CAPÍTULO 19 #2
—¿Tampoco te gusta?
—Demasiada burbuja —coincide. Y entonces da comienzo la que se convierte en una charla de conocernos la una a la otra de lo más fluida.
Encuentro una comodidad en hablar con Noor que no esperaba haber hallado en otra persona que no fuese Locke esta noche y por la que no puedo estar más agradecida.
Me cuenta que estudió Diseño y que terminó en una agencia de diseñadora de interiores. Pasa a preguntarme si estudio y le digo que sí, que además soy bailarina y estoy en Bruselas gracias a una beca.
—Sabía que no eras belga. —Le da un trago a la copa de vino tinto que ha pedido aparte. Ha aprovechado para ofrecerme a mí una de blanco y esa oferta no la he denegado.
—¿Qué me ha delatado?
—Tu acento. Hablas francés muy bien, pero esa forma de pronunciar las erres...
—No eres la primera que me lo dice. Soy española —le confirmo. Y por alguna razón, me encuentro añadiendo—: Fue en España donde conocí a Locke. ¿Cuánto dices que llevas con Lars? —continúo al momento.
—Desde los veintiuno. Aunque prometida apenas tres meses.
—Estira su mano izquierda frente a nosotras y me es imposible no ignorar su manicura resplandeciente.
Su protagonismo se ve mermado por el pedrusco en su dedo anular que no quiero imaginar cuanto debe pesar o costar.
Tampoco puedo negar que es impresionante—. ¿Y tú con Locke?
—Un par de meses —me limito a responder. Creo que cuantos menos datos dé sobre nosotros menor probabilidad hay de que metamos la pata.
—Pues espero que sean muchos más los que duréis porque la mayoría de las parejas son mujeres amargadas con el palo de una escoba metido por el...
—¿Metido por dónde? —le interrumpe su prometido apareciendo por detrás de ella. Desliza su mano por su espalda hasta posarla en la curva de su cintura.
—Lars... —Le sonríe con gracia—. Le decía a Gabi que la mitad de las personas en esta gala tiene un palo metido por el...
—¿Cómo dices que conociste a mi hermano, Gabi? No ha querido darme detalles. Dice que la historia la cuentas mejor tú.
—Es la verdad. —Locke aparece detrás de mí e imita el gesto de su hermano.
Se me acelera el pulso al instante al sentir sus dedos curvados a la altura de mi cadera.
—En Madrid, a finales de verano y unos meses después volvimos a coincidir aquí. Fue una casualidad muy grande.
—Fue una casualidad muy bonita —musita Locke, en español y próximo a mi oreja como si deseara que fuese yo la única en escucharle .
La conversación entre los cuatro no se extiende mucho más. Lars y Noor se alejan y yo me vuelvo hacia Locke.
Me encargo de acomodar su corbata que oculta el collar plateado que siempre cuelga de su cuello y pañuelo a juego con mi vestido que, cada vez que recuerdo que fue él quien decidió que fuéramos conjuntados, una especie de revoloteo sacude mi estómago.
No hay sorpresa en sus ojos. Y no es hasta entonces que me percato de que los roces han ido surgiendo de una manera muy natural.
¿Debería darle más importancia de la que realmente tiene esto?
Sé que todo es fingido, pero… Pero hay otra parte de mí que me grita que no.
Porque si algo tengo claro es que esos dotes de actriz que alguna que otra vez he deseado tener escondidos en algún recóndito lugar de mí, no son los que me están haciendo actuar de este modo. Porque creo que no estoy actuado.
—¿Estás bien? —murmura en español
—Mmmh. Noor me ha caído genial.
—No me sorprende. Habla casi tanto como tú.
Me arranca una sonrisa sin esfuerzo.
Oteo mi alrededor cuando sostenerle la mirada se torna en una acción algo complicada.
—Es todo tan cliché —verbalizo en un pensamiento en alto mientras observo a las parejas bailar en el centro del salón.
—Es todo muy pretencioso.
—¿Bailas conmigo? —Me vuelvo de nuevo hacia él.
Alza una de sus cejas al instante.
—Yo no bailo.
—Cómo no... ¿Acaso se te ha olvidado que por esta noche tienes una novia a la que bailar le gusta y mucho? —acentúo sobre el resto de palabras. Entrelazo mi mano con la suya y sin esperar a una respuesta o más bien, posible protesta, nos hago avanzar.
—Gabriela... —musita, poco convencido.
—Tienes un cuarteto de cuerda en directo y ¿no piensas bailar? —Coloco mis manos a la altura de sus hombros—. Ni hablar.
Llena sus pulmones de aire.
Sé qué esto no está ni cerca de ser una cosa que pueda hacer a su noche mejorar, y a pesar de ello, coloca sus manos en mi cintura y sigue mis pasos con indecisión pero al mismo ritmo.
Con sus verdes sobre los míos y mis marrones pendientes de las muchísimas motas de distintos tonos que tiñen sus iris, me cuesta no sonreír según nos mecemos.
Poco a poco, se deja llevar cada vez más hasta el punto de hacerme girar sobre mí misma y sonreír al completo; con dientes y todo.
—Deberías hacer más eso.
—¿El qué?
—Sonreír así —digo con sinceridad y en un murmullo—. Tú también estás muy guapo esta noche —añado, pues antes me he quedado con las ganas de decírselo cuando él me lo ha dicho a mí.
—¿Sólo esta noche?
—Egocéntrico —pronuncio en una carcajada—. ¿Tú cómo estás?
—Bueno... Ya has visto lo agradable que es Marc aunque tampoco es algo que te pille de nuevas.
No, no lo es. En las ocasiones que hemos coincidido en la empresa en ninguna ha estado acompañado de una actitud que no sea hostil por ninguno de los dos.
Durante el tiempo que he permanecido al lado de Locke antes de ser raptada por Noor, la tensión que emanaba de su cuerpo no hacía más que aumentar mi preocupación por qué es lo que de verdad siente al estar aquí esta noche, por haber regresado a la empresa tras siete meses a más de mil quinientos kilómetros de distancia de su familia.
Me hace girar una vez más. Debe ver mi intención de añadir otro comentario al respecto porque se adelanta para decir:
—Hay una especie de biblioteca en la planta de arriba. ¿Quieres verla?
No me hace falta responder; la manera en la que se abren mis ojos es más que suficiente para que Locke entrelace su mano con la mía y me conduzca por las escaleras hasta el segundo piso.
No hay mucha gente aquí arriba más que alguna que otra persona que también se detiene a saludar a Locke cuando llegamos al balconcillo. Abre la puerta con la que el pasillo termina y me cuesta tragarme el suspiro impresionado nada más veo las muchísimas estanterías repletas de libros y más libros.
—Madre mía —exhalo, alucinada.
Locke cierra detrás de él y sigue mis pasos a un ritmo mucho más lento de las emocionadas zancadas que hilo hasta detenerme frente a la primera tanda de volúmenes.
Hay unas doce estanterías y, sin dramatismo alguno, por supuesto, me siento como si me hubiese abierto las puertas a la biblioteca del castillo de La Bella y la Bestia . El jaleo y murmullo incesante del exterior es ahora de lo más lejano gracias a la magia que alberga.
Como en el coche o al terminar una película o cuando entro en su despacho, Locke me escucha con una atención sobrecogedora que solo provoca que hable más y más y más de cada título que reconozco.
—En mi habitación tengo una estantería, pero está prácticamente vacía. —Acaricio los lomos de los libros según avanzo—. Me encantaría llenarla y que se parezca a la que tengo en Madrid. Pero, claro, cuando vuelva tendría que llevármelos conmigo...
—Puedes llevarte alguno, si quieres.
Me detengo y me giro hacia él. Me sobresalto al toparme con que está más cerca de lo que esperaba.
—Me da un poco de cosa...
—Mi padre tiene esto de adorno, créeme. No va a darse cuenta si te llevas alguno. Y... Creo que hay una edición de Mujercitas que puede gustarte.
—Es que si me lo dices así...
Con una sonrisa dibujada en sus labios, avanza hasta detenerse un par de estanterías más alejadas. Tiene que estirarse para llegar a una de las últimas baldas y con la punta de sus dedos sacar el libro encuadernado en tela de la novela de Louisa May Alcott.
—Quédatelo.
—¿Qué? —cuestiono al tiempo que lo tomo en mis manos—. ¿Cómo voy a quedármelo?
—Tienes que aumentar tu colección de ediciones, ¿ no?
—Sí, pero... ¿Cómo sabes que tengo una colección de ediciones de Mujercitas ? —Frunzo las cejas—. No te lo he dicho nunca.
—Eh... —boquea—. Lo he supuesto.
—¿Lo has supuesto?
—Sí.
—¿Me has estado cotilleando el perfil de Instagram?
—¿No tenías que madrugar mañana? —Le echa un vistazo rápido al reloj en su muñeca—. Se nos está haciendo tarde.
No me da tiempo a responder antes de echar a andar.
—Pero... ¡Locke! —me río, siguiéndole.
Frente a la entrada de la biblioteca personal de Arthur Sommers, conversa Marc junto a otro hombre. Noto como si hubiese engarrotado mi propio cuerpo la tensión súbita que sacude cada músculo de Locke.
Cierra las puertas de la sala y camino detrás de él haciendo un intento pésimo por disimular que me he llevado uno de los libros poniendo las manos detrás de mi espalda.
—Locke —se dirige a él ese otro hombre—.
Justo hablaba con Marc de la inversión del Museo de Fenses.
Ha tenido que ser complicado deshacerse de algo así pero estoy seguro de que no te arrepentirás.
—Le da una palmada en el hombro y Locke frunce los labios y le ofrece un pequeño asentimiento a modo de agradecimiento—.
Me marcho ya. Nos vemos pronto —dice para despedirse de los dos.
Ambos hermanos se mantienen en silencio mientras el hombre al que se han referido como Dirk desaparece escaleras abajo.
—¿Qué inversión del Museo de Fenses? —pronuncia Locke en un ladrido tan pronto como le pierden de vista.
—No creo que quieras tener esta conversación con ella delante.
—¿Qué inversión, Marc? —farfulla de nuevo, esta vez entre dientes y con los orificios nasales expandidos.
Resisto, desconcertada, el silencio latente entre ambos y tomo un tercer paso hacia atrás.
Marc aguanta sus ojos verdes sobre los de su hermano durante todavía más segundos que me resultan asfixiantes no solo por la tensión tan desagradable que nos ha envuelto a los tres sino por lo mucho; muchísimo que sobro en esta conversación.