CAPÍTULO 19 #3
—Lo han confirmado esta mañana. —Marc encuadra los hombros con ligereza y me da la sensación de que está tragándose una sonrisa cínica—. Se ha aprobado la demolición del museo para la construcción de una nueva unidad de edificios hoteleros.
El rostro de Locke se descompone al completo.
—¿Qué? —No tarda en disimularlo y sus manos se cierran en un puño que abre y cierra, ansioso.
Me pican los dedos con la intención de proporcionarle apoyo, pero creo que no debería; sé que no debería. Ahora no.
—¿No lo sabías? Pensé que... —Se detiene—. Cierto, no acudiste a esa reunión. Tu voto podría haber sido decisivo.
—¿Eras tú? ¿El inversor que quiere comprar el museo? —Su pecho sube y baja con dureza—. ¿Todos estos meses?
—¿Te has parado a pensar en lo beneficioso que sería para la empresa? —pregunta el mayor de los dos, impasible.
—Me importa una mierda. No puedes hacer nada con el museo. Mucho menos demolerlo, joder —declara.
—¿Todo bien, chicos? —pregunta Louise, la mujer de Arthur a un par de metros desde la boca de la escalera. Sus ojos caen sobre mí y debe ser la expresión en mi rostro la que hace que le salten las alarmas.
—Sí, mamá, no te preocupes —responde Marc—. Enseguida bajamos.
Cohibida, Louise asiente y regresa por donde ha venido.
—No puedes estar diciéndome esto en serio. —Locke niega con la cabeza.
—Venga ya, tampoco es como si mucha gente fuese a echar de menos ese lugar.
—Quizá si no fueses un puto ignorante podrías llegar a apreciar algo de lo que hay en ese museo. —El tono que emplea Locke es distinto al que he escuchado alguna vez.
Duro. Irritado. Tan grave que me eriza la piel .
—Locke, son piedras y cuadros que no importan a nadie —argumenta de forma condescendiente—. ¿Vamos a tener esta conversación otra vez? ¿No fue suficiente que te avisara de que matricularte en el Grado de Arte era un error?
No puedo evitar fruncir el ceño. De todos modos, me mantengo en silencio.
Parece que no es suficiente para pasar desapercibida ante la atención de Marc.
—¿Tu chico no te lo ha contado? —No me da tiempo a responder—. Estuvo a punto de rechazar su empleo en la empresa porque quería dedicarse a pintar.
—Marc —intenta interceptar, Locke, pero me adelanto.
—¿Y qué tiene eso de malo? —No hay un ápice de amabilidad en mi tono de voz. Ni aunque hubiese intentado pretenderlo habría conseguido formarlo.
Una cosa son los comentarios que pueda hacer como el engreído de manual que es, pero ¿utilizarme para herir a su hermano? Eso sí que no.
—No, si alguna explicación debe tener que estés con él...
—Ni se te ocurra volver a ser condescendiente con ella —declara Locke.
—¿Perdona? —Tomo un paso en su dirección. El pulso se me ha acelerado—. ¿Cuál es tu problema? Ya te gustaría ser la mitad de lo que es él —escupo llena de rabia.
La expresión de Marc varía, sorprendido ante la reacción de ambos, defendiéndonos sin necesidad de haberlo premeditado más de un segundo. No es que a mí no me descoloque, pero ahora no puedo pensar en eso ni mucho menos mostrárselo.
—Pensaba que no podías caer más bajo. Ya veo que me he equivocado. —Locke se vuelve hacia mí, agarra mi mano con agitación pero sin rudeza y un segundo después, bajamos por las escaleras a tal velocidad que por un momento me preocupa tropezarme.
Al llegar al rellano, Locke recupera él mismo del pequeño ropero bajo las escaleras nuestras abrigos.
—Despídete de papá por mí —le dice a Lars al pasar por su lado.
Tras abrir la puerta principal, me deja salir primero. Cierra de un portazo y baja el otro tramo de escaleras que reciben la entrada al mismo ritmo. De su bolsillo saca las llaves del coche y se le caen al suelo.
—Locke...
Se agacha para recuperarlas.
Recupera los pasos acelerados para llegar al vehículo.
—Locke... —repito.
—Gabriela, no... —Abre la puerta del conductor sin detenerse a escucharme.
—No. Para. Estás temblando. No vas a conducir así.
Se detiene a medio camino sin terminar de sentarse en el asiento.
Le agarro las manos y me coloco entre sus piernas.
—Respira.
—Gabriela... —Negado, no hace por encontrarse con mis ojos.
—Por favor. —Llevo mis manos a su rostro y le obligo a enfrentarse a mi mirada, que cargada de preocupación vuelve a sorprenderse de la emoción en la suya.
Sus verdes se mueven por mi rostro, inseguros y nerviosos.
Me obligo a mantener la calma, aunque la escena me haya acelerado el pulso del mismo modo.
Aunque la mirada de Locke me esté sofocando.
—Por favor, respira.
Locke tuerce el labio.
Estoy segura de que dentro de su cabeza hay una batalla de emociones contradictorias teniendo lugar.
—Está bien —murmuro—. Ya no estás ahí dentro, ahora estamos aquí.
Su rostro se descompone.
Es la primera vez que veo esa expresión en él; dolor más que molestia, decepción más que enfado. Es la primera vez que puedo ver con claridad lo que está sintiendo. Y creo que voy a ahogarme en sus ojos. Dudo si eso es posible pero ahora mismo no lo veo algo alejado de la realidad .
Niega con la cabeza varias veces, igual de resignado hasta apoyar la frente en mi hombro. Sus manos en mi cintura un momento después. Las mueve con indecisión, pero acaba rodeándome y correspondo el abrazo sin dudarlo.
Ninguno de los dos dice nada mientras nuestros cuerpos permanecen encajados. Entrelazo mis dedos con el pelo de su nuca en caricias lentas mientras intenta recuperar el ritmo de su respiración.
Poco a poco parece conseguirlo.
Mantengo las carantoñas en sus ondas azabache hasta que su agarre en mi cintura se afloja.
Lleva su mano a mi mejilla y pasa su pulgar por mi pómulo.
Tiene la mirada enrojecida.
—Gracias —susurra con la voz rasposa.
Le sonrío con dulzura. No puedo decir que sea comprensión.
—No me las des. —Dejo un beso en su mejilla, rodeo el coche y me siento en el lado del copiloto. Y sin necesidad de pronunciar otra palabra, arranca el motor y maniobra para alejarnos de aquí.
No sé qué tendrá ese museo; no sé qué habrá supuesto la mención de esto en él porque en realidad no sé nada de Locke, pero debe haber algo, quizá alguien, que lo explique.
Es como si se le hubiese caído el mundo encima.