Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—Joder, macho. ¡Qué nos vamos a morir! —Apoyo la cabeza en su pecho, que rebota cuando se sacude con una carcajada. Le echo una mirada entre molesta y sorprendida de que se haya vuelto a reír de esa manera—. ¿Te parece gracioso? Nos quedamos atascados en el puto ascensor, ¡y te ríes!

—No es eso.

—Pero, ¿si te acabas de reír?

Lo está haciendo ahora mismo.

Esa sonrisa completa con la que enseña los dientes.

—Locke, podríamos morir aquí dentro —repongo muy seria.

—No vamos a morir aquí dentro.

—No lo sabes.

—Sí, lo sé.

—Y, ¿si esto se descuelga? Caeríamos en picado y a tomar por saco. Locke, te estoy hablando en serio —insisto cuando vuelve a reírse—. Hay muchas cosas que quiero hacer en mi vida y si muero aquí no voy a poder. Imagina que no me da tiempo a... ¿Qué coño te hace tanta gracia?

—Nunca dices palabrotas y llevas ya unas cuantas en menos de un minuto.

Ruedo los ojos y a pesar de querer apartar la vista de él no retira sus manos de mi rostro y no consigo hacerlo.

El foco del ascensor parpadea un par de veces.

Nos quedamos completamente a oscuras.

—Ay, por favor. —Lo único que nos ilumina ahora es la luz de emergencia, tan tenue que solo distingo a duras penas algunas de sus facciones.

—¿Qué es algo que quieres hacer? Has dicho que son muchas cosas. —Coloca tras mi oreja un mechón que se ha soltado de la trenza—. Gabs, respóndeme.

—Quiero visitar Finlandia.

—¿Por qué Finlandia?

—Una de mis escritoras favoritas basó dos de sus novelas ahí. Llevo años queriendo ir. Aunque, bueno, también quiero ir a Italia y Grecia y... No lo sé, Locke. Quiero hacer muchas cosas que por culpa de un ascensor no voy a ser capaz de cumplir. ¡Ni siquiera he hecho puenting aún!

—¿Quieres hacer saltar de un puente al vacío? —cuestiona con un deje de entretenimiento en su voz.

—Y yo qué sé. Ahora mismo haría de todo menos estar aquí dentro. ¿Qué harías tú?

—Besarte.

El corazón me da un vuelco.

—Locke... —trastabillo.

—Ponte en el supuesto de que el ascensor se descuelga. Que no va a pasar —me asegura ante la especie de gemido aterrado que trepa por mi garganta—. Jamás descansaré en paz sabiendo que el beso que me diste en tu cumpleaños fue el único que nos dio tiempo a darnos.

—Eres un dramas.

—A mí también se me están pegando cosas de ti. —Sus labios están sobre los míos tan pronto como termina de pronunciar las palabras.

Agarro con más fuerza su americana, sorprendida, pero no dudo en ponerme de puntillas para estar a una altura similar.

Mi boca se enreda con la suya, correspondiéndole con un anhelo del que no era consciente y un escalofrío me recorre de pies a cabeza ante su lengua abriéndose paso entre mis labios.

Locke cuela sus manos bajo mi camiseta y un calambre asciende por mi columna, repartiendo un torrente de cosquillas por mis extremidades.

Las mías suben por su pecho hasta enroscarse alrededor de su cuello y entrelazar los dedos en su pelo.

Cuando tiro de sus ondas azabache un jadeo ronco brota de su garganta y se me pone de punta hasta el vello de la nuca.

—Ahora sí que puedo morir en paz —susurra.

Su respiración acelerada se entrelaza con la mía según nos separamos en busca de aire. Acuna con su mano derecha mi rostro, me roza la mejilla con el pulgar y después perfila mi mandíbula hasta juguetear con mi labio inferior.

Nuestros pechos suben y bajan con dureza y distingo sus ahora húmedos labios. Permanecen entreabiertos como si esperara que fuese yo quien regrese a ellos. Me relamo los míos, sin aliento.

—¿Esto también te parece cliché? —bromea. Su mirada baja a mi boca, regresa a mis ojos y ahí está otra vez esa forma de mirarme que me hace perder todo tipo de pensamiento racional.

—Es como si tú fueses el CEO y yo T/N.

—¿Qué?

—Da igual. —Me enderezo hasta perderme de nuevo en él y retrocedo sin pensarlo cuando avanza, me alza en brazos y me encajona contra la pared del ascensor. Soy incapaz de disimular el gimoteo que escapa de mí al sentir su cuerpo contra el mío.

Creo pensar que podría fundirme en él hasta convertirnos en uno mientras acaricio sus hombros, su pecho, su abdomen hasta aflojar su corbata y dar con el primer botón de su camisa.

No entiendo por qué esto no ha ocurrido antes.

Aunque esto no es una buena idea. Adónde están dirigiéndose sus manos; hacia dónde están dirigiéndose las mías; la intensidad del beso; los jadeos que ambos estamos soltando; sentir sus dedos agarrando mi cintura cuando termina de abrir mi propia camiseta y su boca perfilando el borde de mi sujetador después de haber atacado mi cuello.

Pero, Dios, si no es todo en cuando he pensado desde Nochevieja.

Uno de los focos del ascensor parece querer volver a brindar luz, dándome la oportunidad de ver su pupila dilatada al completo; la expresión alterada en sus ojos y la pregunta implícita en ellos respecto adónde quiero llevar esto.

Al momento, ambas luces recuperan su usual intensidad, los engranajes del ascensor vuelven a ponerse en funcionamiento y la realización de lo que acabamos de hacer me azota de golpe.

Sus verdes escanean mi rostro buscando la misma respuesta que pretendo encontrar en los suyos.

«¿Y ahora qué coño hacemos?».

Me deja en el suelo, boquea queriendo decir algo y le cuesta un segundo intento pronunciar:

—Quédate detrás de mí. —Me da la espalda y me centro en abrochar los botones del uniforme a toda prisa.

El ascensor se detiene a los pocos segundos en la octava planta.

—Ale, arreglado —pronuncia una voz fina aunque rasposa antes de que las puertas terminen de abrirse del todo—. Señor Sommers, ¿todo bien? Ha estado media hora encerrado ahí dentro.

¿Media hora?

¿Hemos estado aquí dentro treinta minutos?

—Sí —carraspea Locke—. Todo bien.

—Ya aprovecho y bajo con usted. Subir los ocho pisos a pie ha sido suficiente. Mire que hacía tiempo que no se averiaba el ascensor, pero está claro que pueden pasar veinte años sin que suceda algo y solo basta con un instante para que... Anda, hola —me saluda al verme detrás de Locke.

Con las mejillas ardiendo, le devuelvo el saludo antes de clavar la mirada en mis pies.

Si Phil, el hombre de mantenimiento, ha podido comprender de la palpable tensión que nos envolvía que algo ha pasado aquí dentro durante el tiempo que hemos estado encerrados, no dice nada. Se limita a despedirse de nosotros y ser el primero en abandonar el ascensor al llegar a la planta principal.

Salgo escopetada hacia la sala de limpieza. Dejo el carrito, apoyo las manos en el mueble del lavabo y me tomo un momento para respirar.

Tengo las mejillas como dos tomates, la trenza hecha un desastre, los botones de la camisa mal abrochados y el presentimiento de que en cuando vea a Locke según salga de aquí voy a quedarme bloqueada.

Dejamos atrás la SommeWhat Company y cruzamos la calle a toda prisa sin querer calarnos con la lluvia que parece no cesar.

Locke arranca el coche y maniobra mientras busco una canción para evitar el silencio a toda costa.