CAPÍTULO 19 #4
Durante todo el camino de regreso a casa, Locke permanece en silencio. Yo tampoco digo nada y los veinte minutos hasta entrar en la Avenue des Azalées están ahogados en una tensión filosa.
No puedo dejar de pensar ni en la mención que ha hecho Marc a lo que Locke quiso estudiar, pero no llegó siquiera a comenzar ni a ese detalle que ha reverberado por mi interior como una alarma; Marc se ha referido a Louise como «mamá».
Hasta ahora creía ser consciente de la situación de Locke o al menos parte de ella. Creía ser consciente de las horas que pasa en la oficina, de su doble grado universitario del que nunca habla con entusiasmo, de lo poco que hemos compartido acerca de su pasión por dibujar.
Esta noche todo ha encajado. Creo que ahora estoy más cerca de comprender por qué le cuesta tanto hablar de ello.
Salimos del coche en silencio y subimos por las escaleras del mismo modo. Al llegar a las respectivas puertas de nuestros pisos, me detengo. Él hace lo mismo y se gira hacia mí.
Trago saliva.
—Siento haberme metido en la conversación con Marc...
—No —me interrumpe—. No me pidas perdón. No cuando has hecho lo que yo más ganas tenía de hacer.
—Es que te ha hablado fatal y no he podido evitar...
—Gracias por esta noche —repite con el mismo tono que ha empleado en el coche.
—No me las des —digo por segunda vez.
Ninguno de los dos se mueve.
Ninguno de los dos dice nada por otros largos segundos.
—Mañana te vas a España.
—¿Me vas a echar de menos? —bromeo.
Necesito descargar la tensión del ambiente.
—¿Con quién voy a ver la película de este sábado si no es contigo? —Da un par de pasos en mi dirección.
—¿Quieres verla ahora? Amelie y Cass ya estarán dormidas y sé que son pasadas las dos de la... —Puedo escuchar la negativa saliendo de sus labios antes de que diga nada.
—Tengo que pasear a Luke.
—Claro, sí. Yo…
—¿Me acompañas?
—Sí —digo sin pensarlo—. Sí, por supuesto.
Bajamos por las escaleras sin molestarnos en cambiarnos a una ropa más cómoda y paseamos por las calles alrededor del parque asegurándonos de estar sobre un pavimento liso en todo momento para no tropezarme con los tacones.
No volvemos a mencionar la gala en toda la noche.
Hablamos de la lista de películas, que desde que la redactamos ha aumentado según nos hemos acordado de alguna otra que queremos ver, de las que veremos cuando regrese de España y por qué Love Actually es un peliculón y no hay otra calificación posible.
—Gabriela, mira hacia arriba.
—¿Qué...? —Alzo la barbilla curiosa y extrañada a partes iguales—. Está nevando —exhalo—. Locke, ¡está nevando!
Curioso, Luke intenta atrapar a lametazos los copitos de nieve cuando estos llegan a su altura y porque hace muchísimos años que no veía nevar, la siguiente vez que alzo la cabeza, saco también la lengua e imito al dálmata.
Me olvido de la nieve cuando escucho una carcajada salir de Locke.
Me observa con entretenimiento mientras niega con la cabeza.
Mi sonrisa se vuelve enorme.
Con un movimiento de barbilla, sé que me ha entendido sin necesidad de usar palabras.
—Venga... —tanteo al ver su reticencia.
Y tras soltar una exhalación igual de resignada que todas las que expulsa antes de acceder a seguir alguna de mis ideas, alza la cabeza en dirección al cielo oscuro y estrellado sobre nosotros y saca también la lengua.
De vuelta en la cuarta planta del edificio dieciocho, volvemos a detenernos ante nuestras puertas.
—Si sigues queriendo ver la película… Me cambio de ropa y estoy allí.
Asiento varias veces, aguantándome las ganas de sonreír.
Cuando entro en mi piso hay un nerviosismo cosquilleándome en la punta de los dedos.
Me quito los tacones y me pongo el pijama después de colgar el vestido de Aída en su percha y guardarlo en su respectiva funda.
Si ha sobrevivido toda la noche sin una sola mancha, no pienso arriesgarme ahora a dejarlo sobre la silla de mi escritorio como hago con el resto de mi ropa y que Whiskey haga harapos la falda.
Después de colocar en la estantería el nuevo libro que añadir a mi colección de Mujercitas , paso por el baño para desmaquillarme, me quito las lentillas y ya con el pelo trenzado y las gafas sobre el puente de la nariz, le abro la puerta a Locke .
Ahora viste unos pantalones de pijama de cuadros y una simple camiseta gris de manga corta. Ni siquiera se ha molestado en ponerse zapatos.
Como siempre, se acomoda en el lado derecho y yo me acerco a él con disimulo nada más estira el brazo sobre el respaldo.
—¿Quieres hablar? —tiento antes de empezar a reproducir una de mis comedias románticas.
Y aunque su respuesta es negativa su contestación no me hace sentirme mal por preguntar.
—Estoy… Bien. Solo ha sido mucho de golpe. Ya lo solucionaré, no te preocupes.
Apoyo la cabeza en su hombro mientras The Proposal se reproduce delante de nosotros.
No tarda en rodearme con su brazo y yo en sentir sus caricias distraídas.
—¿Gabriela?
Pestañeo un par de veces, adormilada. Estoy intentando aguantar despierta lo que queda de película pero me cuesta cada vez más.
—¿Mmmh? —Me acomodo un poco más cerca de su pecho. Creo sentir la punta de sus dedos retirándome un mechón rebelde tras la oreja.
—Al final la noche ha merecido la pena.