CAPÍTULO 20 #2
Con la televisión sincronizada en un canal español y retransmitiéndose con algo de retraso, la Puerta del Sol abarrotada de gente se ve y escucha a la perfección.
Me siento en el sofá después de traer el último platito con las uvas y Locke se acomoda a mi lado.
—Eso son los cuartos —señalo desde mi sitio, bañada por la anticipación—. ¡No te comas la uva aún, Caleb!
Tras la cuarta señal previa a la marcha atrás definitiva, los últimos doce segundos del año empiezan a formar parte del pasado.
Me como la primera, ilusionada porque hayan aceptado amoldarse a mi idea; que me hayan tenido en cuenta.
Me como la segunda por mi hermano, la tercera y la cuarta van por mis padres, la quinta tiene el nombre de mi mejor amiga en ella, la sexta por el sentimiento que me causó leer la carta hace ya cuatro meses, la séptima por Garfield, que seguro está durmiendo, ajeno a los murmullos entusiasmados de mi familia en Madrid.
La octava uva va por todo aquello que decida brindar el nuevo año, la novena por Amelie, la décima por Cass y la undécima por mí.
El significado de la última cobra sentido nada más me giro y a quien veo a mi lado me sonríe sin mostrar los dientes y con una tranquilidad sorprendente para haberse zampado doce uvas en menos de doce segundos.
Está sonriendo. Locke está sonriendo. O bueno, intentándolo.
Según se escuchan los gritos de la pareja de presentadores felicitando el nuevo año, se pone de pie al mismo tiempo que yo y es la primera persona a la que abrazo.
—Feliz año. —Carraspeo para aclararme la garganta por el ácido de la uva antes de que me envuelva en sus brazos.
Por favor, qué bien huele.
—Feliz año, Gabriela. —Su mirada desciende de la mía a la zona de mi nariz y sus manos se posan en mi cintura—. Bonitas pecas.
—Bonitos ojos —correspondo pendiente de ellos.
Decido estirarme hasta dejar un beso en su mejilla, rápido y un poco tímido. No tardo en apartarme y me da la sensación de que a él sí que le cuesta dejar que vaya a abrazar al resto de nuestros amigos. Incluso Whiskey parece querer participar en el júbilo que hemos creado.
Los abrazos y besos posteriores al comienzo del año me causan gracia. Creo que, más que por felicitar el final de uno e inicio de otro, yo abrazo a la gente por haber sobrevivido una vez más a las doce uvas.
Espero, paciente, cuando Caleb es el único que sigue sentado en el sofá, masticando. Alza una mano con el pulgar apuntando hacia arriba y con la otra me pide que le dé unos segundos más de margen.
Una carcajada sale disparada de mi garganta.
Poco después, carraspea y antes de darme un abrazo me susurra:
—Este va a ser nuestro año, rubia. Ya lo verás.
◆◆◆
Llegamos al pub una media hora después de habernos comido las uvas.
Antes de salir, he pasado por mi cuarto para cambiarme de ropa y la sudadera y vaqueros que vestía se han visto sustituidos por un vestido verde de una tela que parece llevar purpurina adherida.
Es de manga larga y no cubre mucho más allá de la mitad de mis muslos.
He aprovechado también para dejar las gafas sobre la mesilla adyacente a mi cama y sustituirlas por las lentillas.
Nos vemos envueltos por luces neones, en su mayoría azuladas y una música lo suficientemente alta como para verme en la necesidad de alzar la voz nada más entrar.
Distingo el escenario en el que actúan los artistas cada semana al final del local y sobre la pared de la derecha, paralela a la barra, hay un cartel de una luna llena —haciéndole justicia al nombre— neón y de color azul.
Junto a Amelie, Cass y Charlotte, no perdemos el tiempo en mezclarnos con la multitud, en busca de los roperos.
Al regresar de dejar nuestros abrigos, distingo a los cuatro chicos en la barra, cada uno ya con una copa en las manos.
Locke está apoyado sobre sus antebrazos y tiene una especie de mueca cargada de sorna en la cara y su atención puesta en la interacción que mantiene Caleb con otro par de chicas.
Solo me ha ocurrido en una ocasión el vivir de primera mano como alguien se acerca a Caleb a preguntar si realmente es quien creen que es.
Y, aquella vez, tras despedirnos de las chicas con las que se hizo una foto, me costó más de un cuarto de hora dejar de reírme.
Todas esas habilidades sociales y ese carisma que acompañan a mi amigo desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.
Llegamos a la barra y mientras que Cass y Charlotte se piden lo mismo, Amelie opta por un cóctel de frutos rojos y yo por mi predilecto ron-cola. Le echo una mirada de soslayo a Locke cuando siento sus ojos juzgar mi elección una vez más.
—¿Algo que objetar? —bromeo.
—Nada nuevo. —Se vuelve de modo que todo su cuerpo queda enfocado en mi dirección—. Espero que hoy no me lo tires encima.
—Lo intentaré. —Le sonrío antes marcharme para ganarnos un hueco en el centro del pub .
Con cuidado de no volcar mi cubata, bailo junto a mis amigas, me río con ellas y a pesar de que con Charlotte no tenga la misma confianza, nos desenvolvemos entre las cuatro con compenetración.
No sé cuánto tiempo después, Caleb y Finn se unen a nosotras. El primero de ellos se pone a bailar conmigo mientras que el segundo, después de robarle un beso a su novia, pasa a incordiar a su hermana.
Caleb me hace girar sobre mí misma y me arranca carcajadas sin esfuerzo mientras nos gritamos la canción él uno al otro con sonrisas enormes en nuestros rostros.
Y así, sin previo aviso, la realización de lo distinta que me siento respecto a la primera vez que llegué de España, cae sobre mis hombros como un balde de agua helada.
Cuando salí de fiesta en Madrid con mi grupo de amigas, además de bailar con ellas estuvimos interactuando con desconocidos.
A pesar del frío, acompañé al exterior a ese par de amigas que fuma y los chicos vinieron con nosotras y fue cuando me quedé a solas con uno de ellos que tuve el primer golpe de realidad; algo así jamás habría estado dentro de mis suposiciones cuatro meses atrás.
¿Quedarme yo, sola, y con un chico de fiesta? Imposible.
No sé si Marcos, el chaval con quien hablé, tenía novia o no, pero pude por primera vez interactuar con un hombre sin el planteamiento de si sus intenciones iban con segundas.
Puede que sí, puede que no, pero desde luego no hubo un momento en el que quisiera frenar la conversación por la posibilidad de que esta pudiera escalar a algo más.
He pasado mucho tiempo plenamente convencida de que el único interés que podía causarle a un hombre era el sexual y por ende, que esos amigos que pudiera tener no iban a ver en mí mi inteligencia, que soy buena persona o divertida.
Una culpa insoluble se arraigó a mí y mi respuesta fue salir menos de fiesta, limitarme a interactuar lo justo con otros chicos o hacer todo lo posible y más porque nunca me pusieran de pareja en baile con alguien que no fuese Iván.
Ahora sé que el miedo a que mi fiesta se viese arruinada de un momento a otro, las discusiones inevitables a causa de actuar con la libertad que merezco y me corresponde o esas supuestas exageraciones que eran mis argumentos cuando por fin me armaba de valor para confrontarle, no era más que la respuesta a esa burbuja inquebrantable que me había envuelto al empezar a salir con él y que yo misma estaba reforzando al aislarme de todos.
—Gabi, ¿me acompañas fuera? Me quiero echar un piti . —Amelie me agarra el antebrazo y da varios apretones para llamar mi atención. Me topo con sus ojos verdes maquillados con sobra morada y dorada y al verme fruncir el ceño, repite—: A fumar. ¿Me acompañas?
—Ah, sí. —Sacudo la cabeza para centrarme pero después del cubata y los dos chupitos que me he tomado sumados a las luces y la música solo consigo que mi cabeza se embote todavía más.
Según salimos, me apoyo en la pared de ladrillo próxima a la entrada mientras Amelie se lía un cigarrillo. La brisa húmeda que baña la gélida noche de invierno es tanto reconfortante como mordaz, pero al menos mi mente aturdida y visión nublada por el alcohol consigue disiparse.
—La habilidad que tenéis para no congelaros nunca dejará de sorprenderme —dice Caleb al vernos sin los abrigos y apareciendo junto a Locke, cigarro entre los labios a medio camino de acercar un mechero para prenderlo. La piedra cruje varias veces pero no surge ninguna llama.
—No te creas... —Me abrazo aún más a mí misma—. En realidad me estoy helando, pero necesitaba que me diese el aire. —De mirar al chico castaño, paso a otear al pelinegro con la camisa a juego con su cabello y me encuentro con que ya me estaba mirando.
—Ojazos, déjame tu mechero, que el mío no va. —Caleb se acerca a ella para tomar de su mano el encendedor—. Un mechero de Taylor Swift. ¿En serio?
—Te has quedado sin fumar. —Se lo arrebata de las manos en un movimiento veloz.
—Pero... Joder, que no lo decía de forma despectiva. —Caleb emplea un tono alentador—. Venga, ojazos...
Suelto una risa al ver cómo sale detrás de ella cuando esta apaga su cigarro y hace el amago de regresa al interior del pub .
Al quedarme a solas con Locke, después de no habernos visto en un par de días desde que vimos la última película del año, Cuando Harry encontró a Sally —no había mejor forma de terminarlo—, hay una especie de nerviosismo ilusionado en la boca de mi estómago.
—Te veo bien, Sommers —escupo de pronto.
—¿Sommers? —Una risa irónica sale de él.
Ni una sola vez me ha referido a él por su apellido.
Ni una.
—¿Cuántos has bebido?
—Sólo uno. —Acorto un paso entre nosotros y estiro una mano hasta llegar al collar que cuelga en su cuello y juguetear con él. Me da la sensación de que su pecho se hincha con una inspiración más profunda en comparación a las anteriores—. ¿Esta noche tampoco bailas?
—Eso fue lo que te dije en la gala y me acabaste liando .
Una sonrisa maliciosa tira de mis labios.
Debe ver la intención en mis ojos porque pronuncia un «Gabriela» a modo de aviso. Solo consigue que mi sonrisa se vuelva más grande.