Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Ah, pero que ¿eres swiftie?

Gabi

Pauso la tercera alarma sin la necesidad de pestañear para alejar el sueño de mis párpados. Más de una hora antes de que sonara la primera —la de las seis en punto— ya estaba despierta.

Me levanto de la cama y entro sigilosamente en el baño. Me lavo la cara, deshago la trenza y le echo mano al neceser con mis productos de maquillaje.

Los surcos violáceos que se extienden debajo de mis ojos me provocan escalofríos. Hace semanas que no tengo las ojeras tan marcadas; semanas que no me cuesta conciliar el sueño ni son dos horas todo lo que consigo descansar en una madrugada.

Me maquillo las marcas con corrector, me peino las cejas, me echo base y mis pecas desaparecen tras ella. Cuando termino de ponerme la máscara de pestañas, guardo el estuche de maquillaje en la mochila que voy a llevarme a Dunkerque.

Pensar en tomarme algo más que un café hace que se me ponga el estómago del revés. Después de lavarme los dientes, salgo de casa antes de la hora que he acordado con Locke con la esperanza de que el helado frío de la mañana me espabile un poco.

No he terminado de cerrar la puerta de mi piso cuando aparece por las escaleras con un jadeante Luke a su lado. Vamos vestidos de forma similar; con pantalones grises anchos y deportivos y una sudadera que puedo ver porque lleva el abrigo abierto.

El dálmata se acerca a mí, aprovechando la holgura de la correa y me agacho para acariciarle con una sonrisa.

—Salgo enseguida —dice su dueño, sin detenerse a mirarme después de haber abierto su respectiva puerta y silbar para que Luke se aleje de mí.

El sentimiento de angustia instalado en mi pecho se acentúa.

Me incorporo y tragar saliva me supone un esfuerzo inconmensurable. Bajo por las escaleras y cruzo el portón del edificio. Aún no ha amanecido.

No sé cuántos minutos pasan hasta que Locke aparece con una mochila colgando de su hombro, pero no son los suficientes para ignorar la ansiedad voraz que escala cada segundo más arriba de mi garganta.

Cojo una inspiración temblorosa antes de seguirle en dirección al garaje subterráneo en el que descansa el coche.

Abro la puerta del copiloto. Me acomodo en el asiento abrocho mi cinturón mientras él arranca el motor. Me estiro hasta pulsar la pantalla de control. Me niego a pasar un solo minuto en este abrumador silencio.

Cuando la canción de Coldplay llega a su fin es el nombre de Taylor Swift el que se lee en la pantalla seguido del título this is me trying junto a un ritmo marcado que se prolonga durante más de veinte segundos hasta pronunciar el primer verso.

De reojo, observo a Locke repiquetear los dedos sobre el volante y… Sus labios moviéndose sin emitir sonido alguno, pero reproduciendo la letra.

—¿Te gusta Taylor Swift? —No soy capaz de retener la pregunta.

Me lanza una mirada.

Me arrepiento al momento de haber abierto la boca.

Solo parezco empeorar todo desde que salimos de ese puñetero ascensor.

—Sí —se limita a responder.

—A mí alguna que otra canción también me gusta... Amelie adora el último álbum que sacó... ¿Cómo se llamaba? ¿ The poets...?

—The Tortured Poets Department.

—Quién me iba a decir que eras swiftie —intento bromear, está claro que sin éxito alguno pues solo consigo que se encoja de hombros.

Jolín, esto va a ser más complicado de lo que pensaba—.

¿Cuál es tu álbum favorito? —No sé ni cuántos tiene ni cómo se llaman la mitad, pero tampoco sé qué más preguntar.

—folklore. Esta canción es de ese.

Asiento varias veces con lentitud.

Me llevo el pulgar a la boca y mordisqueo la uña con agitación.

Es todo mi culpa.

Esta sensación de aprisionamiento contra el asiento, la angustia de encontrarme con sus ojos en un reflejo, la falta de conversación entre nosotros…

Voy a explotar.

—Mira, Locke… Yo… Lo de anoche... —Las palabras salen de mi boca, disparadas y sin puntería alguna. No sé ni que estoy diciendo pero tampoco me paro a pensarlo—. Sé que te debo una explicación, pero no… ¿Podemos hablar aunque no sea de eso? Al menos no ahora.

—No soy yo quien está distante desde anoche —farfulla con la vista en la carretera.

—Lo sé y lo siento, pero...

—No me debes ninguna explicación, Gabriela.

Le miro con duda.

Estoy tan poco acostumbrada a escuchar esas palabras que es como si se colasen en mis oídos por primera vez.

Por un momento, pienso que va a quedarse ahí, hasta que lanza una pulla para asegurarme que está molesto y un rato largo.

—Me quedó claro que te arrepientes. No puedo hacer nada para cambiar eso.

—No me arrepiento —me apresuro a responder.

—¿No? —Me echa un vistazo—. Cualquiera lo diría teniendo en cuenta que tus palabras fueron «No deberíamos haberlo hecho» y «No estaba pensando con claridad».

—Locke, yo...

—Gabriela, lo digo en serio. No me debes explicaciones.

—Pero... —trastabillo. No sé qué decirle. No sé qué explicación darle aunque me haya asegurado dos veces que no quiere ninguna. Siento que se la debo—. Lo siento —musito antes de volverme en dirección a la ventana para intentar dormir a pesar de saber que no voy a conseguirlo.

Y al contrario de lo que pensé que sería este viaje junto a él, cargado de palabras, de compartir opiniones de todo y de nada, no volvemos a hablar durante la hora y media restante.

◆◆◆

Locke detiene el coche frente al anfiteatro un par de minutos antes de que den las diez y media. Me despido sin el usual beso en su mejilla y sin echarle una última mirada antes de que continúe en dirección al hotel.

Llego a la entrada con ritmo ligero donde ya están Fer y Carlos. Nos damos un abrazo los tres a la vez y me aseguro de alejar el reciente viaje de mi cabeza durante las próximas horas.

El anfiteatro es enorme y llegamos a la zona del escenario siguiendo algunas indicaciones.

Está reservado a nombre de «Worldwide 12» hasta poco más de medio día.

Lo más seguro es que después vayamos a comer a algún restaurante antes de tener que regresar para la competición.

Estamos convocados a las ocho y media de la tarde.

Estoy convencida de que para cuando acabe el torneo voy a regresar al hotel arrastrándome.

◆◆◆

Una vez ha finalizado el último ensayo, en vez de ir a un restaurante, Fer, Carlos, Théo y yo decidimos pasar por una tienda de comestibles y hacer un picnic improvisado cerca del mar .

Me esperaba Dunkerque distinto. Quizá porque cada vez que pienso en la ciudad lo que viene a mi cabeza es Harry Styles y su actuación en la película junto a Cillian Murphy.

Llego al hotel para las cinco de la tarde y tan pronto como pongo un pie en Recepción, el ritmo de mi corazón aumenta.

Con cada paso hasta las escaleras, con cada segundo que transcurre entre peldaño y peldaño, con cada metro que acorto en busca de la habitación que Locke me ha indicado en un mensaje.

Al estar frente a las 316, golpeo mis nudillos varias veces sobre la superficie de madera. Pasan unos segundos. No se abre así que vuelvo a llamar.

Nada.

¿Acaso se ha marchado?

Acerco mi mano una vez más, salvo que esta vez no llego a rozar la puerta. Se abre hacia el interior y me obligo a cerrar la boca en cuanto veo a un Locke sin camiseta y con solo una toalla envuelta alrededor de sus caderas. Algunas gotas de agua salpican su pecho y tiene el pelo húmedo y revuelto.

Mis ojos recorren el tatuaje en su hombro, pasando por el piercing en el lado izquierdo de su pecho y el que compartimos a la altura de su abdomen.

«Te quieres centrar».

Enfoco toda mi atención detrás de él, en el cubículo que es el baño, cuya puerta es contigua a la de la entrada y está abierta y con la luz encendida.

Acaba de salir de la ducha.

«No jodas, Sherlock».

—Locke —me apresuro a decir cuando vuelvo a mirarle.

—Hola, Gabriela.

Qué oportuna soy.

—Hola —repito—. Esto... Voy a... —Le señalo a él, aunque pretendo referirme al pasillo para cruzarlo.

Se hace a un lado y avanzo evitando todo contacto directo con sus ojos y la intención de colocar la mochila a los pies de mi cama .

Me quedan muchas cosas que hacer antes de regresar al anfiteatro.

Tengo que ducharme, peinarme, maquillarme, vestirme...

Me freno en seco según cruzo el umbral.

Solo hay una cama.

Por supuesto que solo hay una maldita cama.

—Tenían que ser dos. —Me giro hacia el vano que acabo de atravesar.

Apoyado en su hombro contra el marco que divide ambas estancias, Locke se ha cruzado de brazos sin todavía haberse molestado en vestirse.

—Lo he imaginado —dice como si nada.

—Pero, la reserva…

—He bajado a recepción. El único cambio que hiciste fue el de mi nombre.

—No puede ser. —Saco mi teléfono del bolsillo. Abro la página de la reserva. Está a su nombre, a falta de abonar el crédito en recepción, para una noche… Con una sola cama. Me llevo las manos a la cara—. Dios, qué desastre.

—No pasa nada —pronuncia en un tono menos áspero del que ha empleado esta mañana.

—Sí, pasa. —Me niego a elevar la cabeza. Sé que sigue con solo la puñetera toalla—. Se suponía que...

—No es la primera vez que dormimos juntos —me interrumpe—. Puedo dormir en el sillón si no...

—No —determino, cortándole yo a él. Guardo el teléfono en mi bolsillo—. Primero, es una estupidez que duermas ahí. No cabes. Y, segundo, la cagada ha sido mía, así que puedo dormir yo ahí o ver si tienen otra habitación o...

—No tienen. Ya he preguntado. Creo que la mitad de los bailarines de la competición han elegido hospedarse aquí.

—Qué bien —ironizo.

—Si tú estás cómoda a mí me da igual compartir cama.

—Está bien. Tienes razón. No es la primera vez que dormimos juntos —accedo tras pensarlo un par de segundos a pesar de tener la certeza de que voy a arrepentirme en cuanto digamos de acostarnos—. Ahora te doy la mitad de lo que ha costado la habitación y…

—No.

—¿Perdón? —Alzo la cabeza, mi ceño arrugado.

—No vas a darme nada.

—Pero, ¿por qué no? Ya sé que tienes dinero, pero yo también.

—No es lo mismo.

—¿A qué te refieres con eso? —Mi expresión confusa se acentúa. No sé si molestarme ante su comentario.

—A que a mí no me supone un esfuerzo ganarlo y a ti sí. Ahí está la diferencia. —Estoy a punto de responder, pero se adelanta—. Puedes quejarte todo lo que quieras, no voy a cambiar de opinión.

—Pero...

—¿Tenemos que estar a las ocho en el anfiteatro?

—Mejor a las siete y media. No quiero llegar tarde. Esto... —Jugueteo con mis anillos, nerviosa—. ¿Te queda mucho en el baño? Me gustaría darme una ducha.

—No, salgo enseguida.

Y dicho eso, Locke se da media vuelta.

Suelto todo el aire que retenía en los pulmones.

Media hora más tarde, regreso a la zona principal del cuarto con el pelo envuelto en una toalla. Me peino los rizos, me maquillo y es cuando estoy poniéndome la parte de arriba del conjunto a juego que vamos a llegar los doce bailarines que necesito pedirle ayuda para terminar de atarlo.

—¿Puedes echarme una mano? —Le doy la espalda y me recojo el pelo para que me ate las cintas cruzadas que componen la espalda del top de color marrón y naranja entremezclado con el azul de la tela vaquera.

Locke tira de ellas con decisión pero lentitud, preguntándome si así está lo suficientemente apretado o si estoy cómoda hasta hacer un lazo y afianzar el nudo para que no se suelte.

Me observo en el espejo. La ansiedad angustiosa ha pasado a hacerse con cada centímetro de mí y lo último que necesito ahora es ver mi reflejo y no poder contentarme con la imagen que este me devuelve.

—Estás preciosa —escucho a mi espalda.

Vuelvo el rostro sobre mi hombro.

Locke, con sus manos en los bolsillos del pantalón, me observa en silencio y con lo que creo que es el conflicto similar en su mirada que he distinguido esta mañana.

—Gracias —musito.

—Bueno... Esto... —carraspea—. ¿Vamos yendo?

◆◆◆

Me despido de él antes de dirigirme a los camerinos situados en la planta inferior del anfiteatro. Le he asegurado que estoy bien cuando me ha preguntado antes de separarnos. No vamos a volver a vernos hasta pasada la competición, después de que hayan anunciado los ganadores.

Tengo los sentimientos a flor de piel; intensificados por lo sucedido en las últimas veinticuatro horas, por el hecho de que no tengo la rodilla todo lo sana que debería, porque Locke no se está comportando igual que de costumbre y es la primera competición en el último año y medio en la que no bailo con Iván.

Y a pesar de eso, como con todo, nuestro turno acaba llegando.

Mi pecho se comprime con anticipación al escuchar nuestro nombre ser llamado. Estamos en la parte trasera del escenario, pero puedo ver por el lateral que debemos cruzar en breve a los bailarines previos a nosotros abandonarlo.

Me obligo a alzar la cabeza y no mirar a mis pies. Actitud desde el momento en el que piso la tarima y hasta que me baje de ella.

Aunque no me sienta segura.

Aunque los nervios estén teniendo lo mejor de mí.

Me coloco en mi posición. Encuadro los hombros y entrelazo mis manos frente a mi cuerpo a la altura de mis caderas esperando a que suene el primer golpe de música para empezar a moverme.

No puedo distinguir ningún rostro en el público por los focos que nos alumbran. Tampoco me da tiempo a pensar en dónde estará Locke, qué estará pensando o sintiendo.

La música rompe y estamos moviéndonos al instante.