Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Un novio falso por navidad

Gabi

Locke ha detenido su Range Rover hace más de cinco minutos en el aparcamiento de la mansión de su padre y lleva desde entonces en silencio, repiqueteando los dedos contra la palanca de cambios.

Está ubicada en Etterbeek, otro de los diecinueve municipios de Bruselas a no mucho de Schaerbeek. No me ha señalado la fachada de la vivienda, pero sé que tan pronto como estemos delante, me quedaré boquiabierta.

—Gabriela... —Suspira por fin aunque con abatimiento tras unos minutos demasiado largos que no sé cómo he podido aguantar sin pronunciar palabra—. Si en algún momento no estás cómoda o si piensas que ha sido una mala idea, dímelo y nos iremos.

Pongo mi mano sobre la suya, que permanece en el mismo sitio y la agarro con decisión.

—Va a ir bien, Locke. —Espero sonar convincente, porque realmente deseo que así sea—. No te preocupes.

Supongo que parte de ese hormigueo desagradable que ha llenado mi estómago desde primera hora de la mañana tiene que ver con que, a pesar de haber estado saliendo con una persona durante más de un año, nunca llegara a conocer a sus padres; al menos no como su novia.

Me obligo a apartar esos pensamientos según aparecen. Es lo último que necesito en este momento; ni recordarle a él ni comparar cualquiera de las cosas que vivimos con Locke.

Me sostiene la mirada, asumo que debatiéndose entre si continuar con esto o dar media vuelta y regresar al piso.

Su pulgar roza el dorso de mi mano y tras coger una inspiración profunda y soltar todo el aire de nuevo, asiente.

El fresco de la noche me golpea nada más poner un pie en el suelo. Me abrazo al abrigo —que también me ha prestado Aída— e intento camuflar mi nerviosismo y lo fuera de lugar que me siento según nos aproximamos a la casa donde se celebra la gala.

—¿Cuántas habitaciones hay ahí dentro? —No me puedo aguantar las ganas de preguntar cuando llegamos a las escaleras que reciben la vivienda.

Los portones que dan la bienvenida al edificio están cerrados y secundados por dos hombres trajeados que no me quiero imaginar el frío que deben estar pasando sin un abrigo puesto.

—Si no recuerdo mal, unas seis o siete.

—¿Cómo dices? —cuestiono, atónita.

—Sí... —murmura con no mucho agrado.

—No pega nada con el edificio de al lado —comento más al aire que dirigido a alargar la conversación, pero Locke me sorprende diciendo:

—Es una construcción neoclásica francesa.

La intención de los arcos de medio punto tanto en las ventanas como en la entrada es para dar esa sensación señorial y ostentosa que como puedes ver, consigue con creces.

Por eso choca tanto con el otro edificio —Señala la mansión adyacente, moderna y simple, alejada al completo de...

Todas esas cosas que ha descrito. Engancha su mano alrededor de mi cintura—. ¿Vamos?

—Sí, claro. Pensaba que el que estaba haciendo tiempo eras tú.

—¿Yo? —Me lanza una mirada mientras terminamos de recortar los últimos metros hasta la entrada—. Estoy más preocupado por ti.

—¿Por mí? —Le devuelvo el vistazo, extrañada—. Solo soy tu acompañante.

—Estás preciosa, Gabriela. —Se detiene justo antes de llegar a las escaleras—. Quiero decir, siempre lo estás, pero esta noche... —Ladea la cabeza, como si se hubiese perdido en qué más decir—. Todos van a estar pendientes de ti.

—Pero... Tú también —trastabillo.

—¿Yo también estoy preciosa? —Esa sonrisa, la ladeada y cargada de sorna que he bautizado como «sonrisa de capullo» aparece en sus labios.

Ruedo la mirada y niego con la cabeza, pero, de nuevo, noto el calor subir a mis mejillas a pesar de la temperatura helada de la calle.

Locke saluda a ambos hombres frente a la puerta y al que se refiere como Barney, es quien nos invita a pasar. Me quedo algo pillada cuando otro chico distinto y algo más joven me pide que le dé mi abrigo para guardarlo.

Unas escaleras de un blanco reluciente quedan a mano derecha del inmenso recibidor.

La barandilla contrasta por su color negro y destaca por los rimbombantes tirabuzones que hace el metal.

De las paredes que nos rodean cuelgan elegantes apliques que desprenden la luz cálida que baña el lugar.

El primer tramo de peldaños termina con un balcón interior y tras un segundo piso por encima de ese, hay una enorme lámpara de araña.

—Locke, hola. —Se dirige a él una mujer de unos sesenta años que va acompañada de otra señora de su misma edad. Tiene el pelo recogido y los labios pintados de rojo a juego con su vestido. Es más alta que yo a pesar de que lleve tacones—. Me alegro de volver a verte.

—Louise, esta es Gabi. —Me introduce después de saludarle con tres besos alternados en cada mejilla; una costumbre belga reservada a ocasiones especiales como esta—. Gabriela, te presento a Louise, la mujer de mi padre.

—Está en el salón —le hace saber después de saludarme.

Locke asiente y le da las gracias.

Me guía por el largo pasillo iluminado por los mismos apliques y una alfombra borgoña dirigiéndolo. Distingo a más de un par de parejas deambulando a las que se detiene a saludar y, aunque les estrecha la mano, su izquierda nunca abandona el lugar que se ha ganado sobre el final de mi espalda.

—¿Has vivido aquí? —curioseo.

—Durante un tiempo, sí —responde—. Mi habitación está en la planta de arriba.

Según entramos a la estancia principal, reconozco a uno de los propietarios de la empresa. Me cuesta estar del todo segura de quién de sus hermanos es; de pronto hay tres versiones de Locke de distintas edades en la misma sala.

Si no me estoy confundiendo, quien está acercándose a nosotros es Marc, el mayor de los tres. Y, por ende, el que está junto a más personas acompañado por una mujer pelirroja debe de ser Lars.

Sí, ese de ahí es Lars.

Gracias gafas metálicas por ser siempre la pista.

—Con que lo de que venías acompañado no era mentira... —Es lo primero que sale de la boca de Marc nada más plantarse delante de nosotros—. Hola, Locke.

Su atención pasa a estar sobre mí.

Me da la sensación de que no me reconoce al principio, pues su mano se queda a medio camino sin llegar a ofrecérmela del todo. Al menos hasta que su mirada se altera con reconocimiento.

—Tú trabajas en la empresa.

—Sí. —Trago saliva cuando Locke afianza su agarre alrededor de mi cintura y me pega más a él. Hago todo lo posible por no enrigidecerme aún más. Se supone que estamos saliendo, esto debería ser algo normal entre nosotros—. Soy...

—Gabi. Sí, lo sé. No sabía que tu novia era la chica de la limpieza. —Marc vuelve a mirar a su hermano después de soltar mi mano—. De puta madre en cuanto a mantener separadas tu vida privada de la profesional, ¿no?

—Lo dice el que ha tenido cuatro secretarias en los últimos dos años —masculla Locke—. Creo que no eres el más indicado para echarme en cara nada y menos esto. Lars, hola. —Se vuelve hacia el mediano de los tres—. Supongo que ya conoces a Gabi.

—Me alegro de verte —me dice con una sonrisa bastante más sincera que la de su otro hermano—. Deja que te presente a Noor.

La mujer de cabello cobrizo con la que estaba antes me sonríe con dulzura. Es casi igual de alta que él y no puedo pasar por alto lo pardos que son sus ojos. Un vestido escarlata se abraza a su cuerpo y combina a la perfección con su cabello recogido en un moño elegante.

—Locke, hijo. —Otra voz masculina con un marcado acento francés se cuela entre la conversación banal que mantenían él y Lars.

Un hombre vestido de punta en blanco envuelve a mi pareja con sus brazos y no me pasa desapercibido lo que le cuesta reaccionar y reciprocar el abrazo.

Su pelo, manchado por la edad, es de un color grisáceo, distinto al azabache que caracteriza el cabello de los tres hermanos. Se vuelve hacia mí con los brazos abiertos y una sonrisa amplísima en el rostro.

—Encantado de conocerte, Gabi. —Al estrechar su huesuda mano con la mía, pone la otra encima para afianzar el agarre—. Cuando Locke me dijo que venías me alegré como nunca.

—Lo mismo digo, señor Sommers.

—Por favor, llámame Arthur.

—Locke, ¡me alegro de verte! —exclama una nueva figura uniéndose a la interacción. Asumo que debe ser amigo de Arthur pues luce de unos cincuenta y muchos, incluso sesenta, pero desde luego el paso del tiempo no le ha marcado tanto como al padre de Locke.

Se enganchan en una conversación de no sé qué inversión de la empresa.

Me siento tan fuera de lugar.

Noor no tendrá más de veintisiete años y sé que Lars tampoco llega a los treinta y aunque Marc los cumpliera hace un par aparenta estar cerca de los cuarenta.

Locke también parece ser más mayor a pesar de que me saque tan solo dos años y, ante todo, estar mucho más acostumbrado a esto.

Es lógico, sí, lo sé, pero no puedo evitar sentirme rebajada respecto a ellos.

Un brazo se engancha con el mío y tira de mí para alejarme de la conversación.

Es Noor.

—Te robo a tu chica —le dice a Locke, quien al notar que me separo de él, se vuelve en mi dirección y frunce el ceño.

Me encojo de hombros como mera explicación pues la pelirroja no me ha dado oportunidad para pensármelo.

Sus cejas pasan a alzarse, una más que otra, con lo que me da la sensación de ser entretenimiento. Me lo confirma al formar esa disimula sonrisa en sus labios justo antes de regresar su atención a la conversación.

—Cinco minutos es todo lo que puedo aguantar antes de ponerme en modo automático. —Suelta Noor en la pronunciación lenta y característica del francés de Bélgica—. Llega un punto en el que me da igual fingir que me da igual de lo que tengan que hablar.

—Con que no es ni la primer ni la segunda vez que asistes a una de estas galas... —asumo.

—Ojalá lo fuera. —Me lanza una mirada sufrida mientras avanzamos por el salón—. A la de Navidad, es la quinta vez que vengo. Si contamos las convenciones u otras galas y demás parafernalias, he perdido la cuenta. ¿Champán? —me ofrece cuando uno de los chicos del catering se detiene a nuestro lado.

—No me va mucho, pero gracias.

Sus labios se fruncen con complicidad.

—Tú y yo vamos a llevarnos muy bien.