo le escribí una carta para decirle que todo lo que pensaba y nunca le llegué a decir. Bueno, al menos una parte... A mi ex...

—Sé a quién te estás refiriendo.

La escena en el taller de coches con Greased Lightnin’ pasa a segundo plano a pesar de que sea uno de mis momentos favoritos de la película.

Me llevo el pulsar a los labios y mordisqueo la punta de mi uña en un gesto nervioso. Odio esto. Odio no sentirme cómoda a su lado, estar tensa, cuando nunca, en los meses que nos conocemos y los momentos que hemos compartido, me he sentido así.

—Y... —tantea cuando permanezco en silencio—. ¿Te ayudó?

—Sí —musito al cabo de unos segundos.

—Sé que anoche no acabó muy bien, pero llevas todo el día muy ausente. No has estado solo nerviosa por la competición. ¿Qué pasa, Gabs?

Me pregunto cuándo comenzó a comprenderme, a leerme, con tal facilidad.

Cómo sabe la forma en la que voy a reaccionar o cómo realizar la pregunta aunque el de hace un par de minutos no sea un buen ejemplo.

Es sobrecogedor. Porque me he dado cuenta de que me ocurre lo mismo con él pero a diferencia de haber memorizado este o aquel gesto, yo de Locke no sé nada.

Inspiro todo el aire que soy capaz de reunir y tras meditarlo durante segundos que me dan la sensación de ser eternos, pronuncio:

—Es… —Dudo por un momento en confesar lo que realmente está afectándome.

En parte me parece ridículo—. La de hoy era la primera competición en la que no bailaba con él después de mucho tiempo y sé que, como vuelve a estar con Melissa, lo más seguro es que ahora mismo estén discutiendo porque ella tenía que hacer un par de pasos con Carlos en la coreografía, él habrá visto el vídeo y le habrá parecido una falta de respeto. Me duele que siga ahí, que haya vuelto.

—No puedes hacer nada con eso. Es su decisión seguir con él a sabiendas de cómo es.

—Pero no puedo evitar sentirme mal.

—Gabriela, Melissa no te tiene ningún respeto a ti.

—Lo sé —balbuceo, sintiéndome tonta—. Créeme, lo sé, pero ¿qué hago, Locke? No puedo remediarlo. Quizá con ella es todo distinto y solo son mis recuerdos lo que me hacen pensar así, pero ¿y si no?

Locke tuerce el labio.

Sé que le parecerá una estupidez e incongruente e ilógico que empatice con ella; con quien me ha ridiculizado en la academia, tirado un cubata de fiesta aposta y no le importó acostarse con Iván cuando él y yo seguíamos juntos.

—Pero, lo cierto es que hay otra cosa en la que tampoco he dejado de pensar —me atrevo a murmurar—. ¿Recuerdas eso que me dijiste sobre que si de verdad me hubiese visto habría hecho todo lo que estuviese en su mano por mantenerme a su lado? Le he dado muchas vueltas.

No por nada se me ha estrujado tanto el pecho al ver a Sandy después de los meses transcurridos; después de haberme dado cuenta de que yo era esa misma chica que se aseguraba de amoldarse a sus esquemas y gustos sin salirme del margen.

He visto a Sandy y me he visto a mí, pero también he visto a Melissa y a todas las chicas que se pierden a ellas mismas por encontrar a la que creen que va a ser la pieza que haga que su puzle termine de encajar.

—Y... También eso que dijiste de que tú si me ves.

He pensado mucho en eso. Y creo que tienes razón —prosigo a toda velocidad al ver su intención de responder—.

Soy más cosas que «la novia de» y puedo ser de interés para alguien para algo más allá de lo sexual.

Pensaba que era algo que tenía claro porque verlo en otras chicas se me hace muy sencillo.

Es decir —Me acomodo en la cama—, ¿cómo va a, una chica divertida, guapa y con personalidad, dejar que un tío dictamine cómo puede o no comportarse?

¿Con quién sí y con quién no relacionarse?

Porque antes no lo veía pero ahora sé que lo soy.

Soy divertida, guapa y tengo una personalidad increíble.

—Eres más que divertida, guapa y una chica con mucha personalidad, Gabs.

—Sí, también hablo por los codos y me encanta repetir todo una y otra y otra vez, pero...

—Pero eres tú —me interrumpe—. Y me gustas así.

La respiración se me queda atascada en el pecho.

—Locke... —exhalo.

—No podía aguantármelo más, Gabs —dice con el rostro contraído en una expresión contrariada—. Sé que después de lo de anoche no es, ni mucho menos, el mejor momento, pero... Es la verdad. Me gustas y mucho. Y me jode no ser suficiente para que puedas corresponderme, pero...

—¿Qué? —Me enderezo en mi sitio. Pauso de una vez por todas la reproducción de Grease —. Locke, eres suficiente. Por favor, eres más que suficiente. Yo... —me tropiezo con mis propias palabras al querer decir todo lo que pienso de una vez—. Eres más de lo que jamás habría podido imaginar.

—Entonces, ¿cuál es el problema, Gabs? ¿Por qué reaccionaste así anoche? —Locke se yergue del mismo modo—. ¿Qué tengo que hacer para que veas que yo no soy él?

Siento mi corazón encogerse en mi pecho hasta quedarse seco.

—No es... Sé que tú no eres él, Locke. Créeme, lo sé. El problema soy yo. Si estuve rehuyéndote la mirada toda la noche no es porque piense que no deberíamos haberlo hecho. Porque te aseguro que volvería a besarte ahora mismo —confieso con mis ojos sobre los suyos.

El brillo en sus verdes se hace más intenso.

Me obligo a contestar antes de que él añada algo más, algo que me haga olvidarme de todo esto que estoy pensando.

—Pero no puedo. —Trago saliva, sintiendo el vértigo acecharme aunque esté sentada en la cama—. Tú no eres él pero yo sí sigo siendo la misma y soy un completo desastre en esto por mucho que me empeñe en demostrar lo contrario y...

—Eso no es verdad.

—Sí que lo es —contradigo.

—Gabriela, no eres un desastre.

—No lo sabes.

—Sí, porque te conozco. Sé que te mordisqueas la uña del pulgar cuando estás nerviosa como has hecho justo hace un momento y que juegas con tu pelo cuando te aburres.

Sé cómo te colocas los seis anillos que siempre decoran tus dedos o cómo te trenzas el pelo, la forma en la que se te encojen los ojos cuando sonríes y que te encanta el sushi y las novelas de romance porque te hacen pensar que algo como lo que lees te puede llegar a ocurrir.

Déjame demostrarte que sí puedes vivir algo así y que quiero ser yo quien lo haga realidad.

Mis labios tiemblan, mis cejas se sacuden y me pican los ojos.

—Pero yo no te conozco a ti —pronuncio en un hilo de voz—. No sé nada de tu pasado ni de tus miedos o dónde te ves en un futuro.

—Pues quiero hacerlo, Gabs. Joder, quiero que me conozcas.

—No pretendo que me lo cuentes si no te sientes cómodo ni mucho menos porque te sientas forzado, pero entiende que es injusto que tú sepas todo lo que sabes de mí y yo no pueda responder a nada de ti.

Y... —Se me cierra la garganta antes de poder pronunciar las siguientes palabras.

Me arañan según escalan por ella y se clavan como astillas en mi lengua según pronuncio cada sílaba—.

Necesito ponerme primero por una vez, Locke.

—No tienes que dejar de hacerlo —me asegura.

—Eso sería injusto para ti. Corresponderte cuando sé que no estoy lista. Y además tú no eres...  —me freno justo a tiempo. Niego con la cabeza—. Creo… Creo que deberíamos dormir. Mañana tenemos que madrugar para volver a Bruselas y...

—Yo no soy, ¿qué?

—Da igual.

—No, no da igual —reitera—. ¿Qué no soy, Gabriela?

—Locke...

—¿Qué no soy?

—No eres el tipo de chico que me conviene —admito.

Un silencio se abre paso entre nosotros.

Una lágrima se desliza por mi mejilla.

Es la primera que Locke no limpia en no sé el tiempo.

—Buenas noches. —Me giro antes de que responda y apago la luz de mi mesilla que era la única que seguía encendida.

Una presión oprime mi pecho. Es agria y hace que respirar sea complicado pues me estruja los pulmones y me engarrota la garganta.

Locke permanece en la misma postura unos largos segundos.

—Buenas noches —pronuncia y se levanta de la cama.

Escucho el roce de varias prendas de ropa. Después, pasos por la zona a los pies de la cama y la puerta de la habitación abriéndose y cerrándose un momento después.