Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Un roce efímero

Gabi

Debería haberme ido a casa al finalizar la clase.

Después de casi siete horas de entrenamiento en una sola mañana y todas las transcurridas a lo largo de la semana sé muy bien que necesito descansar así como que, de haberme marchado, mi mente habría permanecido en el estudio, recreándose en la posibilidad de contentarme conmigo misma.

La canción llega a su fin por novena vez. Me froto el rostro, agotada y, con una densa nube de frustración sobre mis hombros, vuelvo a dar comienzo a Kiss It Better de Rihanna para un nuevo intento.

Los tacones suenan contra la tarima al ritmo de esos primeros golpes de música. Avanzo hacia el centro del estudio hasta detenerme ante la pronunciación del primer verso y volverme hacia mi reflejo.

Siempre que bailo, me esmero en olvidarme de todo; en concentrarme en mí, mi cuerpo y el tempo, sobre todo cuando lo hago sola y con una canción así; lenta, sensual, confiada.

Caigo de rodillas en el suelo. Me echo el pelo hacia un lado y juego con el movimiento de mis brazos en una coordinación marcada mientras mis caderas se contornean, mis propias manos acarician mis muslos y mi espalda se arquea.

Así ocurre una vez más y después otra, hasta que es a la decimotercera, cuando los últimos quince segundos de la canción llegan y mi pecho se desliza por el suelo en contraposición a mis caderas alzadas para concluir la coreografía que soy capaz de conformarme con lo qu acabo de hacer.

Me dejo caer sobre mi espalda, cierro los ojos para no cegarme con el foco que hay justo encima de mí y me concentro en respirar.

—Joder... —Tengo las cervicales contraídas y un siseo escapa de entre mis dientes al apoyarme en mi pierna derecha para ponerme en pie.

No he terminado de llegar al banco donde están mi rodillera y mochila y resto de cosas cuando escucho la puerta del estudio abrirse detrás de mí.

Mi corazón se detiene durante una fracción de segundo al pensar que es Gala o Mikel o incluso Friedrich, el fisioterapeuta y que me voy a llevar un sermón tanto súbito como merecido, pero no es ninguno de ellos tres.

—Buen baile. —Reflejado en el amplio espejo que ocupa toda la pared, no es otro sino Locke quien camina en mi dirección con sus manos detrás de la espalda.

—¿Qué haces aquí? —Me giro hacia él, extrañada y acelerada, todo en uno.

—Venir a recogerte. Feliz cumpleaños, Gabriela. —Trae su mano derecha al frente y entre sus dedos, contraponiéndose al negro siendo el único color de su vestimenta, sujeta un ramo de girasoles de un amarillo brillante—. Y feliz San Valentín.

Mi boca se abre en una exhalación atónita.

Pestañeo una vez, dos, tres, aterrada de que el cansancio me esté jugando una mala pasada.

—Locke... —balbuceo cuando consigo comprobar que no es fruto de mi imaginación, que está aquí con un ramo de resplandecientes girasoles entre sus manos.

Solo entonces soy capaz de reanudar el movimiento de mis piernas para llegar a él.

Le rodeo con los brazos y entierro mi rostro en su cuello.

Gracias a los tacones no me veo en la necesidad de ponerme de puntillas para dejar un beso en su mejilla.

Sus ojos permanecen sobre los míos mientras recupero unos centímetros entre su rostro y el mío.

—Gracias —musito en un hilo de voz; lo necesario para que pueda escucharme a esta la distancia tan ínfima que nos separa.

Tomo el ramo de su mano. Hay una tarjetita plegada y pegada al papel marrón que envuelve las flores. La abro para encontrarme con su letra y me arranca una pequeña carcajada al instante.

Te sientan bien los veinte.

Feliz cumpleaños, Gabriela.

​                    Locke

—No tenías por qué. —Alzo la cabeza, negando.

Se limita a encogerse de hombros.

Me he dado cuenta que lo hace porque es eso o contradecirme.

Creo que Locke nunca me ha preguntado cuáles son mis flores favoritas, pero estoy convencida de que alguna vez lo habré dicho delante de él sin darme cuenta.

Y, aunque no hace falta más que ver el tatuaje que compartimos, me escucha lo suficiente como para poder hilar este tipo de detalles sin que se lo confirme de primera mano.

Nunca imaginé que podría decir algo así.

—¿Cómo llevas la rodilla? —pregunta y me saca de mi cavilación.

—Bien —le aseguro a pesar de que no sea del todo cierto—. Me he quitado la rodillera para entrenar pero iba a ponérmela justo cuando has llegado —explico mientras avanzo en dirección al banco. Me siento y saco la botella de agua para darle un trago.

Hace un par de semanas empecé a cojear y sentir esa molestia a la que acostumbro a tener cada determinados meses en la rodilla derecha. No le he dado más importancia porque no es algo que me pille de nuevas, pero él no lo ve del mismo modo.

Desde que me vio con las cintas kinesiológicas adheridas a la espinilla y rodeando mi rótula, me ha estado preguntando diariamente cómo me encuentro. Incluso me dijo que si necesitaba pedir unos días para descansar de la empresa no dudara en decírselo; que él se encargaba de ello.

El fisioterapeuta me las retiró ayer y aconsejó que no me confiara y me asegurara de usar la rodillera en todo momento.

Eso lo he cumplido... De forma parcial.

Antes de poder cogerla para enfundarme de nuevo con ella, Locke se adelanta. Se pone de cuclillas ante de mí y toma mi pierna entre sus manos a la altura de mi muslo. Un calambre escala por el centro de mi cuerpo y me hace inspirar de manera entrecortada.

—No deberías forzarte tanto con la competición tan cerca —murmura con tacto. Desata el lazo y afloja los cordones para retirar el tacón—. Necesitas descansar, también.

—Lo sé —respondo, porque sé que tiene razón.

La competición es la semana que viene y aunque no tenga nada que ver con la coreografía que me he quedado tiempo extra ensayando, debo tener cuidado. No me puedo arriesgar a lesionarme.

La beca; mi sueño, se iría todo por la borda.

Aprovecho para mover los dedos y deshacerme de la sensación adormecida que los ha engarrotado después de haberlos tenido apretujados tanto tiempo.

Locke me coloca la rodillera con tal delicadeza que me cuestiono si yo misma me he tratado alguna vez de ese modo.

Mi cerebro se niega a apartar mis ojos del movimiento de sus manos mientras desata el otro tacón

—¿Qué vamos a ver hoy? —pregunto después de ponerme el pantalón de chándal sobre los cortos que llevaba antes.

Imagino que Amelie estará con Cass en nuestro piso, organizando algún plan para pasar la tarde junto a los chicos nada más regrese de la academia y que puede haya trastocado al haberme retrasado más de una hora en regresar.

Lo que tengo claro es que, sea en el mismo horario de siempre o bien entrada ya la madrugada cuando ninguno de los dos pueda dormir, Locke y yo acabaremos viendo la película que nos corresponde.

—Solo porque es tu cumpleaños vamos a dejar El Resplandor para dentro de dos semanas —dice, pues el próximo sábado no podremos pasarlo juntos debido a que la competición tendrá lugar en Dunkerque .

Y, con esta, es la segunda vez que aplaza la película de miedo que accedimos a ver. Lo hizo también a principios de febrero, pues, según me dijo, le apetecía más que viésemos la segunda de La Guerra de las Galaxias . Que no se entere de esto, pero no me han gustado ninguna de las dos.

Cuelga mi mochila de uno de sus hombros y gesticula con la cabeza en dirección a la puerta.

—¿Segura que llevas la rodilla bien?

—Sigue funcionando —respondo con lo que pretendo que sea humor. Llego a su lado—. ¿Nos vamos?

—Nos vamos. —Antes de que pueda reaccionar, Locke se agacha, rodea mis piernas con sus brazos y me levanta del suelo.

—¿¡Pero…!? ¡Locke! ¡No soy un saco de patatas! —rezongo entre risas y doblada sobre su hombro—. ¿De verdad que esto es necesario?

—Tienes que descansar —asegura y echa andar hacia la puerta del estudio—. Hasta luego —se despide de la recepcionista como si nada al pasar por su lado.

Yo me limito a alzarle la mano, muerta de la vergüenza mientras la mitad de mi cuerpo cuelga sobre la espalda de Locke y mis piernas están envueltas por su brazo.

No me baja ni para abrir la puerta del copiloto.

—Lo tuyo es increíble —musito negando con la cabeza.

Locke me guiña un ojo antes de cerrar la puerta, rodear el coche para establecerse frente al volante y arrancarlo.

◆◆◆

—Bonito ramo —comenta Cass con un toque de sorna nada más me ve aparecer en la cocina con los girasoles en la mano. Se ha ondulado el pelo y sus mechones color zanahoria caen con gracia por delante de sus hombros—. Felicidades, Gabi.

—Gracias —respondo sonriente cuando me abraza.

Por mucho que las tres seamos madrugadoras, Amelie porque tiene un despertador interior e innato y Cass por su rutina de acudir al gimnasio siempre que puede por las mañanas, a las siete y media de cada sábado, yo ya estoy de camino a la academia y no nos vemos hasta que regreso a la hora de la comida.

En el estudio, todos, tanto mis compañeros como entrenadores y Melissa me han felicitado. Ella lo ha hecho con disimulo, sin terminar de acercarse a mí y aprovechando las palabras del resto para incluir las suyas. Desde lo sucedido en Nochevieja, no habíamos vuelto a compartir palabra.

Amelie me abraza con tal efusividad que me reconforta y entusiasma tanto —no conozco a nadie que deteste tanto las muestras de afecto físicas como ella lo hace— que me cuesta no apretujarle aún más.

—Suficiente, ¿no? —Me alejo unos centímetros cuando creo que ha pasado más tiempo del que puede soportar.

—Está bien —responde y no hace por apartarse.

—Creo que es el mejor día de mi vida.

Es tal la ilusión que sabe que me hace que hasta me da un beso en la mejilla sonriendo.

Sonriendo, señores.

Después de colocar el ramo en un jarrón y dejarlo frente a la ventana del escritorio asegurándome de que recibe luz suficiente, pretendo salir de vuelta al salón cuando mis dos amigas irrumpen en el cuarto.

—Tenemos una cosa para ti.

—Ay, no... —protesto al ver la expresión que tiene en sus rostros, temiéndome lo peor—. ¿Qué habéis hecho?