Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Luz

Locke

Quedan cinco minutos para que dé comienzo la reunión para la que llevo preparándome más de un mes. Esa misma por la que he alargado las horas del día todo lo posible y más y me he esmerado en contactar con todos a quienes he requerido.

No voy a permitir que me quite esto.

Entro en la sala de reuniones. En la mesa alargada que ocupa el centro de esta, Marc ya ha tomado la posición de cabeza de mesa. A su derecha está Lars. Me veo en la obligación de sentarme en el lateral izquierdo.

Es una mujer rubia llamada Amanda la que empieza a hablar y espero, paciente y mientras le escucho con atención, a que finalice. Tras quince minutos, concluye al tiempo que Marc se aclara la garganta con la intención de ser el siguiente en hablar.

—Señor Sommers —pronuncia Amanda en dirección a mis hermanos y a mí. El mismo escalofrío de incomodidad de siempre me recorre la columna.

—¿Sí? —Marc alza la cabeza.

—No, usted no. El joven a su izquierda.

—Llámeme Locke, por favor.

—Está bien, Locke. —Señala la pantalla iluminada por el proyector que empleamos para las explicaciones de reuniones como estas y de la que ella misma acaba de hacer uso—. ¿Procedía usted?

—En efecto —digo al tiempo que me levanto del asiento.

Odio hablar así. Lo odio.

Abro los distintos documentos en orden para proyectarlos en la gran pantalla. Una vez están todos, doy varios pasos y me coloco frente a la mesa.

Abrocho el botón de mi americana con los ojos de mi hermano mayor atravesándome con dureza. Ha fruncido el ceño.

Y eso que aún no he empezado a hablar.

—Si bien hasta ahora habíamos concluido que el terreno sobre el que está construido el Museo de Fenses ofrece tanto buena comunicación automovilística como presenta un suelo en el que puede edificarse sin problema alguno...

—Señalo con la palma de la mano extendida la imagen detrás de mí—, después de repasar con mayor detenimiento las evaluaciones realizadas con anterioridad por mi equipo, es en el sur de Anderlecht donde sería más eficiente edificar. El quartier des Trèfles…

Explico el razonamiento de mi propuesta punto por punto y tardo más de veinticinco minutos en desarrollar toda la información, en explicar en qué punto del progreso se encuentra la iniciativa del museo.

—Y en cuanto a la rentabilidad. —Sigo hablando y hablando hasta que llego a la imagen.

Es tanto la última de todas como la que quizá menos puede interesarles pero a su vez la que más necesito que aprueben.

Todo depende de la forma en la que lo venda. Es así como funciona esto. Aunque me reconforta que hay algo que no abandona en ningún momento los rostros de los presentes: el interés.

—Podemos impulsar esta inversión promoviendo al mismo tiempo una renovación del Museo de Fenses.

Lleva algunos años... —Me arde la garganta—...

, desaprovechado. La idea es sencilla; a todas aquellas personas que decidan aprovechar este nuevo comercio hotelero, les ofreceríamos un soporte sociocultural.

De esta manera, apoyaríamos también a artistas nacionales, bridándoles de nuevo ese espacio donde mostrarse que siempre ha sido el museo .

Me esfuerzo al máximo en repetir cada palabra tal y como la redacté, tal y como está planeado para que pueda surtir el mayor efecto.

Y al fin, concluyo diciendo:

—Gracias por vuestro tiempo.

Regreso a mi asiento. Lars busca mi mirada y la tensión que engarrotaba mis hombros disminuye al distinguir en sus ojos lo que parece orgullo. Correspondo su disimulado asentimiento y me esfuerzo al máximo por ignorar cómo Marc parece querer hacerme arder.

Porque estoy muy seguro de lo que acabo de hacer y porque entiendo que esté enfadado.

Acabo de arruinarle todos sus planes haciéndole creer a la empresa hotelera alemana que ha venido desde Berlín para mantener esta conversación que por una decisión unánime, el proyecto que teníamos sobre la mesa ha sufrido unas variaciones consensuadas.

No, no he ido con la verdad por delante y me he aprovechado de Marc, sí. Pero de algún modo tenía que demostrarle que él no es el único que sabe jugar sucio.

Podrá tener más experiencia que yo, pero ¿acaso pensaba que iba a plantarme aquí sin tener las cosas tres pasos por delante de lo que él habría esperado?

La reunión llega a su fin poco después, los inversores comprometiéndose a darnos una respuesta para el final de la semana que viene. Le doy la mano a cada persona del equipo berlinés y miro la hora en el reloj en mi muñeca. Están a punto de dar las siete y media. Gabriela debe haber llegado ya.

Y como si supiera que estoy pensando en ella —para variar— le veo avanzar por el pasillo a través de los cristales. Empuja el carrito de la limpieza y echa un vistazo al interior. Repara en mi presencia y me da el tiempo justo a guiñarle un ojo antes de que tenga que continuar.

—¿Qué cojones ha sido todo eso? —El bufido de mi hermano resuena por la ahora sala vacía.

—¿El qué? —No le devuelvo el vistazo.

—¿Apropiarte de mi puta inversión? ¿En serio, Locke?

—No eres el único propietario, Marc. —Acomodo los documentos que tenía esparcidos con varios toques en la mesa y tras agarrarlos me vuelvo hacia la entrada con la intención de regresar a mi despacho y poder ver a Gabriela—. ¿Es que tengo que recordártelo?

—¿No tienes más cosas en las que entrometerte?

Pienso en salir de la sala; pienso en ignorarlo y encerrarme en mi despacho.

No puedo contenerme.

—¿Tan ciego estás? —Me vuelvo de sopetón hacia él—. ¿Tan poca atención me has prestado estos últimos años?

—Sé que te encantaba ir, pero hace años que no lo pisas.

—¿Y no puedes hacerte una ligera idea de por qué cojones hace tiempo que no voy?

—No me hables en ese tono, Locke.

—No me digas cómo tengo que hablarte. —Me detengo un momento y sin previo aviso, sin ni siquiera yo esperarlo, exploto—. Los cuadros de mi madre siguen ahí y están bajo la custodia del puto museo y llevo desde que murió intentando que me den los derechos de las obras.

El rostro de mi hermano cambia drásticamente. Tanto, que me pregunto si lo que veo en sus ojos es arrepentimiento.

—Locke, yo no…

—Pero, sí, Marc —le interrumpo. No puedo escuchar una sola excusa de él; no quiero—. Es solo un puto capricho más.

Salgo de la sala sin detenerme a escuchar otra palabra.

A escasos metros me encuentro con una melena rubia saliendo de uno de los despachos y por primera vez, pretendo que no le he visto y avanzo hasta estar dentro del mío.

Cierro de un portazo. De una sacudida tiro los papeles sobre el escritorio y me paso las manos por la cara con frustración.

Estoy tan cansado de esto.

Estoy tan cansado de seguir en la puta oficina peleando por conseguir que se vuelva una empresa mejor. No puedo hacerlo si quien se supone que debería ayudarme a empujar la misma piedra está haciendo todo cuanto está en su mano para que me aplaste.

Estoy cansado de no verle una puta salida a lo del museo. Joder, que regresé a Bruselas hace casi cuatro meses y aún no he sido capaz de poner un puto pie ahí dentro.

—¿Locke? —La voz es poco más que un susurro, dudosa, insegura. El rostro de Gabriela se cuela entre el hueco del umbral y ese torbellino de oscuridad en el que me estaba sumiendo parece aclararse un poco—. ¿Puedo pasar?

—Sí —respondo con la garganta seca. Me dejo caer en la silla y del impulso, retrocedo unos centímetros.

—Te he visto salir de la sala de reuniones.

—Gabriela... —comienzo, pero me interrumpe.

—Sé que no quieres hablar. —Se cuela en el hueco que he dejado y me observa con el rostro ladeado sentada sobre la superficie del escritorio. Tiene las cejas arqueadas y los labios fruncidos—. No tenemos que hablar. Ven.

Dudo.

Acerco la silla hasta colarme bajo sus piernas.

Gabriela se mantiene en silencio durante unos segundos.

Lleva una de sus manos a mi corbata.

—Me gusta más cómo te queda la verde —dice ante la azul marino que llevo hoy.

—¿Quiere eso decir que está me queda mal?

—No —sonríe—. Pero la otra te combina con los ojos. —La sonrisa se desvanece. Tuerce el labio, dudando de si aguantar un poco más o lanzar de una vez la pregunta. Se decanta por la segunda opción—. ¿Qué ha pasado en la reunión?

—No... No ha sido la reunión. Ha sido Marc. Estoy bien. ¿Desde cuándo alzas tú tanto la ceja? —cuestiono al ver el gesto escéptico surgir de una forma tan natural en ella.

—Me lo has pegado. No me la alces tú —rezonga. Pega su pulgar a mi ceño y cuando le veo camuflar una nueva sonrisa, no puedo evitar que otra amenace con protagonizar mis labios—. Así mejor. Sonriendo estás mejor.

Es en este silencio, en el de la punta de sus dedos rozando mi cuello sin que aparte sus ojos de los míos, que me pregunto qué estoy haciendo para merecer que se preocupe por mí del modo en el que lo hace; que sepa cómo reaccionar o qué decir en cada momento, que, aunque suela ser incapaz de retener las palabras, no dude en hacerlo cuando necesito esto, silencio.

El silencio junto a Gabriela es mucho menos vacío.

Mucho menos oscuro.

Cuando un par de horas más tarde llegamos al edificio, me doy cuenta de que no me apetece despedirme de ella todavía.

—¿Quieres...? ¿Quieres ver una película? —Meto las manos en los bolsillos del pantalón en un gesto que para nada hago con la intención de disimular que estoy nervioso—. Podemos ver una de las tuyas.

La falta tiempo para decir que sí.

—Me doy una ducha y estoy ahí.

—Entonces con lo que tardas me da tiempo a sacar a Luke.

—¡Eh! No tardo tanto duchándome.

—No, qué va —ironizo—. Los cuarenta minutos de cada viernes de pizza desde que entras hasta que sales opinan igual, sí.

Gabriela pone los ojos en blanco y después de decirme que nos vemos en un rato, desaparece tras la puerta de su piso.

Me meto en el mío, le pongo el arnés a Luke y salimos del edificio para pasear por las calles iluminadas ya por la farolas. Cuando regreso cosa de media hora después, me encuentro con Noah y Caleb en el salón.

—¿Me hacéis un favor y os largáis de aquí?

Ambos se giran hacia mí como si no me hubiesen escuchado bien.