Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Odio los ascensores... un poco menos

Gabi

La semana transcurre con rapidez y antes de que pueda darme cuenta no solo ha llegado un nuevo viernes de pizza, sino que mañana es la primera competición de la temporada.

Mi turno en la oficina comienza dentro de quince minutos y estoy agotada tras el último ensayo y dominada por los nervios respecto a cómo se dará el primer torneo de cara a la Intercontinental de junio.

No podemos fallar ni permitirnos quedar por debajo de los tres primeros clasificados.

Y para terminar de ponerle la guinda al pastel, lleva desde que me he despertado lloviendo y tronando sin cesar. Háblame de un día idílico...

Igual que en cada jornada, empujo el carrito de limpieza por el pasillo de la decimotercera planta. Veo a Harriet y me limito a saludarle pues llevo los cascos puestos y ahora lo único que quiero que me acompañe es la música de Coldplay.

Empiezo un día más por el despacho de Marc Sommers, después por el del mediano de los hermanos y continúo por el de Locke. Me lo encuentro vacío y aunque me extraña, en parte lo agradezco.

Regreso sobre mis pasos y no es hasta más de una hora y media después, cuando me dispongo a limpiar el último de los despachos que me encuentro con su figura en la puerta .

No es la primera vez que se queda en silencio, apoyado sobre su hombro en el marco de la entrada esperando a que me dé la vuelta y entonces asustarme.

De hecho, me atrevo a decir que lo ha cogido por costumbre porque le parece de lo más entretenido.

No hay más que ver cómo surge sin esfuerzo la sonrisa de capullo en su rostro.

Me quito los auriculares antes de hablar.

—Algún día te devolveré todos los sustos que me das en uno solo. —Le apunto con el dedo índice. Si está aquí es porque ha terminado algo antes el trabajo.

—¿Me vas a provocar un infarto?

—No me tientes. —Dejo el trapo encima del producto de limpieza y cojo el rollo de bolsas de plástico para cambiar la de la papelera bajo el escritorio.

—¿Te queda mucho?

—Este es el último. —Me agacho para llegar al cubo de plástico—. No tienes que esperarme si tienes prisa. Puedo volver en bus.

—¿Con la que está cayendo? Olvídate. —Entra en el despacho al tiempo que recupero mi altura y se desabrocha la americana.

—¿Qué haces? —cuestiono.

—Ayudarte. ¿Qué te queda por hacer?

—No vas a ayudarme.

Más que echarme una mano, me distraería. Supongo que tengo que darle las gracias a todos los pensamientos intrusivos que han protagonizado mi mente desde el pasado sábado.

No he dejado de pensar en lo ocurrido en mi cumpleaños.

Ni en el roce efímero de sus labios sobre los míos, ni las cosquillas que volví a sentir en la boca del estómago al tener sus manos en mi cintura, ni la forma en la que pronunció mi nombre ni mucho menos he podido dejar de recrearme en que, si él hubiese vuelto a cerrar esa distancia entre nosotros, yo no me habría apartado.

—Y menos en traje —añado con obviedad. Sé que es de todo menos barato.

—Puedo quitármelo si te parece mejor. —Me sostiene la mirada, tentando, mientras termina de quitarse la americana.

—¿Y arriesgarme a que cojas un resfriado? —Chasqueo la lengua. No voy a darle la satisfacción de confirmar una vez más lo fácil que le resulta ponerme nerviosa—. No, Locke, te necesito de chófer.

—Y mi ayuda también —asegura. Estira el brazo hasta pasar la punta de su dedo por la balda más alta de la estantería y mostrarme todo el polvo acumulado de una sola pasada—. No llegas —declara con sorna.

Pongo los ojos en blanco.

—Vale, Don Mido Casi Un Metro Noventa. Limpia la última balda que nadie ve ni usa.

—Casi un metro noventa no. —Coge el trapo que hace un momento he dejado y se agacha hasta estar a la altura de mi rostro—. Metro noventa clavado. No me quites lo centímetros que me corresponden porque tú no llegues al metro sesenta.

—Pero... —Me vuelvo hacia él—. ¡Si mido un metro con sesenta y tres centímetros!

—No vale medirse con tacones.

—No te aguanto.

Suelta una carcajada que, a pesar de querer continuar con mi enfurruñamiento momentáneo, me hace imitarle.

Disfruto de la risa de Locke como de pocas cosas, más si soy yo la causante de ella.

—¿Por qué estás de tan buen humor? —curioseo al recordar que no hemos coincidido en su despacho.

Locke me dedica un vistazo cómplice por encima del hombro.

Sé que ha tenido al menos una reunión pues lleva corbata pero, o bien ha sido antes de que mi turno diera comienzo o bien no ha sido en la sala de reuniones de la planta trece.

—Hemos vuelto a reunirnos con la empresa alemana que lleva lo del museo —dice mientras pasa el trapo por la estantería.

Se detiene y se gira hacia mí con lentitud—.

Me han confirmado que van a llevar a cabo mi propuesta.

Hemos firmado hoy. —Consigue tragarse la sonrisa pero es incapaz de disimular el orgullo con el que refulgen sus ojos verdes .

Sé que todo cuanto conozco respecto al museo no es ni una ínfima parte de lo que hay detrás. Y quiero saberlo. Todo. Que me cuente por qué es tan importante para él, qué hay detrás de ese Museo de Fenses.

Claro que me he asegurado de recabar información por internet pero quiero saberlo de él.

¿Acaso Locke pinta cuadros o solo ilustraciones como la que hizo de mí pero tiene un apego emocional porque quizá Aída le llevaba allí de pequeño? ¿Querrá realizar una exposición con sus propias obras? ¿Por eso la propuesta? ¿De qué va la propuesta, siquiera?

—Me alegro muchísimo —le digo con total sinceridad.

Quiero seguir hablando de esto; que responda todas esas preguntas que surcan mi mente, pero parece que él ha tenido bastante con lo ya dicho, pues cambia el rumbo de la conversación.

—¿Cass te ha contado algo nuevo de lo que vimos?

Estoy a punto de reírme de lo cotilla que puede llegar a ser, pero recuerdo lo que estuvimos a punto de hacer él y yo escasos segundos antes y mi sonrisa se convierte en una mueca incómoda.

Ninguno de los dos ha tocado el tema durante esta última semana. Ha estado ahí, presente, pero lo hemos ignorado con creces. Lo que no he podido pasar por alto es que el trayecto de vuelta al piso se me ha hecho cada día más largo y embarazoso.

—Sí —me limito a responder. Me he tenido que aguantar las ganas de acribillar a Cass a preguntas hasta que ayer, por fin, nos quedamos a solas después de toda la semana y pude realizar mi exhaustivo interrogatorio.

Ahora he pasado de desear saber todos los detalles a querer que hubiese algo más de salseo. Según ella, solo ha sido cosa de una vez; regresó del club de escritoras, yo seguía con Locke en nuestro piso, llamó al de los chicos, le abrió Noah, una cosa llevo a la otra y... Ya.

—¿Y? —inquiere al ver que no añado nada más.

—¿Noah no te ha contado nada?

—Sí, pero quiero tu versión. Tenemos ambas partes de la historia. ¿Sabes lo que supone eso? —Hace una pausa para brindarle a la escena mayor dramatismo—. Que podemos comparar información.

—No puedo, lo siento. Código de amigas.

—Me ofendes.

Suelto otra carcajada y pongo las manos en el tirador para sacar el carrito del despacho. Unos par de relámpagos se dejan ver a través de la opaca cortina justo antes de que cierre la puerta.

—Gracias —le digo mientras avanzamos hacia el ascensor.

—No me las des. —Locke vuelve a ponerse la americana—. No te libras de que la semana que viene veamos El Resplandor .

—No me lo recuerdes.

Me llevo las manos al cuello nada más las puertas metálicas se cierran. Tengo unas ganas inmensas de dejarme caer en la cama. No. Primero de darme una ducha ardiendo, cenar lo primero que encuentre por no irme con el estómago vacío a dormir y entonces, dejarme caer en la cama.

—¿Cansada? —me pregunta Locke ante el suspiro quejicoso que dejo escapar.

—No te haces una idea. —Los números en la pantalla de la pared van descendiendo según pasamos de planta—. Tengo las cervicales hechas un...

El ascensor se agita como nunca ha hecho acompañado de un ruido chirriante. Se detiene de sopetón tras una segunda sacudida pero las puertas no se abren.

Los que se abren como platos son mis ojos. Los clavo en Locke.

Esto tiene que ser una broma.

Joder. Joder. Joder.

Mira que hasta hace dos segundos podría haber afirmado que este era el único ascensor en el que no sentía una tensión constante, pues es mucho más moderno que el de nuestro edificio y no emite sonidos estridentes ni metálicos cada vez que lo usas.

Pero no. Por supuesto era demasiado bonito para ser verdad.

Joder, cuánto odio las tecnologías y todo lo que no dependa de usar las piernas. Ya no me gusta este ascensor. De hecho, acabo de decidir que lo odio.

Lo odio. Lo odio. Lo odio.

Nos vamos a morir.

Y nos vamos a morir aquí dentro .

El corazón  comienza a latirme desbocado en el pecho.

—Suele fallar cuando hay tormenta —dice Locke ante la expresión aterrorizada que debe reflejar mi rostro—. No pasa nada.

—Ah, ¿sí? —Me vuelvo hacia él. Cierro las manos en puños alrededor de la tela de su americana—. ¿¡Y cuándo pensabas compartir esa información conmigo!? —espeto, agitada.

—Gabriela, no va a pasar nada —reitera—. Solo se ha estropeado.

—Con nosotros dentro. —Elevo el tono de voz, aunque este sale de mí en un quejido ahogado—. Joder, odio los putos ascensores. ¿Le has dado a la campanita? Por Dios, ¡dale al botón de la campanita!

No me percato de que he empezado a respirar más rápido hasta que Locke lleva sus manos a mi rostro y me obliga a enfrentarme a su mirada. La vergüenza que siento al notar una lágrima deslizarse por mi mejilla es de otro mundo.

En vez de referirse a esta, pasa el pulgar sobre mi piel y lo vuelve a hacer con la segunda y la que sigue a esa.

—Gabs, no va a pasar nada —repite por tercera vez con la intención de brindarme algo de calma—. Y sí, le he dado a la campanita.

—¿Gabs? —Sorbo mi nariz, tragándome la pequeña risa que quería salir de mí—. Nadie me llama Gabs.

—Bueno. —Se encoge de hombros—. Ahora yo sí.

El ascensor vuelve a moverse.