Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

Pienso en denegar su oferta a pesar de que vaya a costarme una cantidad considerable llegar de otro modo a la ciudad francesa; sé que tiene lío en la empresa, muchas reuniones, trabajo acumulado y…

Y tan pronto como esa hilera de pensamientos cruza mi cabeza me limito a darle las gracias y olvidarme de todos los motivos por lo que quizá no le convendría perder ese par de días por hacerme un favor a mí.

—Tengo que estar en el anfiteatro a las once en punto —le hago saber—.

Pero la hora de entrada al hotel no es hasta…

Ay. La reserva del hotel. Bueno, luego intento ponerla a tu nombre para que puedas entrar a la habitación y no tengas que esperar a que vuelva del ensayo.

No sé lo que voy a tardar. ¿Qué tienes ahí?

—No puedo aguantar las ganas un segundo más.

—Eh... —Se rasca la nuca. No se acomoda contra el respaldo ni estira el brazo por este ni busca mis piernas con la misma seguridad de antes.

¿Por qué de pronto está tan nervioso?

O incluso me atrevo a decir que avergonzado.

—Es... Feliz cumpleaños, Gabriela —concluye cuando no parece encontrar palabras con las que responder.

Acepto el regalo según me lo ofrece y con eso sé qué es.

¿Cuál? De momento lo desconozco, pero sí tengo claro que es un libro.

Busco los pliegues del papel. Está envuelto con esmero y tanto cuidado, que es de esos con los que te da incluso impresión rasgarlo de manera incorrecta.

Él vuelve a rascarse la nuca y yo continúo abriéndome paso por el envoltorio hasta tener delante de mí... Madre mía.

—Locke... —pronuncio su nombre sin aire en los pulmones.

—No es nada.

—¿Qué no es...? —Sobrecogida, pestañeo con velocidad al sentir que ya se me empaña la vista pero queriendo absorber todos y cada uno de los detalles a la vez—. Claro que lo es —contradigo.

¿Cómo no va a serlo la edición verde turquesa con decoraciones en dorado y encuadernada en tela de Mujercitas ?

Los cantos están pintados con ilustraciones de las hermanas March, al igual que las páginas de cortesía, esas que suelen estar al comienzo y al final sin nada sobre ellas, en este caso están protagonizadas por Meg, Jo, Beth y Amy.

Los inicios de cada capítulo decorados con florituras y tipografías de letras elegantes y...

No puede ser.

—¿Lo has leído? —Alzo la cabeza, atónita al haber reconocido su caligrafía sobre la impresa en los márgenes del interior del libro—. ¿Y lo has anotado?

—Hicimos un trato —dice como si nada, refiriéndose al día en el que vimos una película juntos por primera vez.

—¿Y qué? Un día haré que veas esa película en vez de tu muy original Orgullo y Prejuicio —determinó él.

—A cambio de que leas Mujercitas , me comprometo a ver El Club de la Lucha —respondí yo.

No sé ni qué decir.

Ansiosa por ver las ilustraciones en las páginas de cortesía del final, levanto la contraportada y me encuentro con una que no pertenece al libro.

En el borde de la página hay una especie de firma; una ele enganchada a una ese. Frunzo las cejas, curiosa y escucho cómo Locke coge otra inspiración insegura.

Mis dedos se deslizan sobre el papel y mi corazón parece latir cada vez más rápido, cargado de mil y una emociones que en este momento no sé cómo catalogar.

Le doy la vuelta.

Es un dibujo hecho a lápiz, con un detalle y realismo fascinante. Y somos... Somos Luke y yo. Estoy sentada con su cabeza sobre mis piernas. Mi pelo cae por uno de mis hombros y sonrío mientras admiro al animal dormitar.

El dibujo de Locke parece una fotografía.

Espera.

Locke... Locke ha vuelto a dibujar.

—No es nada —afirma una vez más antes de darme la oportunidad de decir algo.

—Sí que lo es —objeto con la voz ahogada en emoción—. Madre mía, ¡claro que lo es! —Dejo el libro sobre la mesa y me lanzo a sus brazos como nunca había buscado un abrazo en él.

Empleo tanto impulso, que al no esperarse mi reacción, acaba reclinado sobre el sofá, su cabeza en el reposabrazos y mi cuerpo encima del suyo.

Tarda un par de segundos en corresponderme, pero cuando sus manos se deslizan por mi cintura hasta mi espalda bajo la sudadera, se asegura de afianzar el agarre tanto como yo.

—Estás llorando. —Nota tras una respiración entrecortada.

—No —miento, pero se me escapa un sollozo traicionero.

—¿No? —Locke lleva su mano al hueco entre mi mandíbula y mi cuello y me obliga a mirarle—. Qué mal mientes. —Con una sonrisa dulce, pasa su pulgar por mi rostro, llevándose el rastro húmedo y deja su mano ahí.

—Gracias —susurro, bajito.

Sé que es consciente de lo que ha hecho; del peso que tiene que se haya tomado el tiempo de leer mi libro favorito, de anotar sus pensamientos, de encontrar una edición tan bonita como esta, de lo que supone ese dibujo tras todos esos meses que lleva sin dibujar, después de todos esos meses en los que se ha mantenido en su silencio.

No es hasta entonces que recaigo en la cercanía de nuestros cuerpos. En la manera en la que mis caderas se han encajado sobre las de él y ahora mis piernas descansan a cada lado de las suyas y como no es la primera vez que esto sucede.

Muevo la cabeza ante el jaleo de pensamientos que está cruzándola. Hay una cantidad ingente de emociones en el lado izquierdo de mi pecho que no me permite decidir qué hacer o decir. No me salen las palabras en este momento.

Pego mi frente a la de Locke. Mis labios se entreabren justo encima de los suyos, cada vez siendo más consciente de la falta de racionalidad que protagoniza mi mente porque todo lo que puedo percibir en este momento es el latido desbocado de mi corazón y las ganas que tengo de besarle.

—Bonitos ojos —susurro sobre su boca.

—Bonitas pecas —me corresponde en otro murmullo.

Quiero hacerlo.

Quiero besarle como nunca había querido besar a nadie y quiero que me bese del mismo modo, pero la última vez que estuvimos en esta situación, hace apenas un par de semanas, Locke se alejó de mí como si la única que había considerado la posibilidad de perderse en el movimiento de su boca correspondiendo el de la mía hubiese sido yo.

—Locke —pronuncio con la intención de verbalizar mis pensamientos.

Sus ojos regresan a los míos y mi corazón da un traspié.

Soy incapaz de continuar; me da la sensación de que es la primera vez que me mira. Porque nunca me ha mirado así.

Nunca nadie me ha mirado así.

Y siento algo que jamás había sentido.

Me siento deseada.

Deseada de un modo completamente desconocido y nuevo.

—Locke, yo... —lo intento de nuevo.

—Tú, ¿qué, Gabriela? —Me retira los rizos tras la oreja en una caricia lenta.

¿Cómo es posible que hace apenas unas semanas afirmara con plena convicción que no podría estar interesada en nadie y ahora me encuentre a escasos centímetros de tirar todo eso por la borda?

No lo sé .

Pero tampoco quiero encontrarle sentido en este momento, así que acojo su rostro entre mis manos y pego mis labios a los suyos.

Decenas de fuegos artificiales estallan en mi estómago y cada fibra de mi cuerpo se enciende ante su roce. Es cuando pretendo descubrir lo que sería tener a Locke correspondiendo uno de mis besos que el cristal mágico que me ha rodeado estalla en añicos.

Pero ¿en qué estaba pensando?

—Lo siento —escupo, levantándome torpemente del sofá con la súbita sensación de hundimiento en un océano de duda y confusión.

Acabo de besarle. Madre mía.

Acabo de besar a Locke.

—Gabriela —pronuncia cuando me alejo de él con velocidad y la desesperada necesidad de que haya espacio entre ambos—. Espera.

—Gracias por el libro —trastabillo mientras me dirijo a la entrada del piso—. Me ha gustado mucho, de verdad, pero se ha vuelto a hacer tarde y... Joder —mascullo al notar un pinchazo en mi rodilla.

—¿Estás bien? —Locke se detiene a mi lado, preocupado ante la mueca de molestia que he formado.

—Sí, sí. —Vuelvo a apartarme según siento su mano en mi espalda baja—. Todo bien, solo estoy cansada y mañana tengo que ir a la academia otra vez y… —Llego con el corazón a punto de salir por mi garganta a la puerta—. ¿Nos vemos en la empresa?

Veo su intención de decir algo más, de preguntarme qué ha ocurrido de un momento a otro y hago el mayor de los esfuerzos por ignorarla.

Necesito que se marche para poder esconderme en mi cama y con suerte conseguir que el colchón me absorba.

—Sí —responde en un mordisco.

Por un momento, pienso que no se va a molestar en esperar ese beso en la mejilla con el que siempre nos despedimos y se va a marchar a su piso.

Por supuesto que no.

—Gabriela... —Su pecho se llena de aire—. No pretendía... Pensaba que nosotros...

El sonido de la puerta de su piso se cuela entre sus palabras atropelladas.

Según hago por ver quien se oculta detrás de él, Locke se gira en esa misma dirección. Un suspiro escapa mis labios al ver a Cass a escasos centímetros de los de Noah.

El chico de gafas deja de sonreír nada más se percata de que no son los únicos en el rellano. La pelirroja, recelosa, sigue la misma línea de visión que su acompañante. Alza tanto las cejas que por poco llegan al nacimiento de su cabello.

—No es lo que parece —escupen los dos a la vez.

Pero sí que lo es.