CAPÍTULO 22 #3
—Locke, dame el teléfono. —Se estira desde su lugar y se acerca más a mí—. Ya has leído más de lo que deberías.
—Creo que no. Oh, esta es buena. «Quiero que te corras en mis dedos». No sabía que también te iba la poesía clásica.
—¡Locke! —exclama en un susurro. Se incorpora sobre una de sus piernas y pretende agarrar mi brazo—. Ya me torturarás el sábado, date por contento.
—¿No te gusta leer guarradas en francés, también? —continúo, ajeno a sus intentonas de recuperar el teléfono y las reprimendas para que deje de hablar.
—Locke...
— Je veux que tu jouisses dans ma bouche lo veo más guarro. ¿Tú qué crees?
—¡Locke! —Me cubre la boca con su mano—. No puede ser que acabes de decir eso. No puede ser.
Sonrío contra la palma al tiempo que vuelve estirarse para llegar a mis brazos. Los he colocado detrás de mí y sigue sin llegar. El último recurso que parece encontrar es sacudirme el pelo.
—Me vas a despeinar. —Echo la cabeza hacia atrás.
—Imposible.
—¿Cómo que imposible? Estoy peinado.
—Eso es cuestionable. Espera, te ayudo. —Cierra un poco más el espacio entre nosotros.
No sé cómo se las ha apañado para acabar sentada sobre mis piernas, pero espero que no decida volver a removerse contra mis caderas por mi propia integridad.
Mi mirada permanece sobre ella mientras hunde los dedos en mi pelo. Y así de rápido, vuelvo a perderme en sus ojos color miel; en la constelación que son sus pecas y en esa sonrisa que intenta tragarse sin mucho éxito.
Antes de poder reaccionar, consigue arrebatarme el teléfono de entre las manos. Lo bloquea y deja caer en el sofá tras recuperar su lugar a mi lado.
—¡Eh! No había terminado de leer.
—No tendrías que haber leído nada —determina.
Oculta el móvil tras su espalda y más entretenido por el nerviosismo irremediable que sé que le causa que por querer continuar leyendo la amplia lista de citas (guarradas) que tiene anotadas de un único libro, me estiro sobre ella para recuperarlo.
Mi mano encuentra su cintura, pruebo a hacerle cosquillas y se retuerce al instante. Me provoca una risa escuchar la suya y sigue removiéndose debajo de mí entre carcajadas burbujeantes hasta que ambos, al mismo tiempo, nos damos cuenta de lo cerca que estamos.
Lo cerca que está su pecho del mío, mis caderas alineadas con las suyas de tal manera que me veo obligado a disimular la sensación que me produce el estúpido e ínfimo contacto, lo cerca que está su nariz de la mía, sus labios de encontrarse con los míos.
Me olvido del teléfono y apoyo la mano en el sofá.
El ritmo de mi corazón aumenta y el aire parece quedarse atascado en mis pulmones. Debería alejarme de ella. Debería recuperar mi asiento y hacer caso a eso que antes les he asegurado a Noah y a Caleb.
Debería...
Pero lo único en lo que puedo pensar ahora es en la necesidad que tengo de besarle de una vez por todas.
Gabriela me sostiene la mirada como si no supiera qué decir pero tuviera miles de palabras en la punta de la lengua. Me hace incluso creer que podríamos estar compartiendo el mismo pensamiento.
Mi atención desciende a sus labios, humedezco los míos inconscientemente y ella hace lo peor que podría haber hecho; removerse contra mi cuerpo.
Termina de rematarlo con lo siguiente que pronuncia.
—Me parece que dejamos algo sin terminar en Nochevieja. —Sus pestañas se agitan un par de veces con velocidad y mi corazón se detiene para proceder a salir disparado.
—¿Tú crees? —pregunto en el mismo hilo de voz.
—Mmmh. —Un centímetro más desaparece entre nosotros.
Estamos tan cerca y sería tan fácil hacer lo que ha mencionado; terminar eso que dejamos inacabado en Nochevieja.
No debería, no debería, no debería.
Joder, no debería.
Siento cosquillas en las extremidades y un hormigueo encaminándose al lado izquierdo de mi pecho.
Llevo tantos meses ansiando este momento, cada día anhelándolo más. Pero ¿y si se arrepiente? ¿Y si no es lo que realmente quiere?
—Se ha hecho tarde, ¿no crees? —Me separo de ella y me pongo en pie.
Gabriela se incorpora sobre sus codos y me fuerzo a no mirarle por mucho que lo que realmente desee sea regresar a ese sofá y perderme en sus labios y poder acariciar su cuerpo y deleitarme con sus suspiros entrecortados.
—Sí... —musita poco convencida y de lo más descolocada—. Claro. Buenas noches, Locke —se despide al cruzar la puerta del piso.
—Buenas noches, Gabriela.
Apoyo la frente contra la madera según cierro.
Soy imbécil.
Joder, soy increíblemente gilipollas.
Podría haber besado a Gabriela y justo antes de hacerlo voy y.. .
Joder.
Me dejo caer en la cama y clavo la vista en el techo.
Luke, como cada noche, está enroscado sobre sí mismo a la altura de mis pies.
Pasa más de una hora y sigo con los ojos abiertos y mi mente haciendo espirales alrededor de eso que he sentido al verla aparecer en mi despacho después de la confrontación con Marc.
Puedo haber reconocido de una vez por todas que Gabriela me gusta; que me gusta mucho, además.
Pero ¿qué hay de todo lo que viene con ello?
Nunca he sentido esto. Nunca. No sé qué tengo que hacer, cómo hacerlo, cuándo es el momento indicado de besarle si es que acaso lo hay sabiendo que ella no quiere verse involucrada con nadie; sabiendo que yo quiero enredarme en ella no solo de manera literal sino en cada aspecto.
Quiero estar con Gabriela.
Y lo he comprendido cuando la oscuridad en la que me sumía según he entrado en mi despacho se ha visto iluminada.
Me apoyo sobre mis codos, mis cejas fruncidas, el latido de mi corazón disparándose.
Lo he comprendido cuando la oscuridad en la que me sumía según he entrado en mi despacho se ha visto iluminada.
Luz.
Gabriela es luz.
¿Y qué es el color sino luz reflejada?
Me levanto de la cama sin querer pensarlo por segunda vez y me siento frente al escritorio.
La caja que me regaló hace unas semanas sigue en el mismo lugar donde la dejé. La abro, saco la libreta y uno de los lápices de grafito.
Lleno mis pulmones de aire.
Un suspiro agitado sale de entre mis labios mientras observo durante unos segundos más la página desnuda.
Voy a hacerlo.
Puedo hacerlo.
Y con un movimiento tembloroso trazo la primera marca.