CAPÍTULO 23 #2
Cass cierra la puerta con los labios apretados y se sienta en la cama. Le da dos golpecitos al colchón, alentándome a que me acerque.
Me siento a su lado, recelosa.
No puede significar nada bueno que Amelie esté aguantándose una risa. Nada de nada.
La pelirroja me ofrece la cajita que sostenía en las manos. Rasgo el envoltorio de color verde y la sonrisa que ya me estaba costando formar se borra de mi cara al destaparla y ver un vibrador de color rosa en su interior .
—Pero, ¿sois...?
—¿Las mejores amigas del planeta? —me interrumpe, Cass—. Sí, creo que sí.
Creo que no hay prueba más fidedigna que demuestre eso que dicen de que la confianza da asco.
—Eso iba a decir, sí...
Les doy las gracias entre risas y guardo la cajita en la mesilla antes de regresar al salón.
Pensé que Finn no podría pasarse pues tenía que trabajar en el restaurante, pero ha acabado viniendo e incluso está Charlotte.
—Felicidades, bonita —me dice, sonriente.
De verdad que no comprendo cómo es posible que a Locke, Caleb y Noah les de miedo esta chica. No me entra en la cabeza.
Vale, sí, sus facciones marcadas, ojos oscuros y pelo negro y largo cuyo flequillo recto acentúa la expresión seria de su mirada puede tener algo que ver en ello. Pero es eso; mera apariencia.
Ocurre lo mismo con Locke; cuando le conocí no fue un paisaje colorido y lleno de unicornios el que pensé que se adaptaba a su esencia. Fue todo lo contrario, de hecho.
—¿Qué te han regalado? —me pregunta este cuando me acomodo a su lado en el sofá.
—Eh... —Estoy a punto de atragantarme con mi saliva—. No, nada... Cosas... nuestras.
El repartidor con el pedido del restaurante japonés no tarda en llegar y tras muchos nigiris, makis, uramakis y protestas de Caleb hacia la comida de hoy y asegurar lo mucho que tengo que agradecerle que se haya sacrificado por mí para alimentarse a base de «pescado crudo» —se ha pedido fideos, ni siquiera ha probado el sushi — Finn coloca la tarta red velvet que ha preparado y soplo las velas con ilusión, aunque este año, pido un deseo distinto al del resto.
—Luego nos vemos. —Me despido de Amelie, su hermano y Charlotte cuando abandonan el piso para ir a la casa de los Renard a la cena que, a pesar de ser mi cumpleaños, Olga no le ha permitido que se salte .
Caleb y Noah tienen también planes y se marchan al mismo tiempo que Cass, quien un sábado por la tarde más ha quedado en reunirse con las chicas del club de escritoras.
Resulta que todos tienen cosas que hacer.
Todos, menos Locke.
Tan pronto como me acomodo en el sofá, hace que estire mis piernas sobre las suyas para mantener la rodilla recta. Podría colocarlas sobre la mesa ahora que no está Amelie para regañarme, pero la preservación de la madera del mueble es mucho más importante, por supuesto.
—Sorpréndeme —dice y me cede el mando para que elija la película.
Y después de semanas cuestionándome cuando sería el momento para, por fin, verla, selecciono Dirty Dancing .
◆◆◆
—¿Te ha gustado? —me pregunta cuando poco más de una hora y media después los créditos se abren paso en la pantalla.
—¡Me ha encantado! —Me estiro hasta llegar al papel arrugado que arrancamos de la libreta hace ya más de tres meses—. La química entre Baby y Johnny y el personaje de Penny... ¿Por qué no habré visto esto antes? —Tacho el título con el número catorce.
La lista tiene poco que ver con la que hicimos en noviembre.
Ahora tanto por la cara delantera como por la trasera apenas hay espacio para apuntar más títulos.
Hemos llenado cada centímetro de la dichosa hoja que desde un primer momento pecó de avariciosa al anotar más películas de los que nos daría tiempo a ver.
—Lo de la sandía es algo que podrías decir tú —asegura, ajeno a mis cavilaciones respecto a que cada día que pasa es uno menos para marcharme de Bruselas.
—Si, lo es, sí —coincido—. Buah, ¿la escena en la que se están lazando miradas en el coche? O cuando practican la elevación en el lago. —Me vuelvo hacia él, aún alucinada, queriendo hablar de todo a la vez—. Y la final, con todo el mundo bailando alrededor de ellos...
—¿Alguna vez la has intentado?
—¿El qué? ¿La elevación?
—Sí.
—No. —Inclino mi cabeza y mi ceño se frunce con duda—. No estarás pensando en intentarla, ¿verdad?
Su sonrisa ladeada; sí, la de capullo, se vuelve más pronunciada.
Retira mi piernas de la suyas, se levanta del sofá y estira la mano con la palma hacia arriba.
—No puedes estar hablando en serio —determino y aun así, me pongo en pie.
—No te harás daño en la rodilla, ¿no? —Con nuestros dedos entrelazados, rodea el sofá y se detiene en el hueco que divide la cocina del salón.
—A no ser que me dejes caer al suelo...
—No voy a dejar que caigas —me asegura.
Y aunque su comentario me reconforta, no lo necesitaba; confío en él.
—¿No es esto cómo muy cliché? —pregunto mientras me dirijo a la puerta principal del piso para ganar distancia entre nosotros y (I've Had) Time Of My Life de Bild Medley y Jennifer Warnes da comienzo desde su móvil.
—Si te encantan esas cosas —comenta con su atención puesta en adelantar la pista hasta unos segundos antes del verso en el que Baby se lanza a los brazos de Johnny en la escena final.
«Y estás cumpliendo cada una de ellas».
La respuesta se forma en mi garganta y las letras se columpian en mis cuerdas vocales desesperadas por salir de mi boca, pero me limito a sonreír y apartar la mirada para no darle más importancia de la que realmente tiene.
El verso se hace hueco entre nosotros y entonces, avanzo hacia él con velocidad. Sus manos se cierran alrededor de mis caderas y yo doblo y estiro las rodillas para ganar impulso y al momento estoy estirada sobre él con mis brazos, torso y piernas endurecidos para que mantener el equilibrio.
No nos dura mucho; me entra la risa, a él también y perdemos el equilibrio. Es rápido en atraparme y mantenerme pegada contra su pecho.
—No se me da tan mal esto, ¿eh?
—Me lo esperaba peor —decido confesar entre risas. Mantengo mis brazos alrededor de su cuello para sentir que tengo más estabilidad a pesar de saber que no me va a dejar caer en ningún momento.
—¿Por quién me tomas?
—Ni yo soy Baby ni tú eres Johnny.
—Creo que tú tienes más de Johnny que yo —bromea.
La canción sigue sonando entre nosotros cuando vuelvo a reírme.
Los ojos de Locke se clavan en mis labios y me tropiezo con mis propias carcajadas.
Hago por regresar al sofá pero me lo impide al detenerme de la cintura.
—Baila conmigo.
Me freno, sin poder creer que haya escuchado esas palabras salir de él.
—¿Qué hay del «yo no bailo»? —cuestiono.
Locke se encoge de hombros.
Sin dejar de mirarme, entrelaza su mano izquierda con mi derecha y las alza a la altura de nuestros rostros. La otra recupera su lugar en mi cintura.
—Puede ser que le esté cogiendo el gusto si es contigo.
No me permite responder. Me hace girar sobre mí misma antes de volver a pegarme a su pecho y cuando la canción predilecta de la película finaliza es el resto de los temas que componen las escenas de Baby Houseman y Johnny Castle los que bailamos.
Desde Be My Baby de The Ronettes, seguida por Stay de Maurice Williams y The Zodiacs hasta fundirse en el ritmo de Eric Carmen en Hungry Eyes.
En sintonía, hay algo que me hace ensimismarme sin remedio con el brillo en sus ojos.
En esa ataraxia de motas verdes que en contradicción reparte una efervescencia por cada centímetro de mi piel; en esa falta de duda en cuanto adaptarse a mis pasos y seguir mi compás cuando esto es algo que está completamente fuera de lo que Locke, el sereno y «apenas sonrío» de Locke, haría.
Y es que sus ojos son de esos en los que, de ahogarte, no querrías buscar el aire. De esos por los que te entregarías a la vorágine arrolladora que es la marea verde llena de secretos que baña su iris.
El tono de llamada de mi teléfono se interpone a la voz de Frankie Valli en Can’t Take My Eyes off You .
Me acerco a la mesita frente al sofá con la intención de redirigirla al buzón de voz sea quien sea y poder regresar a Locke al instante.
Es al ver el nombre de mi entrenador en la pantalla que me planteo si debería contestarla.
—¿Puedes parar la música?
La canción cesa al instante.
—Tengo que pasar por mi piso. Contesta, no te preocupes. Ahora vuelvo.
—Gracias —le digo justo antes de descolgar la llamada y llevarme el móvil a la oreja—.
Mikel, hola —pronuncio cuando Locke desaparece tras de la puerta principal.
Me siento en el sofá—. Sí… —respondo según me menciona el medio de transporte en el que íbamos a desplazarnos a Dunkerque—.
Sí, claro el autobús de… ¿Qué? Pero ¿cómo van a cancelarlo con tan poco tiempo de antelación?
Mi entrenador sigue explicándome lo sucedido cuando Locke regresa al piso. Tiene algo rectangular envuelto en un papel de dibujos de pequeños girasoles entre las manos.
Mi corazón da un rebote, contento.
Se sienta a mi lado y me esfuerzo por no mirar con tanto interés el regalo que ha traído consigo.
—Vale... —Asiento un par de veces a pesar de que mi entrenador no pueda verme—. Sí, ahora lo miro. Gracias, Mikel. —Cuelgo la llamada y suelto un suspiro, dejándome caer contra el respaldo del sofá.
—¿Qué pasa? —Locke se mantiene casi en el borde, pero se vuelve en mi dirección.
—Nos han cancelado el bus con el que íbamos a la competición y ahora tenemos que ir por separado y agh… —Me llevo las ma nos a la cara—. Tendré que hablar con Fer y Carlos para ver si nos sale mejor alquilar un coche o ir en tren o comprar billetes de...
—Puedo llevarte yo —me interrumpe.
—Es la competición de Dunkerque.
—Lo sé. No está a más de dos horas en coche de aquí.
—Pero... —dudo—. Tendríamos que salir muy temprano el sábado y pasar la noche allí.
—Vale.