CAPÍTULO 24 #3
En un semáforo en rojo, aprovecha la pausa para echarme un vistazo. De reojo, veo su intención de hablar, de referirse al evidente problema que tanto me estoy esforzando por ignorar y como se arrepiente justo antes de volver a poner el coche en marcha.
La melodía de su teléfono interrumpe A Head Full Of Dreams y de leerse el título en la pantalla de control se lee «Mon Amour».
—Dime, Caleb —dice tras pulsar un botón para responder la llamada.
Algo me dice que no fue Locke quien agregó su contacto así.
—¿Has salido de la oficina?
—Sí. ¿Necesitas algo?
—¿Puedes venir a recogerme a casa de mi madre? He venido sin el coche y no veas la que está cayendo.
—Estoy en cinco minutos.
La conversación continúa siendo inexistente mientras nos dirigimos a Evere, el municipio donde se encuentra la casa de la madre de Caleb.
Seguimos sin hablar mientras Locke detiene el coche frente a un edificio que poco tiene que ver con el que vivimos y pone los intermitentes. Tendrá por lo menos el doble de plantas que el nuestro y por ende el triple de viviendas y...
—Te dije que íbamos a salir de ahí —bromea en un intento de resquebrajar aunque sea un mínimo la tensión que nos aprisiona cada vez más y más.
¿O es solo a mí?
—Ya... —me esfuerzo por reírme, incómoda.
Volverme hacia él es un error garrafal.
En sus ojos refulge un brillo distinto al que los hacía fulgurar antes de meternos en el ascensor. La comisura de sus labios da un tirón queriendo alzarse. Me otea los labios y se me entrecorta la respiración un poco más.
Me quedo sin aire cuando estira la mano y engancha entre su pulgar e índice mi mandíbula y se inclina en mi dirección.
—Creo que no deberíamos haberlo hecho —escupo las palabras que se estaban aglomerando en la punta de mi lengua según su nariz roza la mía.
—¿Qué? —cuestiona, incrédulo, separándose de mí.
—Creo que no deberíamos habernos besado.
Sus cejas se arrugan, el brillo en sus ojos se apaga como cuando soplas una vela y dejo de sentir sus dedos en mi rostro.
—Gabriela, en tu cumpleaños...
—No estaba pensando con claridad —le interrumpo—. Y ahora tampoco.
Por primera vez, Locke parece quedarse en blanco.
No le culpo.
Sé que después de como nos hemos enredado el uno en el otro esto no tiene ningún sentido, pero nada más la realización me ha golpeado, he comenzado a hundirme en una marea de recuerdos.
—¿Por qué está la rubia de copiloto? —Caleb se deja caer en los asientos traseros—. Esto puede considerarse una infidelidad hacia mi persona, ¿sabes, Sommers?
Me giro para mirarle al tiempo que Locke hace lo mismo.
Los ojos de Caleb bailan entre ambos, desconcertados y curiosos a partes iguales.
—¿Sabéis qué? —Opta por alzar las manos, desentendiéndose del asunto—. No he dicho nada.
Al volver la vista al frente, me encuentro durante una fracción de segundo con la de Locke. No añade nada durante el resto del viaje y los diez minutos que tardamos en llegar hasta nuestro piso los paso hablando con Caleb.
Nunca he agradecido tanto la presencia de este chico como ahora.
¿Lo he utilizado de salvoconducto? Sí, pero necesitaba escupir las palabras. Me hacían unas cosquillas de lo más desagradables en la punta de la lengua. Ya me enfrentaré a las consecuencias en otro momento. Quizá mañana en el coche cuando...
Ay, madre mía. Mañana vamos a pasar dos horas juntos en este mismo coche; vamos a dormir en la misma habitación. Va a ser imposible que esa conversación no surja y lo más seguro es que todo sea incómodo y... Agh.
Porque, ¿qué pretendo solucionar con esa conversación?
¿Olvidarme de todo lo que me prometí a mí misma al llegar a Bruselas? ¿Que ese beso ocurra otra vez y que todo mi trabajo se vaya al traste? Y ¿qué vendrá después? ¿Aceptar lo que sea que Locke está causando en mí?
Porque no quiero.
No puedo.
Cuando llegamos al piso, me meto en la ducha. Regreso al salón casi tres cuartos de hora después y me siento entre Amelie y Cass una vez las pizzas están servidas.
Permanezco ausente casi toda velada, inmersa en mis pensamientos por lo que decido acostarme antes de lo que acostumbro; antes de tener que acompañar a la puerta a Locke como hago cada vez que se marchan.
Me es imposible no estrellarme contra sus verdes antes de abandonar el salón. Trago saliva. Ni siquiera me esfuerzo por sonreír; sé que no me va a salir bien, pero él inclina la cabeza hacia la izquierda, analizándome. Aparto la mirada y cierro la puerta de mi habitación detrás de mí según entro.
Me dejo caer en la cama, aturdida, confusa, donde Whiskey me espera desde a saber hace cuánto.
Apago la luz, pongo el móvil en silencio después de comprobar que tengo las alarmas activadas a sabiendas de que no me van a hacer falta; no voy a pegar ojo en toda la noche.
Y durante horas, mi mente se mueve por los sucesos de las últimas semanas. Nuestros roces accidentales, las miradas cómplices, las sonrisas sinceras y las caricias de sus dedos en mi rodilla, ese ínfimo beso que nos dimos en mi cumpleaños, el silencio cómodo entre nosotros...
El silencio.
Nunca había disfrutado del silencio.