Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—¿Cómo dices? —Noah se acomoda las gafas con un toque de su dedo índice.

—Viene Gabriela a ver una película.

Comparten una de esas miradas que desde hace meses se echan el uno al otro cada vez que el nombre de Gabriela sale de mis labios.

—Entonces, —Los ojos de Noah van de Caleb a mí y de nuevo a él—, ¿acabo de ganarme cincuenta euros o qué?

Venga, no me jodas .

—Pero ¿no os dije que no apostarais nada respecto a Gabriela?

—Joder, Sommers, era hacerte caso o desperdiciar los cincuenta euros más fáciles de mi vida.

—Noah, joder...

—A mí no me mires. —Se encoge de hombros antes de darle un mordisco a la manzana que tiene en la mano—. No soy el único que accedió a esto.

—¿Finn también? —Mi ceño se frunce aún más. Al momento se alza con realización—. ¿Amelie también?

—Y la pelirroja. —Caleb suelta una carcajada—.

Sommers, sé realista, joder. Parece que los únicos que no os habéis dado cuenta todavía sois vosotros.

Quedáis todas las semanas para ver una película los dos solos, volvéis a casa en tu coche todos los días...

Acabáis de volver a quedar y nos has echado nada más llegar. Joder, ¿necesitas algo más?

—Solo somos amigos —declaro.

—Y yo miope por gusto, no te jode —ironiza Noah—. No has visto a Gabi como tu amiga en ningún momento.

No, no lo he hecho. En realidad, creo que la noche en la que se quedó dormida en el piso resquebrajó el último atisbo de posibilidad de verla de esa forma.

—Es que ahora vas a decirme que le has dejado comer en tu coche —dice Caleb, pues es algo que jamás, a ninguno de ellos, a nadie, le he permitido.

Me quedo quieto en el sitio con los labios apretados.

Ese silencio habla más alto que cualquiera de las palabras que acabamos de pronunciar.

—Tienes que estar de puta coña. —Caleb se endereza desde su sitio en el sofá—. ¿¡Le has dejado comer en tu puto coche!?

—Fue sólo una vez, ¿vale? Estaba mareada y cansada y...

Joder, ¿queréis cerrar la boca? No puedo hacer nada —protesto con desesperación—.

Gabriela no... Me ha confirmado que no puede tener nada serio con nadie muchas veces así que dejadlo estar —mascullo, molesto, por tener que decir esto pero siendo consciente de lo egoísta que sería de ignorarlo .

—Me estás diciendo que tu rayada viene porque sabes que Gabi no quiere nada formal, formal, eh, pero que no te gusta y son cosas nuestras, ¿no? —Caleb asiente con los labios fruncidos—. Ya veo, ya.

—Yo no... —No me molesto en buscar una nueva defensa.

Imagino que no tiene sentido negarlo más. A lo largo de mi vida me han llamado la atención distintas chicas, pero nunca cómo...

Oh, joder.

Me gusta Gabriela. Mucho. Más de lo que alguna vez pensé que podría llegar a gustarme alguien. Joder, que me he planteado tener algo serio con ella. Yo nunca he tenido nada formal con nadie más que una relación basada en encuentros fortuitos.

Pero es que adoro la satisfacción en su rostro al tachar otro de los títulos de la lista y ahora me resulta incompleto ver una película sin escuchar su risa o sus comentarios.

Porque ha compartido conmigo millares de palabras y aun así quiero que me dedique un trillón más.

¿Qué estoy diciendo? No quiero una cantidad fija.

Quiero que sus palabras incesantes y luz me acompañen durante el día y su respiración pausada y suspiros soñolientos por la noche.

Y al mismo tiempo, estoy plenamente seguro que atreverme a hacérselo saber no hará sino que todo entre nosotros se resquebraje sin remedio. Y me jode lo más grande ser consciente de ello, porque sé que me tiraría de cabeza a la mínima oportunidad sin pararme a pensar si la piscina está llena.

Porque seguimos añadiendo títulos a la lista; una lista que no terminaremos a tiempo.

Porque ella se marcha y yo me quedaré aquí.

El timbre del piso resuena entre el silencio que hemos formado.

—Iros —les suplico sin querer alargar esto—. Por favor.

—No nos hagas usar los putos tapones para los oídos...

—Que os piréis —bufo en dirección al pasillo justo antes de abrirle la puerta a Gabriela.

—Hola —me saluda esta nada más la abro—. Ya sé que película vamos a ver.

—¿Con qué drama romántico me vas a torturar ahora?

—Ah, no. —Avanza hasta sentarse en el sofá y Luke no tarda en acomodarse a su lado y apoyar la cabeza en su muslo—. Es una de miedo.

—¿Ah, sí? —cuestiono sin poder creerlo—. Ilumíname.

— Yo antes de ti .

—Esa es una romántica.

—No —me asegura—. Es terrorífica.

◆◆◆

—¿Lo ves? ¿Ves como sí era de miedo? —se queja casi dos horas después, en un susurro y ahogada en lágrimas mientras los créditos finales se abren paso en la pantalla.

—Gabriela... —pronuncio en una risa.

Antes de que llegaremos a los quince minutos de reproducción, me ha dicho que leyó el libro hace unos meses pero aún no se había atrevido a ver la película.

Ahora creo entender por qué ha procrastinado tanto y por qué el día que redactamos la lista de películas me aseguró que las románticas eran su equivalente a las de terror.

—Es tan triste, Locke. —Sorbe su nariz y se pasa la manga de la sudadera por esta—. Por favor, ¡lo de las medias de abejita! —Apoya su frente en mi hombro cuando otra oleada de lágrimas se hace con ella.

—Ya sabías lo que iba a pasar. —Acuno sus rizos con la palma de mi mano e intento tragarme la risa. Cuando se aparta, mi pulgar se desliza por mi mejilla, lento, delicado, retirando otra de tantas de sus lágrimas.

—¿Y qué? Eso no lo hace menos triste. ¡Y encima te ríes!

—Gabriela, es que has elegido la película tú. Voluntariamente —remarco—. ¿Cómo no voy a reírme?

—¡Es que pensaba que lo iba a llevar mejor! —protesta.

—Venga, va, anímate. Ya sé cuál va a ser la película de este sábado —comento al tiempo que coloco un mechón rizado tras su oreja. El gesto cariñoso me sale con tal naturalidad que hasta a mí me sorprende—. El Resplandor .

Toda la esperanza que había conseguido reunir en su rostro, desaparece en un abrir y cerrar de ojos.

Y yo no puedo tragarme la carcajada.

—Locke. —Me observa como si me hubiesen salido otras dos cabezas—. No.

—La semana pasada elegiste tú. Esta me toca a mí.

—Pero, ¡no una de miedo! —declara en un susurro alzado.

—Acabas de decir que Yo antes de ti lo es. Decídete, Gabriela... —tiento—. Además, acordamos que mínimo veríamos una. No me pongas ojitos, no va a funcionar.

—Agh —Se hunde entre los almohadones del sofá.

—Te acabará gustando —le aseguro.

—No.

—No lo sabes.

—Sí, lo sé. No puede salir nada bueno de un hotel perdido en una montaña.

—No es del todo así... Ya la verás —concluyo. Y como no quiero que considere la opción de regresar ya a su piso a pesar de que sea pasada medianoche y los dos tengamos que madrugar mañana, pregunto—: ¿Te ha gustado más la película que el libro?

—Mmm... —Lo piensa durante un momento—. No. Me gustó más el libro y mira que soy muy fan de Emilia Clarke y que nunca superaré a la Khaleesi, pero un libro es un libro.

—¿Has terminado ya del que me hablaste la semana pasada? —continúo.

—Sí. Y me empecé otro ayer y no veas lo enganchada que estoy.

—Pega las rodillas a su pecho y al apoyar el codo en el respaldo del sofá su brazo queda junto al mío—.

No tenía ningún libro en mente, pero sabía que me apetecía algo con lo que no tener que pensar.

Así que... Me he empezado una novela de sobre un chico y una chica que son vecinos y acaban montándoselo en la casa de él un día que hay tormenta.

¿Qué? —cuestiona ante mi ceja alzada—. A veces todo lo que necesita una chica es un libro de cachondeo puro y duro.

—Y luego Mujercitas es tu libro favorito.

—Se llama dualidad —me asegura—. Y, por muy pegajosas que puedan llegar a ser algunas escenas o... Bueno, en sí, hay cosas que no puedes decir si no es en un libro.

—¿Cómo qué?

—Como... Da igual.

—No. Dime. ¿Qué no se puede decir?

—Yo qué sé... Declaraciones de amor dignas de novela...

—Eso no es en lo que estás pensando.

Puedo verlo en sus ojos. Lo que sea que no quiere decirme tiene mucho que ver con esas novelas que lee de vez en cuando; como esa de la que acaba de hablarme.

—Es que... —duda—. No puedo, Locke, me muero de vergüenza. —Me mira y sus cejas se arquean—. Ay, no —murmura al darse cuenta de que no va a haber forma de que deje de insistir ahora que sé que no quiere decírmelo.

—¿En qué estás pensando, Gabriela? Y porque me da que es una de esas novelas guarras...

—Oh, por favor. —Se cubre la cara con ambas manos.

—Venga —tiento—. ¿Qué está pasando por tu cabeza?

—Locke, que no puedo.

—Si me lo dices durante todo febrero eliges tú las películas.

Su cabeza se dispara hacia arriba.

—Eso es jugar sucio —declara.

—Venga. Palabra de boy-scout . —Alzo la mano derecha.

—No acabas de decir eso. —Una carcajada sale de ella.

Mantengo mis ojos sobre los suyos en una petición silenciosa.

Su pecho se hincha en una profunda exhalación.

—Voy a arrepentirme de esto.

Coge su teléfono de la mesa frente al sofá, lo desbloquea y trastea en él hasta mostrarme la aplicación vinculada a su libro electrónico.

Selecciona uno de los muchos títulos que se muestran en la sección de «Biblioteca».

El apartado de anotaciones se desglosa y fragmentos del libro, algunos con comentarios suyos, aparecen en la pantalla.

Gira el teléfono en mi dirección y lo tomo de sus manos cuando me lo ofrece. La mayoría son anotaciones de citas empalagosas y cursis que no me sorprende que haya marcado.

Gabriela forma una sonrisa victoriosa tras un par de minutos.

—¿Ves? —alardea—. ¿Qué novelas guarras, ni que…?

Alzo la cabeza de la pantalla.

—¿«Me encanta lo mojada que estás siempre para mí»?

Sus ojos se abren como platos al escucharme.

—¿¡Pero dónde te has metido!? —Estira la mano en un intento de quitarme el móvil, pero soy más rápido y lo aparta de su alcance.

—Es lo que tú me has dado —le seguro—. «Qué apretada estás» ¿En serio, Gabriela?

Sus mejillas adoptan un tono rojo mucho más potente al que acostumbra cuando se sonroja a costa de mis vaciles.